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5. CORTINAS DE COLOR NARANJA
El domingo a las seis de la mañana, cuatro horas y media antes de que su hija Nadine hiciera la Primera Comunión, Jimmy Marcus recibió una llamada de Pete Gilibiowski desde la tienda, diciéndole que ya estaba a punto.
– ¿A punto? -Jimmy se sentó en la cama y miró el reloj-. ¡Pete, joder, son las seis de la mañana! Si Katie y tú ya estáis nerviosos a las seis, ¿cómo vais a estar a las ocho cuando la gente empiece a entrar en la iglesia?
– Ése es el problema, Jim. Katie no está aquí.
– ¿Cómo dices? -Jimmy apartó el edredón y salió de la cama.
– Que Katie no está. En teoría, tenía que venir a las cinco y media, ¿no es así? Le he dicho al repartidor de donuts que se esperara ahí afuera y todavía no he preparado el café porque…
– ¡Aja! -exclamó Jimmy, y fue pasillo abajo en dirección al dormitorio de Katie, sintiendo las corrientes de aire frío de la casa en los pies, ya que las mañanas de mayo aún tenían la frialdad propia de las tardes de marzo.
– … un grupo de obreros de la construcción, de esos que van de bar en bar, que beben en los parques y que se llenan el cuerpo de anfetaminas, se han presentado a las seis menos veinte y se han acabado el torrefacto colombiano y el francés, y los pasteles tienen una pinta horrible. ¿Cuanto les pagas a esos chicos para que trabajen el sábado por la noche, Jim?
– ¡Aja!-repitió Jim, y después de llamar brevemente a la puerta del dormitorio de Katie, la abrió de par en par.
La cama estaba vacía, mucho peor, estaba hecha, lo que indicaba que no había dormido allí la noche anterior.
– … porque o les aumentas el sueldo o les das una patada en el culo -añadió Pete-. Tardaré más de una hora en hacer los preparativos antes de que pueda… ¿Cómo está, señora Carmody? El café ya está en el fuego, querida. Estará listo enseguida.
– Voy hacia allí -declaró Jimmy.
– Además, los periódicos del domingo aún están amontonados, con las circulares encima, hechos una porquería y…
– Te acabo de decir que voy para allá.
– ¿De verdad, Jim? Gracias.
– ¿Pete? Llama a Sal y pregúntale si puede ir a las ocho y media en vez de a las diez.
– ¿Cómo?
AI otro lado de la línea, Jimmy oyó el sonido ininterrumpido de una bocina, y exclamó:
¡Pete, por el amor de Dios, haz el favor de abrirle la puerta! ¿Qué quieres, que se pase todo el día ahí con los donuts?
Jimmy colgó y se dirigió de nuevo hacia el dormitorio, A
– ¿Llamaban de la tienda? -preguntó, aunque las palabras se le entremezclaron con un largo bostezo.
Asintió con la cabeza y añadió:
– Katie no ha aparecido por allí.
– Precisamente hoy -dijo A
– Estoy seguro de que irá.
– No sé, Jimmy. Si ayer por la noche se emborrachó tanto que no ha ido ni a la tienda, nunca se sabe…
Jimmy se encogió de hombros. Era inútil hablar con A
– ¡Por el amor de Dios, Jimmy! -exclamó A
– Sólo una hora -Jimmy encontró sus pantalones enrollados alrededor de la pata de la cama-. Dos, como máximo. De todos modos, Sal tenía que sustituir a Katie a las diez. Pete ya le está llamando para ver si puede ir antes.
– Sal tiene más de setenta años.
– Por eso mismo. ¿Te crees que va a estar durmiendo? Estoy convencido de que la vejiga lo despertó a las cuatro de la madrugada y que ha estado viendo Clásicos del Cine desde entonces.
– ¡Mierda! -A
Jimmy notó que el cuello se le tensaba, y le preguntó:
– ¿Cuándo fue la última vez que Katie nos fastidió un día? A
– ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar?
– En casa de Diane o de Eve -respondió Jimmy, pensando todavía en el gesto despectivo que le había hecho al pasar la mano por encima del hombro. A
– ¿Tú crees? ¿Con quien sale últimamente?
A
– Me imaginaba que tú lo sabrías mejor que yo.
A
– Dejó de salir con el Pequeño César en noviembre. Eso ya me provocó suficiente satisfacción.
Jimmy, que se estaba poniendo los zapatos, sonrió. A
Sin embargo, Katie fue la que decidió poner fin a la relación, y aparte de de un montón de llamadas a las tres de la madrugada y de una escena un poco violenta en Navidades, cuando Bobby y Roman Fallow se presentaron en el porche delantero, las secuelas de la ruptura no habían sido demasiado dolorosas.
El odio que A
Marita había muerto catorce años atrás, mientras Jimmy cumplía una sentencia de dos años en el Correccional Deer Island de Winthrop. Un sábado de visita, mientras una Katie de cinco años se movía sin parar en su regazo, Marita contó a Jimmy que un lunar que tenía en el brazo se le había oscurecido últimamente y que tenía intención de ir a ver a un médico de la clínica comunitaria. «Sólo para asegurarme de que todo va bien», le había dicho. Cuatro sábados más tarde, ya había empezado el tratamiento de quimioterapia. Seis meses después de haberle contado lo del lunar, ya estaba muerta..Jimmy se había visto obligado a contemplar la destrucción del cuerpo de su mujer sábado tras sábado desde el otro lado de una mesa de madera oscura, cubierta de quemaduras de cigarrillos, sudor, manchas de semen, y de los lamentos y de toda la mierda de los convictos durante más de un siglo. Durante el último mes de su vida, Marita estaba demasiado enferma para ir a verle, demasiado débil para escribirle, y Jimmy tuvo que conformarse con llamadas telefónicas durante las que Marita estaba agotada, drogada o ambas cosas. Normalmente, ambas.