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Muchos de ellos fueron deportados o perdieron la vida, como su jefe Marcel Langer…
Perseguidos, pobres, salidos del olvido, eran el símbolo de la fraternidad forjada en el tormento nacido de la división, pero también el símbolo del compromiso de las mujeres, de los niños y de los hombres que contribuyeron a que nuestro país, entregado como rehén a los nazis, saliera lentamente de su silencio para volver a la vida…
Esa lucha, condenada por las leyes entonces en vigor, fue gloriosa. Fue un tiempo en que el individuo sobrepasó su propia condición y no se preocupó ni de las heridas, ni de las torturas, de la deportación o de la muerte.
Nuestro deber es enseñar a nuestros hijos que era portadora de valores esenciales, y que merece, debido al gran tributo que se tuvo que pagar a la libertad, estar inscrita en la memoria de la República francesa». [4]
El ministro les cuelga una medalla en la solapa de la chaqueta. Cuando llega el turno de que uno de ellos, que destaca por el color rojizo de sus cabellos, sea condecorado, un hombre sube al estrado. Lleva un uniforme azul marino de la Royal Air Force y un casco blanco. Se acerca al que, en otros tiempos, se llamaba Jea
En cuanto bajó del estrado, mi padre se quitó la medalla y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Vino hacia mí, me pasó el brazo por el hombro y murmuró:
– Ven, tengo que presentarte a mis compañeros, y después, volveremos a casa.
Por la tarde, en el tren que nos llevaba de vuelta a París, lo sorprendí mirando el campo, sumido en el silencio. Paseaba la mano por la mesita que nos separaba. Yo la cubrí con la mía, era un gesto simple, pero él y yo no nos tocábamos demasiado. No giró la cabeza, pero pude ver por la ventana el reflejo de su sonrisa. Le pregunté por qué no me había contado todo eso antes, y por qué había esperado todo ese tiempo.
Él se encogió de hombros.
– ¿Qué querías que te dijera?
Yo pensé que me habría gustado saber quién era Jea
– Muchos compañeros cayeron bajo estos raíles y matamos. Más allá de eso, sólo quiero que recuerdes que soy tu padre.
Mucho después, comprendí que había querido que mi infancia no tuviera nada que ver con la suya. Mamá no apartaba los ojos de él. Lo besó en los labios. Por las miradas que intercambiaban, mi hermana y yo adivinábamos lo mucho que se amaban desde el primer día.
Me vienen a la memoria las últimas palabras de Samuel.
Jea
Aquí acaba mi historia, amor mío. Aquel hombre apoyado en el mostrador del Café des Tourneurs y que te sonríe con elegancia es mi padre.
Bajo esta tierra de Francia, descansan sus compañeros. Cada vez que en algún lugar oigo a alguien expresar sus ideas en un mundo libre, pienso en ellos.
Entonces recuerdo que la palabra «extranjero» es una de las más bellas promesas del mundo, una promesa de colores, bella como la Libertad.
No habría podido escribir este libro sin los testimonios y relatos recogidos en Une histoire vraie (Claude y Raymond Levy, Les Éditeurs Français Réunis), La Vie des Français sous l'Occupation (Henri Amouroux, Fayard), Les Parias de la Résistance (Claude Levy, Calma
Agradecimientos
Emmanuelle Hardouin
Raymond y Danièle Levy, Claude Levy
Claude y Paulette Urman
Pauline Lévêque
Nicole Lattès, Leonello Brandolini, Brigitte La
Laurent Zahut et Marc Mehe
Léonard Anthony
Éric Brame, Kamel Berkane, Philippe Guez
Katrin Hodapp, Mark Kessler, Marie Garnero, Marion
Millet, Joha
Pauline Normand, Marie-Ève Provost
y
Susa
Marc Levy
[4] Discurso de Charles Hernu, ministro del Ejército.