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– ¿Acabaron mal?
– Sí. No me daba buena espina. Algún día iba a meterse en un lío gordo. Ya sabe eso de que el fin justifica los medios… Así era O'Co
– Pero usted sabe si…
– No sé nada. Pero lo que vi me bastó para asustarme.
Miré al mecánico. Estar asustado no parecía tener cabida en su carácter.
– No lo entiendo -dije-. ¿Él lo asustaba?
Dio una larga calada al cigarrillo y dejó que el humo se elevara alrededor de su cabeza.
– ¿Ha conocido alguna vez a alguien que esté haciendo siempre algo diferente de lo que aparenta estar haciendo? No sé, tal vez suena absurdo, pero así era O'Co
– ¿Contra usted?
– Sí. Es preferible no cruzarse en el camino de esa clase de hombres, ya me entiende.
– ¿Era violento?
– Era lo que hiciera falta. Tal vez eso era lo que daba más miedo. -Dio otra larga calada y luego añadió-: Mire, señor escritor, voy a contarle una historia. Hace unos diez años, yo estaba trabajando a altas horas, las dos o las tres de la madrugada, y entran dos chicos y cuando me doy cuenta tengo una pistola de nueve milímetros delante de la cara. Y uno de ellos no para de gritarme «cabrón» e «hijoputa» y «voy a pegarte un tiro en la cara, viejo», ese tipo de cosas. Pensé que me había llegado la hora mientras veía cómo el otro limpiaba la caja. No soy demasiado religioso, pero me puse a murmurar padrenuestros y avemarías, ya sabe, porque era el fin. Pero, mire usted, los dos chicos se largaron sin decir ni una palabra más. Me dejaron tirado en el suelo detrás del mostrador y necesitado de una muda de calzoncillos. ¿Ve la situación?
Asentí.
– Nada agradable.
– No, señor, nada agradable. -Sonrió y sacudió la cabeza.
– ¿Pero qué relación tiene O'Co
El hombre meneó lentamente la cabeza y resopló.
– Nada -dijo-. Absolutamente nada. Excepto esto: cada vez que le hablaba a O'Co
8 Un principio de pánico
Ashley se inclinó hacia la pantalla del ordenador, estudiando cada palabra que parpadeaba ante ella. Llevaba en esa postura más de una hora y la espalda empezaba a dolerle. Los músculos de las pantorrillas le temblaban un poco, como si hubiera corrido más de lo habitual un día de ejercicio.
Los mensajes eran un batiburrillo de notas de amor, corazones y globos generados electrónicamente, poemas malos escritos por O'Co
Ella iba anotando diferentes combinaciones de palabras y frases extraídas de los distintos e-mails para deducir cuál era el misterioso mensaje. No había nada en cursiva o negrita que le facilitara la tarea. Después de casi dos horas de concentración, finalmente arrojó el bolígrafo, frustrada. Se sentía estúpida, como si le pasara por alto algo que hubiera resultado obvio para cualquier aficionado a los acrósticos y crucigramas. Odiaba los juegos.
– ¿Qué es, cabrón? -le espetó a la pantalla-. ¿Qué intentas decirme? ¡Maldito loco!
Volvió atrás y empezó por el principio, pasando rápidamente todos los mensajes.
– ¿Qué? ¿Qué? -gritaba mientras desfilaban ante sus ojos.
Y de pronto lo comprendió.
El mensaje de Michael O'Co
Cada uno de ellos procedía de un nombre incluido en su lista de direcciones. Todos eran suyos. El hecho de que contuviesen poemas almibarados e infantiles declaraciones de amor eterno era irrelevante. Lo único importante era que aquel chalado hubiese podido introducirse en su ordenador. Y luego, gracias a un astuto texto inicial, había conseguido que ella leyera todos los mensajes. Además, era probable que al abrirlos hubiera dado entrada también a Michael O'Co
Con un pequeño gemido, Ashley se reclinó en la silla con brusquedad y casi perdió el equilibrio. Sintió una especie de mareo, como si la habitación girara a su alrededor. Se agarró a los brazos de la silla con firmeza e inspiró hondo varias veces para sosegarse.
Se dio la vuelta despacio y contempló el pequeño mundo de su apartamento. Michael O'Co
Sacudió la cabeza.
Los dos se derrumbaron en el colchón al terminar. Ella agarró una almohada y, con la habitación dándole vueltas y un sabor amargo en la boca, se quedó dormida al momento. «¿Qué hizo él? -se preguntó ahora-. Encendió un cigarrillo.» Por la mañana, ella se levantó, sin propiciar un segundo revolcón, y lo despertó aduciendo que tenía una entrevista importante. No lo invitó a desayunar ni lo besó, tan sólo se metió en la ducha y se frotó con frenesí bajo el agua caliente, restregando cada centímetro de piel como si estuviera cubierta de un olor asqueroso. Quería que aquel tipo se marchara de inmediato, pero él no lo hizo.
El rato que se quedó estuvo lleno de falsedades, mientras ella se distanciaba y se mostraba fría y evasiva, hasta que por fin él la miró durante un silencio incómodamente largo, sonrió asintiendo y se marchó sin más.
«Y ahora no para de hablar de amor -pensó Ashley-. ¿De dónde ha salido un bicho así?»
Lo recordó marchándose con una expresión de frialdad. Eso la hizo agitarse incómoda.
Los demás hombres con los que había intimado, aunque fuera brevemente, se habrían marchado enfadados, esperanzados o sólo con arrogancia por haber conseguido echar un polvo. Pero O'Co
Entonces reparó en que ella se había dormido, y luego había estado un rato bajo la ducha. ¿Había dejado el ordenador encendido? ¿Qué cosas había esparcidas en su mesa? ¿Sus recibos bancarios? ¿Qué números? ¿Qué claves? ¿Qué había tenido él tiempo de robar?