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– Herr Oven trabajaba solo y operaba de acuerdo con la información que se le proporcionaba. La situación ahora está bajo control de la sección de París -dijo Von Holden.

– ¡Oven fue entrenado por ti, no por la sección de París! -respondió Scholl, irritado. Había reaccionado como siempre, convirtiéndolo en un asunto personal. Bernhard Oven trabajaba para Von Holden. Por lo tanto, su fracaso era el fracaso de Von Holden.

– ¿Sabes que le he dado luz verde a Uta Baur?

– Sí, señor.

– Entonces entenderás que ya se han puesto en marcha los mecanismos para la noche del viernes. Si lo interrumpiéramos todo ahora, sería difícil y embarazoso. -La mirada de Scholl penetraba a Von Holden con la misma intensidad que antes a Salettl-. Estoy seguro que me entiendes.

– Sí, le entiendo.

Von Holden se reclinó en su asiento. Sería una noche larga. Acababan de destinarlo a una misión en París.

Capítulo 73

Una niebla húmeda se agitaba en el aire y había comenzado a caer la bruma. Los faros amarillos de los pocos coches que todavía circulaban a esa hora proyectaban haces misteriosos a su paso por el bulevar Saint Jacques y la cabina telefónica permanecía en la oscuridad.

– ¡Hola, McVey! -Era la voz de Be

Más abajo, entre la llovizna y los árboles que separaban la calle de dos sentidos, McVey sólo alcanzaba a ver el hotel.

No se había atrevido a llamar desde la habitación y no quería arriesgarse a llamar desde la recepción en caso de que volviera la policía.

– Be

– No te preocupes, McVey -rió Be

McVey lanzó una mirada a la calle y palpó el bulto reconfortante del revólver calibre 38 bajo su chaqueta. Luego volvió a mirar sus notas.

– Escúchame, Be

– Está chupado, colega. Ya que estoy, podría averiguar quién cojones mató a Ke

– Be

– Be

– McVey, ¿quién te crees que soy? ¿Wall Street? ¿El Ministerio de Hacienda, o el Departamento de Personas Desaparecidas? ¿Crees que basta con introducir los datos en el ordenador y ya está? ¿Para cuando lo quieres, para el uno de enero de 1995?

– Te llamaré mañana por la mañana.

– ¿Qué dices?

– Be

– McVey -dijo Be

– Y muy grande.

– ¿Muy grande? ¿Qué diablos significa eso?

– Oye, Be

Osborn estaba en el rincón oscuro de la ventana mirando a la calle. La niebla era densa y casi no circulaban coches. Nadie caminaba por las aceras. La gente estaba en casa durmiendo, esperando que llegara el martes. Vio pasar una silueta bajo la luz de una farola y cruzar el bulevar en dirección al hotel. Pensó que era McVey pero no estaba seguro. Volvió a cerrar la cortina, se sentó y encendió una pequeña lámpara junto a la cama e iluminó la CZ 22 de Bernhard Oven. Se sentía como si llevara medio siglo ocultándose y sin embargo sólo habían pasado siete días desde que había visto a Albert Merriman sentado frente a él en la cervecería Stella.

¿Cuántas personas habían muerto en siete días? ¿Diez, doce? Tal vez más. Si no hubiera conocido a Vera y no hubiese venido a París, toda esa gente aún estaría viva. ¿Acaso era culpa suya? No había respuesta posible porque aquélla no era una pregunta razonable. Pero había conocido a Vera y había venido a París y nada podría cambiar lo que había sucedido desde entonces.

En las últimas horas, desde que McVey había salido, intentaba no pensar en Vera. Pero cuando la recordaba, porque no podía dejar de hacerlo, se decía que estaba a salvo y que los policías que la habían llevado a casa de su abuela en Caláis eran leales, agentes de confianza y no tentáculos corruptos de la máquina infernal que los perseguía.

La violencia le había asestado un golpe temprano en la vida y las consecuencias lo habían perseguido desde entonces. La pesadilla después del asesinato de Merriman y la paralizante crisis nerviosa que había terminado en brazos de Vera en el escondrijo del ático, eran apenas un intento desesperado para librarse de una verdad espantosa, a saber, que la muerte de Albert Merriman no había solucionado nada. El sórdido asesino de la cara cortada que había perseguido desde la infancia había sido reemplazado por un nombre y poca cosa más. Al abandonar el edificio de Vera y salir de su escondrijo arriesgándose a que lo cazara el hombre alto o la policía de París o a que al encontrarse cara a cara con McVey éste lo detuviera sin protocolos, se había rendido a la evidencia de que ya no podía enfrentarse a todo ese asunto en solitario. No había recurrido a McVey pidiendo clemencia sino ayuda. La llamada en la puerta lo sobresaltó como un disparo. Levantó la cabeza y se volvió de golpe como si lo hubieran sorprendido con los pantalones bajados. Se quedó mirando la puerta dudando si su mente le jugaba una mala pasada.

Llamaron a la puerta por segunda vez.

Si fuera McVey, pensó, diría algo o usaría la llave. Osborn empuñó firmemente la CZ justo en el momento en que empezó a girar el pomo de la puerta. Ésta cedió un poco, lo suficiente para que quienquiera estuviese al otro lado se diera cuenta de que estaba con llave. La presión cedió igual de rápido.

Osborn cruzó la habitación y se apoyó contra la pared justo al lado de la puerta. Sentía que se le acumulaba el sudor al contacto con el arma. Lo que sucediera ahora dependía de quien estaba en el pasillo.