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– ¿No te preocupa sentirte…? -Se interrumpió. Había estado a punto de decir «menos mujer», pero habría demostrado una gran falta de tacto. Prefirió decir-: ¿No te preocupa sentir que has perdido algo?

– Ni hablar -contestó Flor alegremente-. Si tienen que sacarmelo, adelante. No es más que un incordio. ¿Qué quieres que te haga hoy?

– Oh. -Clodagh estaba mortificada-. Un poco de plancha, si puedes. Y quizá el cuarto de baño. Tú misma, lo que a ti te parezca…

Clodagh abrió la puerta de la agencia de colocación del centro de la ciudad y el miedo y la emoción se manifestaron en sus temblorosas manos. Se paró delante de una joven con moño cuya fresca y aterciopelada piel estaba cubierta por un exceso de base de maquillaje.

– Tengo una cita con Yvo

La chica se levantó.

– Hola -dijo con una seguridad sorprendente-. Yo soy Yvo

– Oh. -Clodagh se la había imaginado mucho mayor.

Yvo

– Siéntate.

Clodagh sacó su currículum, que se había doblado un poco en su bolso.

– Vamos a ver.

Yvo

– Hace mucho tiempo que no trabajas, ¿verdad? -dijo Yvo

– Tuve un hijo. No pretendía quedarme tanto tiempo en casa, pero después tuve una niña, y hasta ahora no me he sentido preparada -dijo Clodagh.

– Ya, ya… -Yvo

– Fue por el olor -explicó Clodagh-. El olor del recinto de los elefantes me seguía a todas partes. Jamás lo olvidaré. Hasta mis bocadillos sabían a aquello…

– Donde trabajaste más tiempo fue en la agencia de viajes -la interrumpió Yvo

– Exacto -dijo Clodagh con entusiasmo. Se había ido desplazando y ahora estaba sentada en el borde de la silla.

– Y ¿no te ascendieron en ese período?

– Pues… no.

Clodagh se desconcertó. ¿Cómo podía explicarle que solo te podían ascender a supervisor, y que todo el mundo odiaba y compadecía a los supervisores?

– ¿Tienes algún título de turismo?

A Clodagh casi se le escapó la risa. ¡Qué tontería! Para eso dejas los estudios, ¿no? Para no tener que hacer más exámenes.

Yvo

– ¿Qué software utilizabas?

– Pues… -Clodagh no se acordaba.

– ¿Sabes mecanografía y taquigrafía?

– Sí.

– ¿Cuántas palabras por minuto?

– Huy, no lo sé. Escribo con dos dedos -aclaró Clodagh-, pero muy deprisa. Más deprisa que mucha gente que ha hecho cursillos.

Yvo

– Entonces deduzco que tampoco dominas la taquigrafía, ¿no?

– Bueno, supongo que no, pero siempre podría… No -confesó Clodagh, que se había quedado sin energía.

– ¿Tienes nociones de tratamiento de textos?

– No.

Y, pese a que ya sabía la respuesta, Yvo

– Y no tienes ningún título universitario, ¿verdad?

– No -reconoció Clodagh, mirándola fijamente con un ojo normal y otro inyectado en sangre.

– De acuerdo. -Yvo

– ¿Qué quieres decir?

Hubo una pausa brevísima, pero Yvo

– ¿FT? ¿Time? -la ayudó. No suspiró, pero fue como si lo hubiera hecho. Entonces, cruelmente, añadió-: ¿Bella? ¿Hola?

Clodagh solo leía revistas de decoración. Y libros de Cat in the Hat. Y, de vez en cuando, best sellers sobre mujeres que montaban su propio negocio y no tenían que someterse a humillantes entrevistas como aquella cuando querían trabajar.

– Veo que una de tus aficiones es el tenis. ¿Dónde juegas?

– No, no. Yo no juego. -Clodagh soltó una risita casi adolescente-. Me refiero a que me gusta verlo jugar.

Wimbledon estaba a punto de empezar, y por la televisión estaban dando mucha publicidad.

– ¿Y vas al gimnasio? -leyó Yvo

– No, no. Voy -dijo Clodagh, pisando terreno más firme.

– Aunque eso difícilmente puede considerarse un hobby, ¿no? Sería como decir que dormir es un hobby. O comer-. Aquello le hirió en lo más vivo.

– Te gusta el teatro. ¿Con qué frecuencia vas?

Clodagh vaciló un momento, y luego confesó:

– En realidad no voy. Pero algo hay que poner, ¿no?

Cuando Clodagh y Ashling dejaron de inventarse hobbies absurdos, como conducir coches de rally o la adoración satánica, e intentaron componer una lista de hobbies reales, no se les ocurrieron muchas cosas.

– Entonces, ¿cuáles son tus aficiones? -preguntó Yvo

– Pues… -¿Cuáles eran sus aficiones?

– Hobbies, pasiones, esas cosas -dijo Yvo

Clodagh se había quedado en blanco. Lo único que se le ocurría decir era que le gustaba jugar con sus puntas abiertas, tirando del extremo roto para ver hasta dónde llegaba. Podía pasarse horas haciéndolo. Pero algo la frenó y decidió no compartir aquella afición con Yvo

– Verás, es que tengo dos hijos -dijo tímidamente-. Me absorben mucho.

Yvo

– ¿Te consideras una persona ambiciosa?

Clodagh retrocedió como si tuviera miedo. No era nada ambiciosa. No le gustaba la gente ambiciosa.

– Cuando trabajabas en la agencia de viajes, ¿qué era lo que te producía más satisfacción?

Que llegara la hora de marcharse, pensó Clodagh. A todas las chicas que trabajaban allí les ocurría lo mismo: entraban, suspendían sus vidas reales durante ocho horas y dedicaban toda su energía a soportar la espera.

– ¿El trato con la gente? -sugirió Yvo

– Recibir mi sueldo -dijo Clodagh, y supo que había metido la pata. Lo que pasaba era que hacía mucho tiempo que no asistía a una entrevista de trabajo. Ya no se acordaba de los tópicos correctos. Y, si no se equivocaba, hasta entonces siempre la habían entrevistado hombres, y todos habían sido bastante más agradables que aquella estúpida.

– La verdad es que no me interesa volver a trabajar en una agencia de viajes -añadió-. En cambio no me importaría trabajar en… una revista.

– ¿Te gustaría trabajar en una revista? -Yvo

Clodagh asintió con cautela.

– ¡A quién no! ¿Verdad, querida? -dijo Yvo

Clodagh decidió que odiaba a aquella niñita despiadada y poderosa. Mira que llamarla «querida», cuando Clodagh le doblaba la edad.

– ¿Cuáles son tus aspiraciones económicas? -preguntó Yvo

– Pues no sé… No lo he pensado… ¿Qué crees tú? -dijo Clodagh, vencida.