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– No cierres los ojos -dijo Catherine.

– Probaré otra vez.

Ashley abrió el tambor y dejó caer los casquillos al suelo de agujas de pino. Lentamente sacó otra media docena de balas y las cargó en el arma.

– Sólo voy a usar este trasto una vez.

– Ya -dijo Catherine-. Y sólo si tienes que hacerlo.

– Eso es -dijo Ashley mientras se volvía y apuntaba de nuevo al tronco-. Sólo si tengo que hacerlo.

– Si no tienes más remedio.

– Si no tengo más remedio.

Ambas tenían mucho que decir al respecto, pero no querían pronunciar las palabras en voz alta, ni siquiera en el silencioso anonimato del bosque.

Scott recorrió lentamente el sendero de grava y tierra que conducía a la casa de O'Co

– Por aquí. No se preocupe por el desorden. No esperaba visitas -masculló O'Co

La puerta de aluminio daba a una cocina pequeña. «Desordenada» era una descripción adecuada. Cajas de pizza, bandejas de precocinados, latas de cerveza y una botella de Joh

– Pasemos a la sala. Podremos sentarnos, señor… vale, señor como se llame. ¿Cómo debo llamarlo?

– Smith -dijo Scott-. Y si tiene problemas para pronunciarlo, Jones valdrá también.

O'Co

– Vale, señor Smith-Jones. Ahora que le he invitado a entrar, ¿por qué no se sienta aquí mismo donde pueda echarle un ojo y se explica rapidito y bien, para que mi bate se quede tranquilo? Y más vale que llegue pronto a la parte en que gano dinero. ¿Quiere una cerveza?

Scott entró en la sala. Había un sofá pelado, un sillón reclinable con una nevera roja y blanca al lado que servía como mesa, frente a un televisor. Había periódicos y revistas pornográficas por el suelo, junto con propaganda de supermercados y catálogos de tiendas de caza. En una pared había una cabeza de ciervo disecada que miraba con sus ojos de cristal. Una camiseta colgaba de una de sus astas. Scott trató de imaginarse el lugar cuando O'Co

Scott se sentó en una silla que crujió y amenazó con ceder y se volvió hacia O'Co

– He estado haciendo preguntas porque su hijo tiene algo que pertenece a mi jefe. Y le gustaría recuperarlo.

– ¿Es usted un maldito picapleitos?

Scott se encogió de hombros.

O'Co

– ¿Quién puede ser ese jefe suyo? -preguntó.

Scott negó con la cabeza.

– Los nombres son irrelevantes.

– Vale, señor Smith. Dígame entonces con qué se gana la vida.

Scott sonrió, una sonrisa tan maligna como fue capaz de mostrar.

– Mi jefe gana mucho dinero y es generoso.

– ¿Legal o ilegalmente?

– No creo que deba responder a esa pregunta, señor O'Co

O'Co

– Así que le gustaría hablar con mi hijo descarriado, ¿eh? ¿No lo puede encontrar en la ciudad?

– No. Parece que ha desaparecido.

– Y viene a fisgonear por aquí…

– Es mi trabajo.

– A mi hijo no le gusta esto…

Scott alzó la mano, interrumpiéndolo.

– Vayamos al grano -dijo, cortante-. ¿Puede ayudarnos a encontrar a su hijo?

– ¿Cuánto?

– ¿Cuánto puede ayudar?

– No estoy seguro. No hablamos mucho él y yo.

– ¿Cuándo lo vio por última vez?

– Hará un par de años. No nos llevamos demasiado bien.

– ¿Y en vacaciones?

O'Co

– Ya le digo que no nos llevamos demasiado bien. ¿Qué ha cogido?

Scott sonrió.

– Una vez más, señor O'Co

– No soy estúpido. ¿Cuánto de incómoda?

– Bastante.

– ¿En qué se ha metido? ¿La clase de problemas que te buscan una paliza? ¿O la clase que te mata?

Scott tomó aliento, preguntándose hasta dónde seguir con la patraña.

– Digamos que aún puede reparar el daño que ha causado. Pero eso requerirá cooperación. Es un asunto delicado, señor O'Co

– Drogas, ¿eh? ¿Le ha robado drogas a alguien? ¿O se trata de dinero?

Scott sonrió.

– Señor O'Co

– ¿Cuánto de jugosa?

– Eso ya lo ha preguntado -repuso Scott y se levantó de la silla; había un estrecho pasillo que conducía a los dormitorios. Era un lugar estrecho, pensó, que no permitiría muchas maniobras-. Digamos que sería un bonito regalo de cumpleaños.

– Entonces, si puedo encontrar al chico, ¿cómo lo localizo a usted? ¿Tiene un teléfono?

Scott adoptó la voz más pomposa que fue capaz.

– Señor O'Co

– ¿Quién no? -repuso O'Co

– De acuerdo -asintió Scott-. Cuando tenga noticias de su hijo, envíe un e-mail a esta dirección…

En la mesa había una factura de teléfonos y un trozo de lápiz. Inventó una dirección falsa y la anotó. Le tendió el papel a O'Co

– No lo pierda -le dijo-. Déme su número de teléfono.

El padre recitó de carrerilla el número mientras leía la dirección.

– Muy bien -asintió-. ¿Algo más?

Scott sonrió.

– No volveremos a vernos -dijo-. Y si alguien le pregunta, esta pequeña reunión nunca tuvo lugar. Y si ese alguien es su hijo, bueno, entonces nunca tuvo lugar por partida doble. ¿Nos entendemos?

O'Co

– Por mí, vale -respondió.

– Bien. No se levante. Puedo encontrar la salida.

El corazón se le disparó mientras se dirigía hacia la puerta. Sabía que en algún lugar tras él estaba no sólo aquel bate, sino el arma que le habían mencionado los vecinos, y probablemente un rifle también: el ciervo de ojos de cristal de la pared así lo atestiguaba. Confiaba en que el padre de O'Co