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– Haga sonar la alarma -dijo despacio, como para asegurarse cabalmente de que le entendía-. La planta de arriba está en llamas.

Capítulo 115

18.50

– Me encuentro muy a gusto esta noche -dijo Elton Lybarger, y sonrió amablemente a Von Holden y a Joa

– Por eso estamos aquí, señor. Para que se sienta cómodo -dijo Von Holden cuando los coches viraron hacia Lietzenburgerstrasse y aceleraron en dirección al palacio de Charlottenburg.

Von Holden se sacudió una pelusa del brazo de su frac. Cogió el teléfono de la consola en el asiento trasero y marcó un número. Joa

Von Holden le devolvió un amago de sonrisa mientras el teléfono seguía sonando en el otro extremo. De pronto interrumpió una voz en alemán: «Por favor, vuelva a llamar más tarde. Este número no está disponible.»

Von Holden dejó que el auricular resbalara entre sus dedos y colgó lentamente intentando simular tranquilidad. Volvió a pensar que debería haberse enfrentado más enérgicamente a Scholl, porque en ese momento su deber era estar al frente del operativo en el hotel Borggreve y no acompañando a Lybarger al palacio de Charlottenburg. Pero no había sido así y ahora nada podía cambiar las cosas.

A las tres de la tarde había puesto a punto los detalles finales de su plan con el equipo de la Stasi encargado de ejecutarlo: Cadoux, Natalia y Viktor Shevchenko. Luego se sumaron A

Reunidos en la inmunda trastienda de un taller de reparación de motos cerca de Ostbahnhof, una de las dos grandes estaciones de ferrocarril de Berlín, Von Holden había utilizado fotos y dibujos del hotel Borggreve, uno de los edificios en las afueras de Berlín, propiedad de una compañía falsa. Planearon cuidadosamente, la estrategia y cronometraron su ejecución. El plan detallaba incluso la ropa que llevarían A

McVey y los demás se habían encontrado con una situación que no podían rechazar. Von Holden pensaba que llevaba la ventaja debido a lo que justamente Scholl había señalado, cosa que ya sabía él desde el principio, que si bien McVey y los otros eran eficientes, eran policías. Pensaban como policías y se preparaban como policías, con cautela pero a base de las medidas previsibles. Von Holden lo sabía porque muchos de sus hombres habían sido reclutados en las filas de la policía y, desde el principio, había comprendido que les faltaban recursos para entender la mentalidad de los terroristas, por lo que debían ser nuevamente preparados.

Una vez comprendido este principio, el proceso en sí mismo era simple. Cadoux los llamaría por teléfono y les daría la información suficiente para incriminarse y prometería la que necesitaban para inculpar a Scholl. Les diría que tenía miedo porque había traicionado a la Organización, daría una dirección como punto de reunión y luego colgaría.

Cuando ellos llegaran, él les daría la información que necesitaban, luego se disculparía para ir al baño. Sin confiar plenamente en él, harían que lo escoltara un agente, a lo que Cadoux no se opondría. Al salir de la habitación, Natalia activaría los explosivos por control remoto. Cadoux mataría, al hombre que lo acompañara y Natalia se encargaría de los policías que esperaban en el pasillo. Viktor, A

A las cuatro menos cuarto en punto acabaron la reunión. Los demás volvieron al hotel y Von Holden llevó a Cadoux a la tienda de comestibles para que llamara por teléfono. Una vez hecha la llamada, fueron directamente al hotel, volvieron a revisar el plan y colocaron los explosivos. Von Holden les dijo a los demás que quería hablar en privado con Cadoux y cerró la puerta de la 412.

Von Holden quería que Cadoux se sintiese importante y que pensara que no le guardaban ningún rencor por el error cometido. Sabía cuánto significaba para él Avril Rocard. Von Holden le deseó buena suerte a Cadoux y cuando se dirigía a la puerta se percató de que olvidaba entregarle un arma. Abrió su maletín y sacó una pistola automática de nueve milímetros, una Glock 18 austriaca. La pistola podía modificarse en automática y llevaba un cargador de treinta y tres balas. A Cadoux se le iluminó el rostro al verla.

– Es una buena elección -recordaba Von Holden que le había dicho Cadoux.

– Una última cosa -dijo, antes de entregarle el arma-. Mademoiselle Rocard está muerta. La mataron en la granja en las afueras de Nancy.

– ¿Qué? -rugió Cadoux, incrédulo.

– Es una lástima. Sobre todo desde mi punto de vista.

– ¿Tu punto de vista? -inquirió Cadoux, lívido.

– Tenía que venir a Berlín invitada por mí. ¿Acaso no sabías que éramos amantes? A Avril le gustaba follar de verdad, y no esa cosa insoportable que tenía que tolerarte a ti.

Cadoux se abalanzó sobre él, cegado por la ira y dejando escapar un grito. Von Holden no hizo nada hasta que Cadoux estuvo frente a él. Luego sólo tuvo que levantar la Glock y disparar tres veces. El mismo cuerpo de Cadoux apagó la detonación, eliminando casi por completo el ruido de los tres balazos. Acto seguido, Von Holden lo dejó sentado sobre el sillón y salió.

En la distancia, y a medida que se acercaban, Von Holden veía la fachada iluminada de Charlottenburg. Volvió a coger el teléfono, marcó y esperó mientras sonaba. La respuesta era la misma, el número no estaba disponible. Colgó y miró hacia fuera. Sus instrucciones eran rigurosamente claras. Inmediatamente después de la detonación del Semtex y de lo que debería ser la operación de limpieza que le seguiría, los cuatro saldrían del hotel y escaparían en un furgón Fiat de color azul aparcado en diagonal frente al hotel. Deberían dirigirse al sur hasta que Von Holden los llamara al coche por teléfono y le informaran. Luego debían dejar el furgón en la Borussiastrasse, cerca del aeropuerto de Templehof, y separarse en direcciones diferentes. Hacia las diez de la noche, tenían que haber salido del país.

– ¿Sucede algo, Pascal? -preguntó Joa

– No, nada -dijo él, y le sonrió.

Joa