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Tanto Hope como Scott escuchaban con atención. Sally se había retorcido en el asiento, como torturada por cada palabra pronunciada.

– ¿Cuál? -preguntó Hope.

– Salvaremos a Ashley.

De nuevo guardaron silencio.

– Es decir, dando por sentado un detalle crucial… -añadió Sally casi en un susurro.

– ¿Qué detalle? -preguntó Scott.

– Que logremos salirnos con la nuestra.

Había caído la noche y estábamos sentados en sendas sillas de madera en el patio de piedra. Asientos duros para pensamientos duros. Yo rebosaba de preguntas, e insistía en hablar con los protagonistas de la historia o, al menos, con uno de ellos que pudiera informarme del momento en que pasaron de ser víctimas a conspiradores. Pero ella no estaba dispuesta a ceder, cosa que me enfurecía. En cambio, contemplaba la húmeda oscuridad del verano.

– Es notable, ¿verdad?, a lo que puede llegarse cuando se está presionado al límite -dijo.

– Bueno -repliqué con cautela-, si uno está contra la pared…

Ella soltó una risita sin alegría.

– Pero es justo eso -dijo con brusquedad-. Ellos creían estar contra la proverbial pared. Pero ¿cómo puedes estar tan seguro?

– Tenían miedos legítimos. La amenaza que O'Co

Ella volvió a sonreír.

– Haces que parezca fácil y convincente. ¿Por qué no le das la vuelta?

– ¿Cómo?

– Bueno, míralo desde el punto de vista legal. Tienes a un joven que se ha enamorado y persigue a la chica de sus sueños. Sucede continuamente. Tú y yo sabemos que se trata de una obsesión, pero ¿qué podría demostrar la policía? ¿No crees que Michael O'Co

No respondí.

Mi mente daba vueltas a una pregunta: ¿cómo lo consiguieron?

– ¿Recuerdas quién dijo que decir y hacer son cosas distintas? ¿Quién señaló lo difícil que es apretar un gatillo?

Sonreí.

– Sí. Fue O'Co

Ella rió amargamente.

– Eso le dijo a la más dura de todos ellos, a la que tenía menos que perder disparándole aquella escopeta en el pecho, a una mujer que ya había vivido casi todo su tiempo y habría arriesgado menos al disparar. En aquel momento crucial ella fracasó, ¿no? -Hizo una pausa y contempló la oscuridad-. Pero alguien tendría que ser lo bastante valiente.

39 El principio de un crimen imperfecto

Fue Sally quien habló primero.

– Tendremos que identificar y distribuir las responsabilidades -dijo-. Hay que trazar un plan. Y luego debemos ceñirnos a él. Religiosamente.

Se sorprendió de sus propias palabras. Eran tan duras y calculadoras que bien podía habérselas dicho a dos desconocidos. Ellos tres parecían los menos indicados para convertirse en asesinos, pensó. Tenía serias dudas sobre si conseguirían llevar a buen término el plan.

Hope alzó la cabeza.

– En esto soy una neófita. Ni siquiera me han puesto nunca una multa por exceso de velocidad. No leo novelas de misterio o intriga, excepto en la facultad, que leí Crimen y castigo en un curso y A sangre fría en otro…

Scott se rió, algo incómodo.

– Magnífico -dijo-. En la primera, el asesino casi se vuelve loco por la culpa y finalmente confiesa, y en la segunda atrapan a los malos porque son medio tontos y luego los condenan a muerte. Tal vez no deberíamos tomar esos libros como modelo. -Aquello pretendía sonar divertido, pero ninguna sonrió.

Sally agitó una mano al aire.

– Será mejor que lo olvidemos -dijo con frustración-. No somos asesinos. Ni siquiera deberíamos estar pensando en esto.

Fue Scott quien rompió el silencio momentáneo.

– Así pues, ¿nos sentamos a esperar a que suceda algo y rogamos que no sea una tragedia?

– No. Sí. No estoy segura. -Sally se sentía confundida-. Tal vez no les estamos dando suficiente credibilidad a los canales legales. Tal vez deberíamos conseguir esa orden de alejamiento. A veces funcionan.

– No veo cómo puede eso ser una solución -replicó Scott-. No resuelve nada. Nos dejaría, sobre todo a Ashley, en un perpetuo estado de temor. ¿Cómo podríamos vivir así? Y aunque realmente le pare los pies a O'Co

Sally suspiró.

– Eres muy bueno discutiendo, Scott, pero, dime, ¿estás dispuesto a matar a alguien?

– En esta situación, sí -farfulló él.

– Una respuesta rápida y fácil. Habla la pasión, no el sentido común. ¿Y tú, Hope? ¿Matarías a alguien, un desconocido, por salvar a Ashley, o tal vez en el momento crucial vacilarías?: «¿Qué estoy haciendo? No es hija mía…»

– No. Por supuesto que no vacilaría…

– Otra respuesta rápida.

Scott sintió un arrebato de frustración.

– Bien, abogada del diablo, ¿y tú? ¿Lo harás?

Sally frunció el ceño.

– Sí. No. No lo sé.

Él se reclinó en su sillón.

– Déjame preguntarte una cosa. Cuando Ashley era pequeña y se ponía enferma, ¿recuerdas haber suplicado alguna vez «Que sea yo quien enferme, que ella se ponga bien»?

Sally asintió.

– Supongo que toda madre ha sentido lo mismo.

– ¿Darías la vida por tu hija?

Sally tragó saliva y asintió.

– Puedo hacerlo -dijo, muy despacio-. Puedo diseñar un crimen, sé lo suficiente para ello, y tal vez funcione. Pero aunque vayamos todos a la cárcel, al menos habremos intentado defender a Ashley. Y eso es algo.

– Sí, pero no suficiente -repuso Scott, envarado-. Cuéntame qué estás pensando.

Sally se agitó y dijo:

– ¿Cuál es la mayor debilidad de O'Co

– Debe de tener que ver con su padre -respondió Scott.

– En efecto -continuó Sally-. Su mala relación. Ese tipo de odio es algo que O'Co

Scott y Hope guardaron silencio.

– Es ahí donde parece vulnerable. Igual que él explotó nuestros puntos débiles, le pagaremos con la misma moneda. Incluso él mismo nos ha enseñado el camino. Descubrió dónde éramos más débiles, y luego golpeó. E hizo lo mismo con Ashley. Lo vuelve todo patas arriba para controlar las cosas. ¿Por qué estamos aquí? Porque pensamos que va a hacerle daño a nuestra hija. Puede que incluso matarla, si su frustración se dispara. Así que nosotros lo imitaremos: crearemos un caos en su vida sin dejar huella.

Los otros dos siguieron en silencio, pero la propuesta de Sally parecía lógica.

Scott y Hope miraron a la mujer que una vez amaron o continuaban amando, y vieron a alguien a quien apenas reconocían.

– Lo crucial es reunir a padre e hijo. Tienen que enfrentarse con saña y dejar pruebas de la pelea. La policía tiene que comprobar que se reunieron y se pelearon a muerte. Y en medio de esa furia intervenimos nosotros, sin dejar ninguna huella. Nadie nos verá, excepto el hombre al que matemos.

Sally alzó los ojos al techo y su voz adquirió un tono casi especulativo.

– Sí, se odian y desconfían uno del otro. Hay una historia de violencia entre ambos, asuntos pendientes… Tendría más sentido que el hijo matara al padre en un arrebato de ira.

– Es cierto -asintió Scott-. Un sentido de la justicia propio de las tragedias griegas. Pero hace años que no se hablan. ¿Cómo los…?