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– ¿Dijo algo? – No.

– ¿Qué aspecto tenía?

– Su aspecto me pareció espantoso, como si estuviera poseído por algún horrible pensamiento.

– ¿Sí?

– La señora Ferse le preguntó si había cenado, si quería irse a acostar y si no deseaba que llamase al médico, pero él no contestó. Estaba sentado con los ojos cerrados, como si se hubiera dormido, hasta que finalmente yo murmuré: «¿Está realmente dormido?» Entonces él se enderezó de golpe, gritando: ¡Dormir! ¡Ya vuelve otra vez! ¡Y no quiero soportarlo! ¡Por Dios! ¡No quiero soportarlo!».

Cuando hubo repetido las palabras de Ferse, Di

- ¿Y luego, señorita Cherrell?

– La señora Ferse intentó acercársele, pero él gritó «¡Dejadme! ¡ Marchaos!» Me parece que ella dijo: «Ronald, ¿no quieres ver a alguien, sólo para que te haga dormir?». Pero él dió un brinco, y gritó: «¡No quiero ver a nadie, a nadie!».

– Sí, señorita Cherrell. ¿Y qué más?

– Estábamos aterrorizadas. Subimos a mi dormitorio y nos consultamos. Yo dije que era necesario telefonear.

– ¿A quién?

– Al médico de la señora Ferse. Quería ir ella, pero yo se lo impedí y corrí abajo. El teléfono se hallaba en el pequeño despacho de la planta baja. Estaba buscando el número en el listín, cuando de pronto sentí que alguien me agarraba la mano. El capitán Ferse estaba detrás de mí y cortó el hilo telefónico con un cortaplumas. Luego continuó agarrándome el brazo, y yo le dije: «Capitán Ferse, eso es tonto. Usted sabe que ni Diana ni yo le haremos ningún daño». Él me soltó, se metió el cortaplumas en un bolsillo y me dijo que me pusiera los zapatos que yo llevaba en la otra mano.

– ¿Quiere usted decir que se los había quitado?

– Sí, para no hacer ruido al bajar. Me los puse. -Luego él dijo: «No quiero que nadie se entrometa en mis asuntos. Haré de mí mismo lo que me venga en gana.» «Usted sabe que sólo queremos su bien», dije yo, y él me contestó: «Sé perfectamente de qué bien se trata. Ya tengo bastante». Se acercó a la ventana y miró afuera. «Llueve a cántaros – dijo, y volviéndose repentinamente hacia mí, gritó -: ¡Salga de aquí! ¡De prisa! ¡Fuera, fuera ¡», y yo volé escaleras arriba.

Di

– Sí, señorita Cherrell. ¿Y qué pasó luego?

Abrió los ojos. El médico forense todavía estaba sentado en su sitio, así como los jurados, los cuales le pareció teñían la boca ligeramente abierta.

– Se lo conté todo a la señora Ferse. No sabíamos qué decidir ni lo que nos convenía hacer y yo tuve la idea de arrastrar el lecho contra la puerta.

– ¿Y lo hicieron?

– Sí, pero nos quedamos despiertas durante mucho tiempo. La señora Ferse estaba tan agotada, que finalmente se durmió, y creo que yo también me dormí hacia el amanecer. Sea como fuere, me desperté al llamar la doncella a. la puerta.

– ¿No oyó usted nada durante la noche, por parte del capitán?

El viejo lema de los chicos de escuela «Si decís una mentira, decidla bien», le- pasó por la mente, y por lo tanto contestó con firmeza

– No, nada.

– ¿Qué hora era cuando las llamaron?

– Eran las ocho. Desperté a la señora Ferse y bajamos en. seguida. El cuarto del capitán estaba en desorden y parecía que. él se hubiese tumbado en la cama; pero no se hallaba en casa y su abrigo y su sombrero habían desaparecido de la silla del vestíbulo.

– ¿Qué hicieron entonces?

– Nos consultamos. La señora Ferse quería llamar a su médico y a nuestro primo, el señor Michael Mont, miembro del Parlamento; pero yo pensé que si podía hallar a mis tíos, a ellos les sería más fácil encontrar al capitán. Así que la convencí para que me acompañara a casa de mi tío 'Adrián a ver si éste lograba inducir a tío Hilary a que le ayudase a buscar al capitán. Sabía que ambos son hombres inteligentes y de tacto. – Di

El médico forense se inclinó profundamente, y dijo

– Muchísimas gracias, señorita Cherrell. Ha declarado usted de fin modo admirable.

También los jurados se inclinaron. Di

– Creemos que el difunto murió de resultas de haber caído en una cantera de greda.

– Es decir – resumió el médico forense -, murió a consecuencia de una desgracia.

– Deseamos expresarle a la viuda nuestra simpatía. Di

CAPÍTULO XXXI

Cuando hubo terminado de sonreír, Di

– Sí, será mejor que nos vayamos, Di

Afuera, en el húmedo aire de octubre, puesto que el día era de los clásicos del octubre inglés, ella dijo

– Vamos a respirar un poco de aire puro, tío, y a quitarnos de encima el olor de esa sala.

Se dirigieron hacia el lado del mar lejano, caminando a buen paso.

– Estoy terriblemente ansiosa por saber qué ha sucedido antes de mi entrada, tío. ¿He dicho algo contradictorio?

– No. Por la declaración de Diana, ha resultado claro que Ferse había vuelto de una clínica mental. El médico forense la ha tratado con mucha amabilidad. Ha sido una suerte que me hayan llamado antes que a Adrián, de modo que su declaración no ha sido más que una repetición de la mía. Me sabe muy mal por los periodistas. Los jurados evitan pronunciarse en favor de los suicidios y de las enfermedades mentales cuando pueden y, después de todo, no sabemos lo que le sucedió al pobre Ferse en su último instante. Pudo haber caído muy fácilmente desde el borde de la cantera: el lugar estaba oscuro y la luz iba amortiguándose de minuto, en minuto.

– ¿Verdaderamente lo crees así, tío?

– No, Di

Y, a pesar de que quizá diga lo que no debería, démosle gracias a Dios de que lo haya hecho y que ahora descanse en paz. -Sí, ¡oh, sí! ¿Qué les sucederá ahora a Diana y a tío Adrián?