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– Que lo que Sally predijo se cumplió. Bueno, no llegó a decirlo: es lo que yo interpreté. Cuando los detectives fueron al apartamento de Michael O'Co
– Sí. Es lo que supuse que te diría. Pero ¿no te contó nada más?
– O'Co
– Una conspiración que requeriría reunir pruebas imposibles, ¿verdad? Una, robar el arma del crimen, dársela a otra persona, pasar por tres manos antes de devolverla al apartamento de O'Co
– Así es. Sobre todo cuando se une al suicidio de Hope y la nota que dejó. El detective me dijo que para creer a O'Co
Mientras yo hablaba, vi lágrimas en sus ojos. Pareció erguirse en su silla, como si mis palabras tensaran el nudo y sacaran algún recuerdo nuevo de su interior.
– ¿Y entonces? -preguntó con un hilo de voz.
– Y entonces, el plan trazado por Sally se cumplió. Michael O'Co
– Sí, sí -dijo ella-. Eso lo sabemos.
– Así que ellos consiguieron lo que querían.
– ¿Eso crees?
– Se salieron con la suya…
– ¿De veras?
– Bueno, si he de creer lo que me has contado, pues sí.
Se levantó, se dirigió al mueble bar y se sirvió una copa.
– Supongo que ya es tarde -dijo. Había lágrimas formándose en las comisuras de sus ojos.
Permanecí callado, observándola.
– ¿Salirse con la suya has dicho? ¿Crees de verdad que ocurrió así?
– No van a ser acusados en ningún tribunal.
– Pero ¿no crees que hay otros tribunales dentro de nosotros, donde la culpabilidad y la inocencia están siempre en equilibrio? ¿Se sale alguna vez con la suya gente como Scott y Sally?
No respondí. Supuse que ella tenía razón.
– ¿Crees que Sally no pasa las noches llorando mientras pasan las horas, sintiendo el vacío en el lado de la cama que ocupaba Hope? ¿Qué ha ganado? Y el peso que Scott carga ahora… los acontecimientos de esos días seguramente lo despiertan cada poco. ¿Nota aquel olor a carne quemada y muerte con cada ráfaga de brisa? ¿Puede enfrentarse a todos sus jóvenes estudiantes sabiendo la mentira que oculta en su interior?
Hizo una pausa.
– ¿Quieres que continúe?
Negué con la cabeza.
– Piénsalo -añadió-. Ellos seguirán pagando un precio por lo que hicieron el resto de su vida.
– Debería hablar con ellos -insistí.
Ella suspiró.
– Lo digo en serio -me obstiné-. Debería entrevistar a Sally y a Scott. Aunque ellos no quieran hablar conmigo, debería intentarlo.
– ¿No crees que deberían quedarse a solas con sus pesadillas?
– Deberían ser libres.
– Libres de una duda. Pero ¿lo son de verdad?
No supe qué decir.
Ella dio un largo sorbo a su bebida.
– Bien, nos acercamos al final, ¿no? Te he contado una historia. ¿Qué dije al comienzo de todo esto? ¿La historia de un asesinato? ¿La historia de una muerte?
– Sí, eso me dijiste.
Sonrió tras las lágrimas.
– Pero me equivocaba. O, para ser más precisos, no te dije la verdad. No, en absoluto. Es una historia de amor.
Debí de parecer sorprendido, pero ella lo ignoró y se acercó a un mueble. Abrió un cajón.
– Eso es lo que fue. Una historia de amor. Siempre ha sido una historia de amor. ¿Habría sucedido todo eso si alguien hubiera amado de verdad a Michael O'Co
Permanecí en silencio.
Mientras ella hablaba, sacó un papel de un cajón y escribió algo.
– Tienes que hacer un par de cosas más para comprender realmente todo esto -dijo-. Hay una entrevista importante que debes realizar. Una información crucial que necesitas adquirir y, bueno, transmitir. Cuento contigo.
– ¿Qué es esto? -pregunté mientras me entregaba el papel.
– Después de que hayas hecho lo necesario, ve a este sitio a esta hora y lo comprenderás.
Cogí el papel, lo miré y me lo guardé en el bolsillo.
– Tengo unas fotografías -dijo-. Ahora las guardo en los cajones. Cuando las saco, lloro con desconsuelo, y eso no es bueno, ¿verdad? Pero deberías ver un par de ellas…
Se volvió hacia el mueble, abrió un cajón, rebuscó y finalmente sacó una foto. La miró con ternura.
– Toma -dijo, con la voz algo quebrada-. Ésta es tan buena como cualquier otra. La hicieron después del campeonato estatal, poco antes de que ella cumpliera dieciocho años.
Había dos personas en la foto. Una adolescente sonriente y perdida de barro, alzando un trofeo dorado por encima de la cabeza, mientras un hombretón calvo, claramente su padre, la cogía en brazos. Sus rostros brillaban con esa inconfundible alegría de la victoria tras el sacrificio. La foto parecía estar viva, y durante un instante casi pude imaginar los vítores y las voces entusiastas y las lágrimas de felicidad que debieron de acompañar ese momento.
– Yo hice esa foto -dijo ella-. Y la verdad es que me gustaría salir también. -De nuevo inspiró profundamente-. Nunca recuperaron su cuerpo, ¿sabes? Pasaron varios días antes de que alguien encontrara su coche y hallara la nota en el salpicadero. Y hubo una gran tormenta al día siguiente, una de esas tormentas propias de finales de otoño, lo que impidió su búsqueda con equipos de buceo. Las olas fueron muy fuertes por toda la costa aquel noviembre, y debieron de arrastrarla kilómetros mar adentro. Al principio casi no pude soportarlo, pero a medida que pasó el tiempo comprendí que quizá fue lo mejor. Eso me permitió recordarla en momentos mejores. Me preguntaste por qué te he contado esta historia, ¿verdad?