Страница 11 из 62
Julia hizo un gesto habitual en ella. Siempre que se abstenía de comentar algo sobre un tema que la disgustaba, enarcaba las cejas.
– No me mires así -se justificó en seguida Adam-. ¡Reconoce que no es muy frecuente anular un viaje de novios tres días antes! Y podríamos habernos ido de todas maneras…
– ¿Sólo porque no te devuelven el dinero?
– No es eso lo que quería decir -dijo Adam, abrazándola-. Bueno, tu mensaje no mentía sobre tu estado de ánimo, no debería haber venido. Necesitas estar sola, ya te he dicho que lo entendía, y no he cambiado de opinión. Me voy, mañana será otro día.
Cuando ya se disponía a cruzar el umbral de la puerta, a través del techo se oyó un ligero crujido. Adam levantó la cabeza y miró a Julia.
– ¡Adam, por favor! ¡Será una rata correteando ahí arriba!
– No sé cómo haces para vivir en esta leonera.
– Estoy bien aquí, algún día podré permitirme una casa grande, ya lo verás.
– ¡íbamos a casarnos este fin de semana, al menos podrías hablar en plural!
– Perdona, no quería decir eso.
– ¿Cuánto tiempo piensas seguir yendo y viniendo entre tu casa y mi piso de dos habitaciones, demasiado pequeño para tu gusto?
– No vamos a entrar otra vez en esa eterna discusión, no es el día más indicado. Te lo prometo, en cuanto podamos permitirnos hacer obras y unir los dos pisos, tendremos sitio suficiente para ti y para mí.
– Si he aceptado no arrancarte de este lugar al que pareces tener más apego que a mí es porque te quiero, pero si de verdad lo desearas, podríamos vivir juntos desde ya.
– ¿De qué estás hablando? -inquirió Julia-. Si estás aludiendo a la fortuna de mi padre, nunca la he querido mientras él estaba vivo, y no voy a cambiar de opinión ahora que ha muerto. Tengo que irme a dormir, ya que no nos marchamos mañana de viaje, me espera un día cargado de trabajo.
– Tienes razón, vete a dormir, y ese último comentario tuyo lo achacaré a tu cansancio.
Adam se encogió de hombros y se fue, sin volverse siquiera al pie de la escalera para ver el gesto de despedida de Julia. La puerta de la casa se cerró tras él.
– ¡Gracias por llamarme rata! ¡Lo he oído! -exclamó Anthony Walsh volviendo a entrar en el apartamento.
– ¿A lo mejor preferías que le dijera que el último grito en androides, fabricado a imagen y semejanza de mi padre, caminaba por encima de nuestras cabezas… para que llamara a una ambulancia y me internara en un psiquiátrico de inmediato?
– ¡Pues habría tenido su gracia! -replicó Anthony Walsh, divertido.
– Dicho esto, si quieres que sigamos intercambiando cortesías, muchas gracias por haberme fastidiado la boda.
– ¡Perdóname por haber muerto, cariño!
– Gracias también por haberme enemistado con el dueño de la tienda que hay debajo de mi casa, y que desde hoy y durante meses pondrá mala cara cada vez que me vea.
– ¡Un zapatero! ¿Qué nos importa?
– ¿Qué pasa, que tú no llevas zapatos? Gracias también por estropearme mi única noche de descanso de la semana.
– ¡A tu edad, yo sólo descansaba la noche de Acción de Gracias!
– ¡Ya lo sé! Y, por último, muchas gracias, aquí ya sí que te has superado, por tu culpa me he portado fatal con mi prometido.
– Yo no tengo la culpa de vuestra pelea, échasela a tu mal carácter, ¡yo no he tenido nada que ver!
– ¿Que tú no has tenido nada que ver? -gritó Julia.
– Bueno, sí, quizá un poco… ¿Hacemos las paces?
– ¿Por esta noche, por ayer, por tus años de silencio o por todas nuestras guerras?
– No he estado en guerra contra ti, Julia. Ausente, sí, desde luego, pero nunca hostil.
– Lo dices de broma, espero. Siempre has intentado controlarlo todo a distancia, sin ningún derecho. Pero ¿qué estoy haciendo? ¡Estoy hablando con un muerto!
– Si quieres puedes apagarme.
– Pues seguro que es lo que tendría que hacer. Volver a meterte en tu caja y devolverte a no sé qué compañía de alta tecnología.
– 1-800-300 00 01, código 654.
Julia lo miró pensativa.
– Es la manera de contactar con la compañía -prosiguió él-. No tienes más que marcar ese número y comunicar el código, pueden incluso apagarme a distancia si tú no tienes el valor de hacerlo, y en menos de veinticuatro horas me quitarán de en medio. Pero piénsalo bien. ¿Cuántas personas querrían pasar unos días más con un padre o una madre que acaba de morir? No tendrás una segunda oportunidad. Tenemos seis días, ni uno más.
– ¿Por qué seis?
– Es una solución que hemos adoptado para resolver un problema ético. -¿Es decir?
– Como bien te imaginarás, un invento como éste plantea ciertas cuestiones de orden moral. Hemos considerado importante que nuestros clientes no pudieran apegarse a este tipo de máquinas, por muy perfeccionadas que estén. Ya existían varias maneras de comunicar con alguien después de muerto, tales como testamentos, libros, grabaciones sonoras o de imágenes. Digamos que aquí el procedimiento es i
Anthony observó la expresión dubitativa de Julia.
– Bueno, al parecer, en lo que a nosotros respecta, no es tan tentadora… El caso es que, al cabo de una semana, la batería se agota, y no hay forma alguna de recargarla. Todo el contenido de la memoria se borra, y se extinguen los últimos hálitos de vida.
– ¿Y no hay posibilidad de impedirlo?
– No, se ha previsto todo. Si algún listillo tratara de acceder a la batería, la memoria se formatearía al instante. Es triste decirlo, en fin, al menos para mí, ¡pero soy como una linterna desechable! Seis días de luz y, después, el gran salto a las tinieblas. Seis días, Julia, seis diítas de nada para recuperar el tiempo perdido; tú decides.
– Desde luego, sólo podía ocurrírsete a ti una idea tan extraña. Estoy segura de que eras mucho más que un simple accionista en esa empresa.
– Si aceptas entrar en el juego, y mientras no pulses el botón del mando a distancia para apagarme, preferiría que siguieras hablando de mí en presente. Digamos que es mi pequeño capricho, si te parece bien.
– ¿Seis días? Hace una eternidad que yo no me cojo seis días para mí.
– De tal palo, tal astilla, ¿verdad?
Julia fulminó a su padre con la mirada.
– ¡Lo he dicho por decir, no tienes que tomártelo todo al pie de la letra! -se defendió Anthony.
– ¿Y qué le voy a decir a Adam?
– Antes me ha parecido que te las apañabas muy bien para mentirle.
– No le mentía, le estaba ocultando algo, que no es lo mismo.
– Perdona, se me había escapado la sutileza del matiz. Pues no tienes más que seguir… ocultándole algo. -¿Y a Stanley? -¿Tu amigo homosexual? -¡Mi mejor amigo a secas!
– ¡Pues eso, hablamos de la misma persona! -contestó Anthony Walsh-. Si de verdad es tu mejor amigo, tendrás que ser aún más lista.
– ¿Y tú te quedarías aquí todo el día mientras yo estoy trabajando?
– Pensabas tomarte unos días de vacaciones para tu viaje de novios, ¿verdad? ¡Pues ésa es la solución!
– ¿Cómo sabes que pensaba irme?