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Pero aquello no había dado resultado. Y ahora, después de salir de la iglesia, las dos hermanas caminaron juntas bajo el cálido sol mediterráneo y doblaron por el Boulevard d'Athénes hacia Canebiére. Maria

– Michéle, no eres la única mujer en el mundo abandonada por su marido -le recriminó-. Ni tampoco eres la primera que está embarazada. Sí, ya sé que sufres y yo te entiendo. Pero la vida sigue su ritmo y ¡ya está bien! Estamos aquí contigo. ¿Por qué no buscas un trabajo y mantienes a tu hijo? Y luego ya buscarás a alguien decente.

Michéle miró a su hermana y luego al suelo. Maria

Después de decir lo que tenía que decir, Maria

Capítulo 53

Bernhard Oven podría haber regresado de Marsella a París en avión como lo había hecho para ir, pero la policía podía seguir la pista con demasiada facilidad a un billete de ida y vuelta cuyas fechas coincidieran con las de una serie.de asesinatos. El viaje en TGV desde Marsella a París tardaba sólo cuatro horas cuarenta y cinco minutos. Para Oven era tiempo suficiente para relajarse en su asiento de primera clase y pensar en cuanto había sucedido y lo que habría de suceder.

Encontrar a Michéle Kanarack en casa de su hermana había sido un juego de niños. Le había bastado seguirla hasta la estación la mañana en que salía de París y tomar nota del tren que abordaba. Conociendo el tren y su destino, la Organización se encargaba del resto. En Marsella, habían visto apearse a Michéle y la habían seguido a casa de su hermana en el barrio de Le Panier. Luego la siguieron rigurosamente y tomaron nota de las personas con las que podía haber intimado. Con esa información, Oven había abordado el vuelo de Air ínter de París a Marsella y en el aeropuerto de Provence había cogido un coche alquilado. En el compartimiento de la rueda de repuesto había una pistola automática CZ 22 checoslovaca, balas y un silenciador.

– Bonjour. Ah, le billet, oui.

Oven le entregó su billete al inspector e intercambió con él las típicas banalidades que un joven con aspecto de ejecutivo dinámico intercambiaría con un inspector de trenes. Luego se reclinó en su asiento y gozó del paisaje de la campiña francesa mientras el TGV atravesaba a toda velocidad los verdes campos del valle del Ródano. Según su cálculo viajaban a unos doscientos ochenta kilómetros por hora.

Había hecho bien en deshacerse de las dos mujeres en la calle. Si por algún motivo lo hubiesen eludido y hubieran estado en casa, bueno, las histéricas siempre causan problemas. Al ver al marido y a los cinco hijos de Maria

Desde luego hallarían al marido y a los cinco niños si es que eso ya no había sucedido y el impacto del suceso haría que la policía y los políticos salieran corriendo de sus madrigueras. Pero no había tenido alternativa. El marido estaba a punto de salir al café del barrio para reunirse con sus colegas, lo cual significaba que habría tenido que esperar a lo largo de todo el día hasta que todos hubieran vuelto a reunirse en casa. Y eso le habría provocado un retraso que no podía permitirse porque tenía que atender asuntos más urgentes en París. Unos asuntos en los cuales la Organización, hasta ese momento, no le había podido proporcionar ayuda.

Ante

Hasta ese momento, Bernhard Oven había eliminado rápida y efectivamente a cualquiera que hubiese mantenido algún tipo de relación con Merriman. Pero el médico americano identificado como Paul Osborn había sobrevivido. Y ahora había una mujer involucrada. Debía encontrarlos a ambos y despacharlos antes de que se le adelantara la policía. No habría sido una tarea tan difícil si no fuera por el apremio del tiempo. Era domingo, 9 de octubre. Según su programa, debía acabar con ese asunto a más tardar el viernes 14 de octubre.

– ¿Ha trabajado alguna vez con el señor Lybarger desnudo, señorita Marsh?

– No, doctor, claro que no -dijo Joa

A Joa

– Entonces, ¿nunca lo ha visto desnudo?

– No, señor.

– ¿Tal vez en ropa interior?

– Doctor Salettl, me parece que no entiendo lo que quiere decir.

A la siete de la mañana, Von Holden había despertado a Joa

A Joa

– Ya nos hemos ocupado de eso -dijo Von Holden y colgó.

Una hora más tarde, aún afectada por la fatiga de la diferencia horaria, la cena, las copas y la sesión maratoniana de sexo con Von Holden, Joa

El chofer pulsó un botón para bajar la ventanilla del pasajero lo suficiente para que el guardia uniformado mirara dentro. Satisfecho les hizo señas para que siguieran y la limusina penetró en un largo camino entre árboles que conducía hacia lo que Joa

Un ama de llaves de mediana edad y sonrisa amable la llevó a sus dependencias que consistían en una amplia habitación con cuarto de baño en la planta baja con vistas a una enorme extensión de césped que se perdía hasta llegar al borde de un frondoso bosque.

Al cabo de diez minutos llamaron a la puerta y la misma ama de llaves la acompañó hasta el despacho del doctor Salettl en la segunda planta de un edificio adosado, donde se encontraba ahora.