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Elton Lybarger estaba sentado en una silla de respaldo alto mirando a Joa
Había encontrado el vídeo hacía una hora escasamente. Lybarger no podía conciliar el sueño y buscó algo que leer en la biblioteca. Últimamente no le resultaba fácil dormir. Cuando lo lograba, se sumía en sueños extraños y deambulaba entre gentes y lugares que le parecían familiares pero en los que no tenía ninguna confianza. Los momentos que vivía eran tan diferentes como las personas y recordaba tiempos diversos, desde la Europa de la preguerra hasta los últimos incidentes de aquella mañana.
Entró en su biblioteca, revisó algunos periódicos y revistas. Aún insomne, salió a los alrededores de la casa. Vio la luz encendida en el bungalow de sus sobrinos Eric y Edward. Fue hasta la puerta y llamó. Al no contestar nadie, se tomó la libertad de entrar.
En el salón, lujosamente amueblado, destacaba un gigantesco hogar de piedra. Equipos de última tecnología de vídeo y sonido compartían las estanterías con numerosos trofeos de atletismo. Las puertas de los dormitorios del fondo estaban cerradas.
Pensando que sus sobrinos dormían, Lybarger se disponía a retirarse cuando se fijó en un sobre grande que había en una estantería junto a la puerta, probablemente destinado a un mensajero. Leyó «tío Lybarger» y pensando que él era el destinatario, lo abrió y encontró un vídeo. Intrigado, lo cogió y se lo llevó a su estudio. Lo introdujo en el vídeo, encendió el televisor y se sentó a mirar lo que los chicos habían querido enviarle.
Se vio a sí mismo chutando una pelota de fútbol con Eric y Edward. Luego escuchó una breve intervención política que había grabado siguiendo las rigurosas instrucciones de su logopeda, un profesor de teatro en la Universidad de Zurich. Y luego, la secuencia más sorprendente. El y Joa
Joa
Confundida y algo más que molesta por esa actitud y por su presencia en la habitación, Joa
Al terminar, Joa
– ¿Usted no lo sabía? -preguntó ella-. ¿No tenía idea de que esto hubiera sucedido?
– ¿Y usted tampoco?
– No, señor Lybarger. Le puedo asegurar que no tenía ni idea.
De pronto se escuchó un toque seco en la puerta. Inmediatamente después se abrió y entró Frieda Vossler, de unos veinticinco años, una mujer de mentón cuadrado, miembro de las fuerzas de seguridad de Anlegeplatz.
Minutos más tarde, Salettl y el jefe de seguridad Springer entraban en la habitación de Joa
Salettl le quitó tranquilamente el vídeo y le pidió que se relajara, advirtiéndole que su reacción podía costarle un segundo infarto. Dejó a Joa
La terapeuta, por el contrario, se había mostrado menos comprensiva, y cuando Salettl volvió a su habitación, pensó que debería despedirla inmediatamente y enviarla a Estados Unidos en el primer vuelo. Después pensó que su ausencia sería aún más perturbadora. Lybarger se había acostumbrado a Joa
Le aseguró que por la mañana le darían una explicación de lo que había visto.
Asustada, irritada y emocionalmente agotada, Joa
– Sólo quiero que me diga -exigió-, quién sabía de esto además de Pascal. ¿Quién filmó la maldita escena?
– No lo sé, Joa
– Bien -dijo ella, y esperó a que todos salieran para cerrar la puerta con llave.
Salettl no dudó en dejar a la agente Frieda Vossler custodiando la puerta y dio instrucciones para que nadie entrara ni saliera sin su permiso.
Cinco minutos más tarde estaba sentado ante su mesa de escritorio. Era la madrugada del jueves. En menos de treinta y seis horas, Lybarger estaría en Berlín preparándose para su presentación en el Palacio de Charlottenburg. Después de todo el tiempo transcurrido y en vísperas del gran momento, no se podía considerar la posibilidad de que algo fallara en Anlegeplatz. Cogió el teléfono y llamó a Uta Baur, en Berlín, sabiendo que la despertaría. Uta cogió la llamada en su estudio.
– Guten Morgen -dijo con voz cortante y despierta. Eran las cuatro de la mañana y ya había empezado a trabajar.
– Creo que debe saber… que se ha producido cierta confusión en Anlegeplatz.
Capítulo 86
El reloj de Osborn marcaba casi las dos y media de la madrugada, hora de Londres, jueves 13 de octubre. Eran las cuatro y media en Berlín.
Junto a él, en la oscuridad, veía a Clarkson vigilando el tablero de mandos de luces rojas y verdes del Beechcraft Baron y manteniendo la velocidad fija a poco más de trescientos kilómetros por hora. Atrás, McVey y Noble dormitaban cómodos, más parecidos a un par de abuelos que a unos inveterados inspectores de Homicidios. Más abajo, el Mar del Norte brillaba a la luz de la media luna, embravecido con la marea alta que azotaba la costa holandesa.
Al cabo de un rato viraron a la derecha y entraron en el espacio aéreo holandés. Cruzaron por encima del oscuro reflejo del Ijsselmeer y poco después giraron hacia el este por encima de los campos hacia la frontera alemana.
Osborn intentaba imaginarse a Vera encerrada en una casa de la campiña francesa. Pensó en una granja con una larga entrada de manera que los guardias armados podían divisar a una persona mucho antes de que se acercara. O tal vez no. Tal vez se trataba de una casa moderna de dos pisos junto a la vía del ferrocarril en un pueblo pequeño que veía pasar una docena de trenes al día. Una casa cualquiera, como miles de otras en toda Francia, de aspecto corriente, con un coche de cinco años aparcado a la entrada. Sería el último lugar donde se le ocurriría buscar a un agente de la Stasi.