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– ¿No deberíamos ante todo hacer imprimir el Diario, de manera que su difusión parezca inminente?
– Sí, pero la llave de todo está en el prefacio. – ¿Cómo?
– Lo que nos hace falta es que Walter lea el Diario impreso y que llegue a la conclusión de que dictar la orden de extradición sería una cosa malditamente cruel para Hubert…, lo cual, desde luego, es cierto. En otras palabras, nosotros debemos satisfacer a su conciencia intima. Después de todo esto, lo que yo imagino que Walter se dirá a sí mismo es lo siguiente: «Sí, dura suerte para el joven Cherrell, dura suerte. Pero el magistrado le ha enviado a la cárcel, y los bolivianos están haciendo presión. Por otra parte, él pertenece a la clase superior, y uno debe tener cuidado de no dar la sensación de que se favorece a los privilegiados…»
– Me parece qué eso es demasiado injusto – le interrumpió Di
– ¡Ah, Di
– Pero, ¿por qué? -empezó de nuevo Di
Michael levantó una mano.
– Ya lo sé, Di
– Pero, ¿juzgará Bobbie que la cosa tiene la suficiente importancia como para hacer todo eso?
– Sí -contestó Michael -. Estoy seguro. Una vez mi padre le hizo un gran favor, y, además, -el viejo Shropshire es su tío.
– ¿Y quién podría redactar el prefacio?
– Creo que podré hacérselo redactar al viejo Blythe. En nuestro partido aún le temen, y cuando quiere hace temblar los corazones.
Di
– ¿Crees que le gustará hacerlo? – Eso dependerá del Diario.
– En tal caso, creo que sí.
– ¿Puedo leerlo antes de que vaya a la imprenta?
– ¡Desde luego! El único inconveniente estriba en que Hubert no quiere que el Diario sea publicado.
– Está bien. Si produce el efecto deseado sobre Walter, y éste no extiende la orden, no será necesario publicarlo y, en caso contrario, tampoco será necesario hacerlo, porque sería «echar aceite sobre el fuego», como solía decir el viejo Forsyte.
– ¿Costará mucho la imprenta?
– No lo creo. Serán unas veinte libras, más o menos.
– Podré encontrarlas – dijo Di
– ¡Oh, no te preocupes!
– La idea ha sido mía, Michael, y yo quisiera pagar lo que cueste. No tienes noción de lo horrible que es permanecer sentada sin hacer nada, mientras Hubert se halla en este trance. Tengo la sensación de que, una vez lo haya entregado, se habrá perdido toda esperanza.
– Es inútil profetizar cuando se trata de hombres políticos – repuso Michael -. La gente los aprecia poco. Son mucho más complicados de cuanto todos se figuran y a lo mejor resulta que tienen unos principios mejores. Desde luego, son mucho más astutos de lo que se cree. No obstante, creo que esto dará resultado, si podernos convencer a Blythe y a Bobbie Ferrar. Voy a buscar a Blythe y enviaré a Bart a ver a Bobbie. Entre i tanto, el manuscrito será impreso – y cogió el Diario Adiós, querida Di
– Ya lo he leído, Di
– ¡Que Dios te bendiga! -dijo Di
CAPÍTULO XXXV
Durante los días que siguieron, largos e interminablemente lentos, Di
– Pour une gaillarde, c'est une gaillarde! – y, encontrando la límpida mirada de Di
Di
– ¿Le gustan las setas, señorita Cherrell? – Las francesas, no.
– ¿No?
– Bobbie – dijo sir Lawrence, mirando alternativamente a los dos -, nadie le tomaría a usted por uno de los hombres más astutos de Europa. ¿Va usted a decimos que no llamará a Walter «hombre fuerte» cuando le hable del prefacio?
Bobbie dejó ver un discreto número de sus dientes uniformes.
– Yo no tengo influencia sobre Walter. – ¿Quién la tiene, pues?
– Nadie. Salvo…
– ¿Quién? – Walter. Antes de poderse dominar, Di
– Señor Ferrar, supongo que usted se da cuenta de lo que esto significa. Para mi hermano representa la muerte y para todos nosotros un dolor atroz.
Bobbie Ferrar miró en silencio su rostro sonrosado. En realidad, parecía que, durante la comida, no quisiese admitir ni prometer nada; pero cuando se levantaron de la mesa, mientras sir Lawrence pagaba la nota, le dijo
Señorita Cherrell, ¿le gustaría a usted acompañarme cuando vaya a hablar del asunto a Walter?
– Me gustaría muchísimo.
– En tal caso, que esto quede entre nosotros. Le haré saber el día y la hora.