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Empezó a hablar de otro compañero del seminario, que tartamudeaba o ceceaba y no paraba de decir tonterías, y al que escuchábamos como si fuese un oráculo. Y luego pasó a hablar de otros compañeros, de cómo eran entonces y lo que hacían ahora. Hablaba y hablaba. Pero yo sabía que al final me volvería a preguntar: «Bueno, y dime, ¿qué os traíais entre manos tú y la acusada aquella?» Y no sabía qué responderle, cómo mentir, cómo decir la verdad, cómo esquivarlo.

Llegamos a la puerta del cementerio y me hizo la pregunta. Miré hacia la parada y vi que en aquel momento estaba llegando el tranvía, y grité: «Hasta luego», y eché a correr, como si pudiera encaramarme de un salto a la plataforma, y perseguí al tranvía y golpeé la puerta con la palma de la mano. Y entonces sucedió lo que ya no creía posible, lo que no me atrevía a esperar. El tranvía volvió a parar, se abrió la puerta y entré.

4

Acabadas las prácticas, me llegó el momento de decidirme por una profesión. Me tomé un poco de tiempo, no como Gertrud, que empezó enseguida a ejercer como jueza. Como mi mujer no tenía mucho tiempo libre, fue una suerte que yo pudiera quedarme en casa y encargarme de Julia. Pero cuando Gertrud superó las dificultades del primer momento y Julia empezó a ir a la guardería, la decisión se hizo inaplazable.

No resultaba fácil. No me imaginaba en ninguno de los papeles de jurista que había visto en el juicio de Ha

Pero el que huye no sólo se marcha de un lugar, sino que llega a otro. Y el pasado al que llegué a través de mis estudios era tan vivido como el presente. No es cierto, como pueden pensar quizá los que ven el asunto desde fuera, que ante el pasado tengamos que limitarnos a observar, sin participar, como hacemos en el presente. Ser historiador significa tender puentes entre el pasado y el presente, observar ambas orillas y tomar parte activa en ambas. Una de mis áreas de investigación era el Derecho en la época del Tercer Reich, y ahí se aprecia con especial claridad cómo el pasado y el presente se funden en una: sola realidad vital. Ahí, la manera de huir no consiste en buscarle las vueltas al pasado, sino justamente en concentrarse sólo en un presente y un futuro ciegos a la herencia del pasado, de la que estamos empapados y con la que tenemos que vivir.

Pero no ocultaré que disfruto sumergiéndome en otras épocas no tan importantes para entender el presente. La primera vez que disfruté de veras fue cuando empecé a estudiar legislaciones y proyectos de ley de la época de la Ilustración. Eran textos animados por la fe en la bondad i

Por entonces releí la Odisea, que había leído por primera vez en bachillerato, y que recordaba como la historia de un regreso. Pero no es la historia de un regreso. Los griegos, que sabían que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, no creían en el regreso, por supuesto. Ulises no regresa para quedarse, sino para volver a zarpar. La Odisea es la historia de un movimiento, con objetivo y sin él al mismo tiempo, provechoso e inútil. ¿Y qué otra cosa se puede decir de la historia del Derecho?

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Con la Odisea empezó todo. La leí después de separarme de Gertrud. Pasaba muchas noches sin dormir más que unas pocas horas y dando vueltas en la cama. Cuando encendía la luz y le echaba mano a un libio se me cerraban los ojos, y cuando dejaba el libro y apagaba la luz, se me abrían otra vez de par en par. Así que decidí leer en voz alta. De ese modo no se me cerraban los ojos. Pero en mis confusas divagaciones de duermevela, llenas de recuerdos y sueños y de atormentadores círculos viciosos, que giraban en torno a mi matrimonio, mi hija y mi vida, se imponía una y otra vez la figura de Ha

Pasaron unos meses hasta que le mandé las cintas. Al principio no quería enviarle nada fragmentario, y esperé hasta haber grabado toda la Odisea. Pero luego empecé a dudar de que la Odisea pudiera interesarle tanto a Ha

No hace mucho encontré la libreta en que fui apuntando a lo largo de los años lo que grababa para Ha

Seguí leyendo para Ha

Pero también grabé cosas que ya conocía y me gustaban. Así que Ha