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Di

– No se debe llegar a esos extremos. Además, ¿cómo podrías llevarte a Hubert? Le meterían en la cárcel.

– No lo sé, pero lo sabré perfectamente cuando llegue el momento. De lo que sí estoy seguro es de que si los bolivianos logran echarle el guante, pocas probabilidades tendrá de salvarse.

– ¿Has hablado con Hubert?

– No. De momento es un proyecto muy vago. – Estoy convencida de que no lo consentiría. – Jean se encargará de ello.

Di

– Vosotros no conocéis a Hubert. Jamás lo permitiría. Alan sonrió y Di

– ¿Lo sabe el profesor Hallorsen?

– No, y no lo sabrá, a menos que no sea absolutamente indispensable. Pero he de admitir que es un pedazo de pan. Ella sonrió débilmente

– Sí, es un pedazo de pan, pero tiene un tamaño fuera de lo ordinario.

– Di

– ¡Bueno, debo dar gracias a Dios porque no sea así ¡¿Comprendes? -continuó-, no es posible que traten a Hubert como a un criminal cualquiera, y eso facilitaría las cosas.

Di

– Comienzo a comprender. Pero…

– Nada de peros, y ¡ánimo! El barco llegará pasado mañana y entonces se reanudará la vista. Te veré en el Tribunal, Di

Le besó la mano y salió del vestíbulo antes de que ella pudiese decir palabra.

Di

CAPÍTULO XXXII

Ante cualquier conclusión inminente, sea ésta de un partido decisivo, o un ultimátum, o la carrera de caballos de Cambridge, o el ahorcamiento de un hombre, la agitación general alcanza su diapasón en las últimas horas. En la familia Cherrell, la incertidumbre volvióse penosa cuando llegó el día de la vista de la causa Hubert. En los tiempos antiguos, un clan de los Highlands se reunía cuando uno de sus miembros veíase amenazado por un peligro; de modo que todos los parientes do Hubert se reunieron en el Tribunal. Salvo Lionel, que tenía una sesión, y los hijos de Hilary, que estaban en el colegio, todos se hallaban presentes. Hubiera podido parecer una boda o un funeral, a no ser por la expresión sombría de sus rostros y por el sentido de inmerecida persecución que se ocultaba en el fondo de la mente de cada uno. Di

Al entrar con su abogado, Hubert les dirigió una sonrisa de camarada.

Ahora que realmente estaba ante el Tribunal, Di

Habiéndose leído las declaraciones de las primeras audiencias, el abogado de Hubert exhibió la declaración jurada de Manuel. Entonces la apatía de Di

Sobrevino un momento de verdadero horror. ¡Cuatro mestizos contra uno!

Di

– ¿Quién ha proporcionado esta segunda indagatoria, señor Buttall?

– El abogado de La Paz, encargado de este asunto, Honorable. Se enteró de que ése Manuel sería llamado a declarar. – Entiendo. ¿Qué dice usted ahora a propósito de la herida exhibida por el acusado?

– Aparte de la afirmación del acusado, no existe otro testigo que demuestre cuándo y dónde fue producida esa herida. – Es cierto. No estará usted sugiriendo que la herida fue producida por Castro después de que el disparo le había matado, ¿verdad?

– Si Castro, después de haber levantado una navaja, hubiese caído hacia delante cuando se hizo el disparo, yo creo que el hecho no tendría nada de inconcebible.

– Pero no de verosímil, señor Buttall.

– No. Pero las declaraciones que he presentado dicen que se disparó deliberadamente, a sangre fría y a una distancia de varios metros. Nada dicen de la navaja sacada por Castro.

– En tal caso, llegamos a lo siguiente: o sus cuatro testigos mienten, o bien mienten el acusado y el «boy» Manuel. – La situación, Honorable, parece ser ésta. Usted mismo ha de juzgar si es más aceptable la declaración jurada de cuatro ciudadanos o bien sólo la de dos.

El magistrado se removió en su silla.

Estoy perfectamente informado de la situación, señor Buttall. ¿Qué dice usted, capitán Cherell, de la atestiguación según la cual el aboya Manuel estaba ausente?

Los ojos de Di

– Nada, sir. No sé dónde se hallaba Manuel. Estaba demasiado ocupado en salvar mi vida. Sólo sé que se me acercó casi en seguida.

– ¿Casi? ¿Cuánto tiempo después?

– En realidad lo ignoro, sir. Tal vez tardó un minuto. Yo intentaba detener la sangre y me desmayé en el instante en que llegó.

Durante los siguientes discursos de los dos abogados, la apatía de Di