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El descubrimiento de la verdad resultó paulatino. Lo primero que se supo fue que Medrautus había enviado mensajeros a los barbari para concluir un pacto. Por supuesto, Medrautus negó cualquier insinuación al respecto con airada energía, pero el gran problema de la mayoría de las mentiras es que, tarde o temprano, quedan expuestas. Una noche, un centinela más atento de lo normal descubrió en el norte del país un encuentro entre un emisario de Medrautus y dos barbari. El hecho revestía tanta relevancia que, apenas unos instantes después, dos equites se dirigieron a Camulodunum con la misión de informar a Artorius de lo que había contemplado aquel legionario especialmente celoso de sus deberes.
Cuando Artorius fue advertido de lo que sucedía, optó por comportarse con la mayor prudencia. Con seguridad, lo más eficaz -quizá incluso lo más sensato- hubiera sido detener a todos los traidores y entregarlos a un juez que los sometiera al proceso previo a su más que justificada ejecución. Pero Artorius no deseaba ocasionar un escándalo que trastornara a los brita
Los dos ejércitos se encontraron en Verterae y, según me contaron, Artorius no tuvo mucha dificultad en deshacer a las huestes de Medrautus, su sobrino. Sin embargo, a pesar de que ya se había derramado sangre, a esas alturas nada era irreparable. Estoy totalmente convencido de que si Medrautus hubiera pedido entonces clemencia, Artorius se la hubiera concedido. Habría incurrido con certeza en un grave error porque la gente como Medrautus es indigna de confianza, pero también es verdad que, siquiera por un tiempo, la guerra habría concluido. Sin embargo, Medrautus no estaba dispuesto a rendirse y obligó a Artorius a partir en su persecución.
Si yo hubiera sido Medrautus hubiera rehuido la batalla abierta. Habría intentado llegar hasta las tierras del norte donde se encontraban los barbari y, quizá, habría regresado con un nuevo e- cito con la esperanza de convertirme en nuevo imperator de Brita
También yo me dirigí hacia aquel lugar. Lo recordaba vagamente de cuando años atrás Artorius y yo habíamos recorrido la antigua cadena de castra romanos para ver cuáles podían ser aprovechados y cuáles era mejor condenar al olvido. Cambloga
Cuando llegué a Cambloga
Creo que fue aquella tarde en que llegué al campamento del hombre que ahora se empeñaba en ser denominado imperator cuando me sentí, por primera vez, enormemente viejo. Sin duda, no lo era más que otros, pero yo había tenido de repente la absoluta seguridad de que no quedaba prácticamente nada del mundo en que había vivido durante mi infancia, mi adolescencia, mi juventud y mi madurez. Era cierto que todavía podía contemplar legionarios con un armamento muy similar al que había conocido y no era menos verdad que Virgilio había sobrevivido a todas aquellas décadas de violencia como había persistido el ius romanum. Pero, a pesar de todo, bastaba contemplar aquel castra para darse cuenta de que todo aquel mundo que yo había deseado preservar había desaparecido en medio del torbellino feroz e inexorable de los años y que lo que ahora se levantaba ante mis ojos era algo diferente y, muy posiblemente, peor.
– ¿Cómo estás, Merlín? -me preguntó Artorius con una sonrisa irónica cuando comparecí ante su presencia.
Merlín. Comenzaba a temer que nunca lograría librarme de aquel sobrenombre exagerado y absurdo que enlazaba mi existencia con la de un halcón prodigioso capaz de convertirse en pez y en otras extrañas bestezuelas. Bueno, quizá no pasaba de ser una broma de Artorius…
– Gracias a Dios, de maravilla -respondí sonriendo.
– Tenías razón -señaló Artorius aunque en sus palabras no me pareció descubrir el menor signo de pesar o amargura.
– ¿Lo dices por…?
– Lo digo por la guerra que ha desencadenado ese necio de Medrautus -respondió Artorius sin que el gesto risueño le abandonara-. ¿A quién se le ocurre pactar con una banda de asesinos como son los barbari? Los brita
Guardé silencio, pero mucho me temía que el hecho de que los brita
– ¿Qué piensas hacer? -pregunté cambiando de tema.
– Atacar la fortaleza cuanto antes y capturar a Medrautus -respondió mientras una nube de súbita preocupación se posaba sobre su frente.
– ¿No sería mejor rendirla por hambre? -sugerí en forma de pregunta.
Artorius inspiró hondo y luego expulsó el aire con lentitud, como si le ayudara a reflexionar.
– No tengo tiempo, Merlín -me contestó y, por primera vez, percibí en sus pupilas oscuras una inquietud que hasta este momento no había hecho acto de presencia-. Un ejército de barbari se dirige hacia aquí con la intención de ayudar a Medrautus.
– ¿No existe la posibilidad de que pueda ser contenido mientras tiene lugar la toma del castra?
– Ni la menor -respondió Artorius-. Todos los enemigos de Brita
Guardé silencio. O mucho me equivocaba o nos encontrábamos en una situación verdaderamente difícil.
– Si mañana tomo Cambloga
– Sí, es una posibilidad -reconocí-. A fin de cuentas, es la traición de Medrautus la que les ha abierto el camino…
– ¿Quieres ver lo que pienso hacer… Merlín? -me preguntó entonces mientras la sonrisa, esa sonrisa inconfundible y especialmente risueña, volvía a columpiarse de sus labios.
– Creo que sí -contesté.
Stat sua cuique dies… Sí, como Virgilio, yo también creo que el día de cada uno está fijado. A muchos esa circunstancia les asusta. Temen despertarse un día enfermos, pobres, abandonados o muertos. Sin embargo, creo que deberíamos sacar otras consecuencias de esa i