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– Está bien.
– No tendré el más mínimo escrúpulo – añadió Di
– No debería consentirte hablar así, Di
– Sí deberías, mamá. Bien sabes que, en el fondo, estás acuerdo conmigo.
Lady Cherrell no dijo nada más. Estaba de acuerdo…
A la mañana siguiente, el general y Alan Tasburgh llegaron en el primer tren y media hora más tarde partieron todos en el coche descapotable. Alan iba al volante, el general a su lado y, en la parte posterior, lady Cherell, Diana y Di
Apoyada en el respaldo, con la nariz apenas visible sobre la manta de viaje Di
Como todo el mundo, Di
Adrián les recibió en el vestíbulo del hotel de Chichester, y Di
– Tío, ¿puedo hablar a solas contigo y con tío Hilary? – Hilary ha tenido que regresar a Londres, querida, pero volverá aquí en el último tren de la tarde. Entonces hablaremos. La investigación se realizará mañana.
Y tuvo que contentarse con esto.
Cuando él hubo terminado su relato ante los demás, Di
– Si quieres decirnos dónde debemos ir, tío, yo iré con Diana.
Adrián hizo un signo afirmativo. Había comprendido.
Cuando llegaron a la capilla ardiente, Diana entró sola y Di
Se volvió y vio que Diana estaba a su lado. Entonces, olvidándose de su propio dolor, le rodeó el talle con un brazo y le besó la fría mejilla. Regresaron al hotel sin decir nada, excepto unas pocas palabras pronunciadas por Diana
– Tenía un aspecto maravillosamente sereno.
Después de cenar volvió en seguida a su habitación y se sentó, con un libro en la mano, esperando a sus tíos. Dieron las diez antes de que Hilary llegase en un taxi. Pocos minutos más tarde, los dos hermanos entraron en el cuarto. Notó el aspecto fatigado y sombrío de ambos, pero en sus rostros había una expresión tranquilizadora. Eran de los que corren hasta que se caen. La besaron con una calurosidad inesperada y se sentaron uno a cada lado de su lecho, oblicuamente.
Di
– Tío, quiero hablarte de tío Adrián. Lo he pensado mucho. La indagación resultará muy desagradable si no andamos con cuidado.
– Es cierto, Di
Di
– ¿No te sabe mal que hable francamente? Adrián sonrió.
– No, Di
Sobrevino un breve silencio, al cabo del cual Hilary dijo -Es una chica lista. Una amistad de cuatro años con una mujer hermosa, en ausencia del marido, para los jueces significará una sola cosa; pero para el público, muchas. Adrián asintió.
– Lo que no veo es cómo podrá ocultarse el hecho de que los he tratado a ambos durante largo tiempo.
– Las primeras impresiones lo son todo – dijo Di
– Todo esto te será muy penoso.
– ¡Oh, no! Si no me interrogan acotes-que a vosotros, ambos diréis que yo fui quien os llamó. Luego lo ratificaré yo. – Después del médico y de la policía, Diana será el primer testigo.
– Sí, pero puedo hablar con ella y quedar de acuerdo para que todos digamos lo mismo.
Hilary sonrió.
– Me parece que no hay razón para oponerse. Es una mentira muy inocente. Yo puedo añadir que los conozco tanta como tú, Adrián. Ambos conocimos a Diana por primera vez durante aquella recepción que dio Lawrence en Land's End, cuando ella era jovencita; a Ferse le conocimos en ocasión de su boda. Amistad de familia, ¿no es así?
– Se sabrán mis visitas a la clínica mental – observó Adrián -. El doctor ha sido citado también.
– Oh, bueno – dijo Di
Ambos sonrieron, y Hilary dijo
– Perfectamente, Di
– Buenas noches, pequeña serpiente – sonrió Adrián.
– Buenas noches, tío querido. Tienes un aspecto muy fatigado. ¿Tienes bolsa de agua caliente?