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– Me gusta no tener que ocuparme de nada.

La única discusión la tuvimos en Amorbach. Yo me desperté temprano, me vestí sin hacer ruido y salí sigilosamente de la habitación. Pensaba subirle el desayuno a Ha

– ¡Cómo se te ocurre largarte así, sin decir nada!

Dejé encima de la cama la bandeja con el desayuno y la rosa e intenté abrazar a Ha

– Ha

– ¡No me toques!

Tenía en la mano el fino cinturón de cuero con el que se sujetaba el vestido. Dio un paso atrás y me cruzó la cara con él. Se me reventó un labio y sentí el sabor de la sangre. No me dolía. Estaba aterrorizado. Ella volvió a levantar la mano.

Pero no volvió a pegarme. Dejó caer la mano y el cinturón y se echó a llorar. Nunca la había visto llorar. Su cara se deformó por completo. Los ojos y la boca abiertos de par en par, los párpados hinchados tras las primeras lágrimas, manchas rojas en las mejillas y en el cuello. De su boca brotaban graznidos guturales, parecidos al grito sordo que emitía cuando hacíamos el amor. Estaba allí de pie, mirándome a través de las lágrimas.

Debería haberla abrazado. Pero no podía. No sabía qué hacer. En mi casa no se lloraba así. Ni se pegaba, ni con la mano ni, por supuesto, con un cinturón. Si había algún problema, se hablaba. Pero ¿qué podía decir yo en aquel momento?

Ha

– ¿Desayunamos? -dijo, separándose de mí-. Madre mía, ¡cómo te has puesto, chiquillo!

Cogió una toalla húmeda y me limpió la boca y la barbilla.

– Y la camisa llena de sangre.

Me quitó la camisa y luego los pantalones, y luego se desnudó ella e hicimos el amor.

– ¿Me puedes explicar lo que ha pasado? ¿Por qué te has enfadado tanto?

Yacíamos juntos, tan satisfechos y contentos que pensé que entonces se aclararía todo.

– Me puedes explicar, me puedes explicar… Siempre haces preguntas tontas. ¿Te parece bonito marcharte sin decir nada?

– Pero oye, ¿y la nota que te he dejado?

– ¿Qué nota?

Me incorporé en la cama. La nota no estaba en la mesilla, donde la había dejado. Me levanté, busqué junto a la mesilla, debajo de ella, bajo la cama, en la cama. Pero la nota no aparecía.

– No entiendo nada. Te he dejado una nota diciendo que iba a buscar el desayuno y volvía enseguida.

– ¿Ah, sí? Pues yo no veo ninguna nota.

– ¿No me crees?

– No es que no te crea, pero yo no veo ninguna nota.

Y ahí se acabó la discusión. ¿Quizá una ráfaga de viento se había llevado la nota a ninguna parte? ¿Había sido todo un malentendido: su enfado, mi labio reventado su cara convulsionada, mi desconcierto?

¿Debería haber buscado más, hasta encontrar la nota, hasta encontrar la causa del enfado de Ha

– ¡Sigue leyendo, chiquillo! -dijo apretándose contra mí. Cogí la Vida de un vagabundo aventurero de Joseph von Eichendorff y continué donde la había dejado la última vez. El libro era fácil de leer, más fácil que Emilia Galotti y que Intriga y amor. Ha

He vuelto a explayarme relatando nuestras disensiones, así que ahora debo hablar también de nuestras horas de felicidad. Aquella discusión hizo más íntima nuestra relación. Ahora ya la había visto llorar; una Ha

Empezamos a hacer el amor de otra manera. Durante mucho tiempo yo me había dejado llevar por ella, por su manera de tomar posesión de mí. Luego yo había aprendido también a tomar posesión de ella. De entonces en adelante, empezamos a amarnos de un modo que iba más allá de la simple posesión.

Todavía conservo un poema que escribí por entonces. Como poema no vale nada. Por aquella época me entusiasmaban Rilke y Be

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No recuerdo las mentiras que les conté a mis padres después de la excursión con Ha

Hoy en día me parece realmente sorprendente que mis padres consintieran en dejarme solo en casa una semana entera, a mis quince años. ¿Quizá se habían percatado de la nueva autosuficiencia que se había desarrollado en mí desde que estaba con Ha

Cuando le pregunté a mi hermana pequeña qué quería a cambio de irse a casa de su amiga y dejarme solo en la casa, me pidió unos tejanos o, como decíamos por entonces, unos pantalones vaqueros, y un niqui de terciopelo, una especie de jersey. Me pareció muy comprensible. En aquella época, los téjanos todavía eran algo especial, muy de moda, y se perfilaban como la alternativa perfecta a los trajes de ojo de perdiz y los vestidos floreados. Yo me veía obligado a aprovechar la ropa de mi tío, y mi hermana pequeña la de la mayor. Pero no tenía dinero.

– ¡Pues róbalos! -exclamó mi hermana sin alterarse.

Fue increíblemente fácil. Me probé varios tejanos, me llevé al probador también unos de su talla y salí de la tienda llevándolos escondidos en torno a la cintura, por debajo de los anchos pantalones de mi traje. El niqui lo robé en unos grandes almacenes. Un día, mi hermana y yo nos dedicamos a recorrer la sección de moda femenina de mostrador en mostrador, hasta encontrar el mostrador adecuado y el niqui adecuado. Al día siguiente atravesé la sección con paso rápido y decidido, eché mano al niqui, lo escondí debajo de la americana y en un abrir y cerrar de ojos me encontré en la calle. Un día más tarde robé un camisón de seda para Ha