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¡Cuán poca atención habría prestado a esta noticia si no le concerniera! Lo que para ella y para los suyos era una tortura, para el público no pasaba de ser un hecho interesante y agradable. Las desgracias ajenas eran una distracción; los diarios sacaban de ello su sustento. El hombre que le vendió el diario tenía un rostro demacrado y era cojo. Como para sacar una gota del líquido de su amargo cáliz, le devolvió el periódico y le regaló un chelín. Los ojos del hombre se desorbitaron, estupefactos. ¿Había apostado sobre el vencedor?

Di

Jean abrió la puerta. Evidentemente estaba preparando maletas, puesto que llevaba una combinación colgada del brazo. Di

Jean dejó la combinación sobre la cama.

– ¿Quieres una taza de café, Di

– ¿Te han dado mi recado? Me alegro de que hayas venido. Eso me evita tener que preparar un paquete. Detesto hacer paquetes, ¿y tú?

Su calma y el aspecto de no tener preocupación alguna se le antojaron a Di

– ¿Has visto a Hubert?

– Sí. Está bastante confortablemente. Dice que la celda no es mala y que le han dado libros y papel para escribir… También puede hacerse llevar comida, pero no le permiten fumar. Alguien tendría que protestar contra esta disposición. Según la Ley inglesa, Hubert todavía es tan inocente como el mismísimo secretario de Estado y no creo que haya ninguna ley que prohíba fumar al secretario de Estado, ¿verdad? Yo no volveré a verle, pero tú, Di

Di

– Pero, ¿qué es lo que vas a hacer?

– Bien, precisamente por eso quería verte. Se trata de un secreto. Prométeme que no se lo revelarás a nadie, o no te diré nada.

Di

– ¡Palabra de honor! Continúa.

– Mañana marcharé a Bruselas. Alan se ha ido hoy. Le han prorrogado el permiso por urgentes asuntos de familia. Nos estamos preparando para lo peor, eso es todo. He de aprender a volar en un plazo brevísimo. Si hago tres pruebas diarias, tres semanas bastarán. Nuestro abogado nos ha garantizado por lo menos tres semanas. Naturalmente, no sabe nada. Nadie ha de saber nada, salvo tú. Te necesita. – Se inclinó hacia adelante y sacó de su monedero un pequeño paquete envuelto en papel de seda -. Me hacen falta quinientas libras. Dicen que allí podremos comprar por poco dinero un buen aparato de segunda mano, pero luego necesitaremos todo lo que sobre. Ahora, fíjate bien, Di

Deshizo el paquete y descubrió un broche de esmeraldas, anticuado, pero magnífico.

– ¡Oh!

– Sí, es realmente bueno. Puedes pedir un precio muy alto. Estoy segura de que alguien te dará quinientas libras. Las esmeraldas se cotizan mucho.

– Pero, ¿por qué no la empeñas tú misma antes de marcharte?

Jean movió la cabeza

– No quiero hacer nada que pueda despertar sospechas.

En cambio, no importa lo que tú puedas hacer, Di

– Creo – dijo Di

Di

– Prométeme que no haréis nada hasta que todo lo demás haya fallado.

Jean asintió

– Nada hasta el último instante. Resultaría desventajoso. Di

– No hubiera debido permitir que te hallaras en estas circunstancias, Jean. Yo fui quien te hizo encontrar con Hubert, ¿ sabes?

– Querida, jamás te perdonaría si no lo hubieras hecho. Estoy enamorada.

– ¡Pero es una cosa tan horrible para ti!

Jean miró a la lejanía y Di

– ¡No! Me agrada pensar que soy yo quien tiene que sacarle de este berenjenal. Jamás me he sentido tan llena de vida como ahora.

– ¿Hay mucho riesgo para Alan?

– No, si hacemos las cosas con cabeza. Tenemos varios proyectos, según marchen las cosas.

Di

– Espero de todo corazón que ninguno de ellos sea necesario.

– También lo espero yo; pero es imposible dejar las cosas a la casualidad, tratándose de un «animal justo» como Walter. – Bien. Adiós, Jean, y buena suerte.

Se besaron, y Di

Su padre le dio un beso y, lleno de pesar, fue a acostarse. Di

– Nada de burbujas y de efervescencia entre nosotros – dijo -. Algunas veces pienso que supervalorizamos la Ley. En realidad, es un sistema que procede con ruda prontitud, con tanta exactitud en ajustar la condena al delito como la que puede haber en el diagnóstico de un médico que ve al paciente por vez primera. No obstante, por alguna misteriosa razón, nosotros le atribuimos las virtudes del Cáliz Sagrado y tratamos a sus mandamientos como si fueran transmitidos por Dios. Si alguna vez ha habido un caso en el cual un secretario de Estado deba dejarse conmover por un sentido de humanidad, es precisamente éste. Sin embargo, no creo que lo haga, Di