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La idea de comunicarles la noticia a los padres de la joven provocó náuseas en Reed. Siempre ocurría lo mismo. Se preguntó cómo se las apañaban los detectives de Homicidios para cumplir cada día con esa tarea.

– Todavía no. Ayer fuimos dos veces a casa de los Burnette, pero no había nadie.

Spi

– Mia, eso no es todo.

Reed hizo una mueca.

– Si el cadáver que se encuentra en el depósito corresponde a Caitlin Burnette, hay que decir que su padre es policía.

– Lo conozco -afirmó Spi

– ¡Mierda! -Mitchell apoyó la frente en la palma antes de pasarse la mano por el pelo corto, que le quedó de punta-. ¿Podría tratarse de un asesinato por venganza?

Reed se había planteado lo mismo.

– Tendremos que comprobarlo. Los Dougherty regresarán hoy mismo en avión. Los interrogaré cuando lleguen a su casa.

La detective lo miró a los ojos durante un fugaz instante y lo corrigió con tono sereno:

– Los interrogaremos.

El desafío estaba implícito. Molesto, Solliday asintió.

– Por supuesto.

– Tendremos que enviar una unidad especializada en escenarios de crímenes. -Mia frunció el ceño-. Ya han estado en la casa, ¿correcto? Mierda, esta lluvia complicará la investigación.

– Ayer pasamos el día allí. Fotografié todas las habitaciones y cogí muestras para el laboratorio. Afortunadamente, cubrimos el techo con lona alquitranada, por lo que la lluvia no causará problemas.

Mitchell asintió ecuánimemente.

– Entendido. ¿Qué muestras tomaron?

– De la moqueta y de la madera. Me dediqué a buscar pruebas de catalizadores.

La detective ladeó ligeramente la cabeza.

– Continúe.

– Según mi instrumental, están presentes, y el perro experto en catalizadores captó dos clases de sustancias: gasolina y otra. El laboratorio tendrá los resultados hoy mismo.

Mitchell meneó la cabeza.

– Marc, en lo que a escenarios del crimen se refiere, este es como enseñarle a una madre a hacer hijos.

Reed se enderezó en el asiento.

– Nuestro procedimiento consiste en reunir pruebas lo antes posible a fin de sustentar el cargo de incendio provocado. Tenemos la autorización. Solo cogimos lo necesario para establecer origen y causa a fin de averiguar cómo murió la muchacha. Hicimos un registro limpio.

Mia suavizó un poco la mirada.

– Teniente, no me refería al registro, sino a los escenarios de incendios en un sentido general. -Se dirigió a Spi

– En el escenario hemos apostado un guardia de seguridad -intervino Reed con cierta rigidez-. Claro que si quiere firmar la factura de vigilancia durante veinticuatro horas le pediré a nuestro hombre que se retire. No contamos con un presupuesto tan amplio como el suyo.

– De acuerdo. Puesto que se trata de un homicidio, prefiero tener un policía a mano. No se ofenda -se apresuró a añadir la detective-. Llamaré a Jack y le pediré que se reúna con nosotros en la casa, acompañado de la CSU, unidad especializada en escenarios de crímenes.

– Foster Richards y Ben Trammell, dos miembros de mi equipo, los esperan en la casa. Les dejarán pasar y les mostrarán lo que hicimos ayer.

Solliday ya había telefoneado para pedirles que se dispusieran a recibir al equipo que estaba seguro que Homicidios enviaría. Le añadió a Foster la advertencia de que jugasen limpio con los miembros de la unidad. También le hizo a Ben la advertencia de que vigilara a Foster.

La detective se puso de pie.

– De acuerdo. Ante todo vayamos al depósito de cadáveres y veamos qué dice Caitlin.

Spi

– Avísame cuando se lo notifiquéis a los padres. Me pondré en contacto con el capitán de Burnette para que su comisaría envíe flores o lo que consideren adecuado.

– Hay que modificar la autorización, ya que la nuestra se refiere estrictamente al incendio provocado -puntualizó Reed.

Spi

– Llamaré a la oficina del fiscal del estado y cuando lleguéis al escenario del crimen ya tendréis la autorización.

Mitchell inclinó la cabeza hacia Spi

– Teniente Solliday, ¿nos concede unos minutos? Espere junto a mi escritorio. Es el de al lado del que está vacío.

– Por supuesto.

El teniente cerró la puerta y, en lugar de dirigirse al escritorio de la detective, se apoyó en la pared y ladeó la cabeza hacia la puerta a fin de oír todo lo que pudiera.

– Marc, hablemos del caso de Abe -propuso Mia.

Reed se dio cuenta de que era la segunda vez que Mitchell mencionaba al tal Abe. Miró hacia el escritorio vacío y dedujo que era el de Abe. El tono de Spi

– Howard y Brooks están investigando.

– Murphy dice que la pista se ha congelado.

– Es cierto. Mia, deberías…

– Ya lo sé, Marc. El incendio es mi prioridad y sabes que lo será, pero si me entero de algo, si alguien se entera de algo y estoy disponible… Maldita sea, Marc, lo vi. -Su tono se tornó impetuoso-. Si veo al capullo que hirió a Abe lo reconoceré.

– Mia, también resultaste herida.

– Marc, por favor, solo fue un rasguño. -Hizo una pausa-. Por favor, se lo debo a Abe.

Spi

– Si estás disponible te avisaré.

– Te lo agradezco.

La puerta se abrió y Reed no intentó moverse. Quería que la detective supiera que había oído la conversación.

Mia se puso como un tomate y entrecerró los ojos al verlo junto a la puerta. Durante unos segundos se limitó a mirarlo con actitud de fastidio.

– Vayamos al depósito de cadáveres -propuso con un tono tajante; se acercó a su escritorio y cogió la chaqueta y el sombrero raídos-. Aquí tiene su paraguas.

Se lo lanzó y se puso con cuidado la chaqueta de cuero, empezando por el brazo derecho. Spi

– Todavía no tengo el vehículo de mi departamento y mi coche es muy pequeño -reconoció y no se volvió cuando el teniente la alcanzó-. Usted no encajaría.

El doble sentido de sus palabras era evidente. Reed optó por no hacer caso de la pulla y se centró en el medio de transporte.

– Conduzco yo. -Solliday pensó en ayudarla a subir al todoterreno, pero la detective montó en el habitáculo con sorprendente agilidad y un gruñido de dolor casi imperceptible. Reed tomó asiento tras el volante, la miró significativamente y preguntó-: ¿Verdad que todavía no está en condiciones de volver a trabajar?

Mitchell le regaló una mirada colérica antes de girar la cabeza hacia delante.

– Estoy autorizada a trabajar.

Reed encendió el motor, se acomodó en el asiento y aguardó a que sus miradas se encontrasen. Pasaron un minuto en silencio hasta que Mia volvió la cabeza con el ceño fruncido y preguntó:

– ¿Por qué seguimos aquí?

– ¿Quién es Abe?

La detective apretó los dientes.

– Mi compañero.

«Cosa que tú no eres», fue la muda apostilla.

– ¿Qué le pasó?

– Le dispararon.

– Supongo que se recuperará.

Reed no la habría visto inmutarse si no lo hubiese previsto.

– A la larga sí.

– A usted también le pegaron un tiro.

Mia apretó los carrillos.