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Elton Lybarger estaba sentado a la cabecera de la mesa y a su derecha, Uta Baur conversaba con él con la animación que le era característica como si los dos fueran los únicos presentes. Uta vestía de negro, su color distintivo. Botas hasta las rodillas, pantalones ajustados al cuerpo y un jersei negro de cuello simple cerrado con un botón en el pecho. La piel de manos, cara y cuello era tersa y atornasolada como si jamás hubiera estado expuesta a la luz del sol. El escote de sus diminutos pechos sostenidos en alto por un sostén rígido era del mismo color lechoso, delineados por unas venas superficiales de tinte azul claro como fisuras de porcelana china. Bajo su pelo blanco extraordinariamente corto, el único relieve eran sus cejas depiladas. No llevaba maquillaje ni joyas de ningún tipo, lo cual era bastante elocuente.
La cena fue larga y pausada y a pesar de los demás invitados -el doctor Salettl, los gemelos Eric y Edward y varias otras personas que le presentaron- Joa
Después de la cena, Lybarger, Uta, el doctor Salettl y los demás invitados se retiraron a la biblioteca de la segunda planta para tomar el café y escuchar un concierto de piano a cuatro manos ejecutado por Eric y Edward.
Joa
– El doctor Salettl me ha dicho que espera que el señor Lybarger pueda caminar sin bastón el viernes -dijo Joa
– ¿Crees que será capaz? -inquirió Von Holden.
– Espero que sí, pero depende del propio señor Lybarger. No sé qué puede pasar el viernes que resulta tan importante. ¿Y si tarda aún unos días?
– Quiero enseñarte algo -dijo Von Holden ignorando su pregunta. La condujo hasta una puerta lateral cerca del extremo del comedor. Entraron a un pasillo revestido de madera y traspasaron una pequeña puerta que daba a una escalera. Von Holden le ofreció la mano y bajaron hasta llegar a una segunda puerta que conducía a su vez a una estrecha galería que desembocaba más abajo de la entrada de la casa.
– ¿Adonde vamos?- preguntó Joa
Von Holden no dijo nada y ella sintió un temblor excitante mientras avanzaban. Pascal von Holden era un hombre que podía atraer y poseer a cualquier mujer que se propusiera. Vivía en un mundo de gente sumamente adinerada y bella próxima a la realeza. Joa
Al final del pasillo había unas escaleras. Al llegar arriba, Von Holden abrió una puerta. Se apartó a un lado, la invitó a entrar y cerró la puerta a su espalda.
Joa
– Este sistema proporciona energía a las instalaciones de la casa -dijo Von Holden-. Camina con cuidado porque el suelo es resbaladizo.
Von Holden la cogió del brazo y la condujo a otra puerta. La abrió y encendió una luz. La sala era de piedra y madera, de unos dos metros cuadrados. En el medio había una fuente de agua que borboteaba rodeada de bancos de piedra. Von Holden señaló una puerta de madera.
– Ahí dentro hay una sauna. Todo muy natural y bueno para la salud -dijo.
Joa
– No he traído nada para cambiarme -se excusó.
– Ah, los diseños de Uta son una maravilla -dijo él sonriendo.
– No entiendo.
– El vestido se ciñe al cuerpo y está hecho para ponérselo sin ropa interior, ¿no es así?
Joa
– Sí, pero…
– La forma siempre obedece a la función -dijo Von Holden, y se inclinó para coger una de las borlas doradas de los hombros-. Esta borla del adorno…
Joa
– ¿Qué pasa con la borla?
– Si uno le da un pequeño tirón. De pronto, el vestido de Joa
– Ya ves, estás lista para un baño y una sauna -dijo Von Holden, y retrocedió un paso para recorrerla con la mirada.
Joa
– ¿Te gustaría desnudarme? Sería bastante justo cambiar los papeles, ¿no te parece?
– Sí -dijo Joa
Y entonces Von Holden la tocó y ella se acercó y lo desvistió y luego hicieron el amor en la piscina y sobre los bancos de piedra y también en la sauna.
Agotados por el amor descansaron entre besos y caricias y luego Von Holden volvió a poseerla lenta y decididamente en posiciones insospechadas que superaban toda fantasía. Joa
En un estudio de paredes oscuras en la segunda planta del edificio principal de Anlegeplatz, Uta Baur y el doctor Salettl observaban tranquilos, sentados en cómodas sillas, el ejercicio amoroso en tres pantallas gigantes de alta definición. Las imágenes provenían de cámaras operadas por control remoto montadas detrás de los espejos. Cada cámara tenía su propio monitor, lo cual proporcionaba una visión total de la actividad que en ese momento grababan.
Resultaba difícil saber si alguno de los dos se sentía excitado por las imágenes, no porque ambos fueran septuagenarios sino porque la observación era puramente clínica. Von Holden no era más que un instrumento en el estudio. El verdadero interés se concentraba en Joa
Finalmente, Uta estiró sus dedos largos y pulsó un botón. La pantalla se apagó y ella se levantó.
– Ja -le dijo a Salettl-. Ja -repitió, y salió de la habitación.