Страница 5 из 79
Di
– Y yo abomino que ese americano te eche toda la culpa de su fracaso. Es una deuda que tienes para con el ejército británico, Hubert.
– ¿Crees que es tan serio? Yo no tomé parte en aquella expedición como militar.
– ¿Por qué no publicas tu diario tal como está? -r Seria peor. Tú no lo has visto.
– Podríamos expurgarlo, atenuarlo y otras cosas por el estilo… Papá es de la misma opinión, ¿sabes?
– Tal vez sea mejor que lo leas. Está lleno de expresiones censurables. Cuando uno se encuentra tan solo como lo estuve yo, se abandona.
– Podrías quitar todo lo que te pareciese inconveniente.
– ¡Qué buena eres, Di
Esta le acarició un brazo.
– ¿Qué tipo de hombre es ese Hallorsen?
– Si he de ser justo, _ debo reconocer que tiene muchas cualidades: duro como la piedra, lleno de valentía, sin nervios; pero, para él, Hallorsen está antes que cualquier otra cosa. No es propio de su temperamento el fracasar y cuando le sucede una cosa así alguien tiene que pagar_ el pato. Según él, fracasó por falta de medios de transporte: y yo era el encargado de los mismos. Pero de haber dejado al Arcángel Gabriel en lugar de dejarme a mí, las cosas no hubiesen andado mucho mejor. Hizo mal sus cálculos y no quiere admitirlo. Todo eso lo encontrarás escrito en mi diario.
– ¿Te has enterado de esto? – Di
– ¿Dónde has encontrado esto? – En el Evening Sun.
– ¡Pasos! -dijo Hubert, amargamente-. ¿Qué pasos? No cuento más que con mi palabra; él lo sabía cuando me dejó solo con todos aquellos mestizos.
– En tal caso solamente nos queda el diario. -Voy a buscarlo
Aquella noche, Di
«Castro; ese miserable bruto, ha vuelto a atormentar a las mulas con su infernal cuchillo. Los pobres animales están flacos y esqueléticos. No les queda ni la mitad de sus fuerzas. Le he avisado por última vez. Si volviera a hacerlo, usaré el látigo. Tengo fiebre.»
«Esta mañana Castro ha recibido su merecido; una buena docena de fuertes latigazos. No puedo continuar con estos brutos; no parecen seres humanos. ¡Oh, qué daría! por poder pasar un día en Condaford, montando a caballo y olvidándome de estos pantanos y de estas pobres mulas medio muertas!
«He tenido que azotar a otro de estos demonios. Su modo de tratar a las mulas es sencillamente diabólico. ¡Malditos sean!… Tengo fiebre de nuevo…»
«Esta mañana he creído encontrarme en el infierno. Se han amotinado, Se han rebelado contra mí. Afortunadamente, Manuel me había avisado. Es un buen muchacho. A pesar de todo, ha fali4do poco para que Castro me clavara su cuchillo en el vientre. Me ha herido malamente en el brazo derecho. Lo he matado con mi propia mano. Ahora puede que se tranquilicen. Ninguna noticia de Haltorsen. ¿Cuánto tiempo cree que podré resistir todavía en esta antesala del infierno? El brazo me produce unos dolores horribles…»
«La función ha terminado. Mientras dormía, esos demonios han puesto en}toga a las midas y se han Largado. No me quedan más que Manuel y dos muchachos. Los hemos perseguido durante mucho tiempo, pero sólo hemos encontrado los esqueletos de dos mulas; los -miserables se han dispersado y sería lo mismo que buscar una estrella en la Vía Láctea. He regresado al campamento rendido de cansancio… Dios sabe si saldrá vivo de aquí. El brazo me duele mucho, pero confío que no se trate de una infección…»
«Hoy estaba decidido a irme. Sobre un montón de piedras había dejado una carta para Hallorsen, en la que le informaba de lo sucedido, por si volvía a buscarme. Luego he cambiado de idea. Resistiré hasta que llegue o bien hasta que nos muramos, lo que es más probable…»
Y así, hasta el fin, toda una historia de luchas. Di
CAPITULO IV
Adrián Cherrell era uno de esos hombres manifiestamente rurales que viven en las ciudades. Su trabajo le obligaba a permanecer en Londres, donde se cuidaba de una colección de restos antropológicos.
Se hallaba estudiando un maxilar hallado en Nueva Guinea, al que la Prensa había dispensado una buena acogida, y estaba diciéndose a sí mismo: («Es una estafa; se trata de un tipo corriente de Homo Sapiens», cuando el bedel anunció
– Una señorita joven desea verle, señor… Creo que es la señorita Cherrell.
– Dígale que pase, James.
Pensó: «Si se trata de Di
– ¡Oh, Di
– Lo veo, tío Adrián.
– Es demasiado humano. Este hombre tuvo dolor de muelas. Probablemente el dolor de muelas fue la causa del desarrollo artístico. El arte de Altamira y las caries de Cromagnon se hallan reunidos. Este tipo fue un Homo Sapiens.
– Es un consuelo saber que no hay dolor de muelas sin sabiduría. He venido a Londres para ver al tío Hilary y al tío Lawrence, pero he pensado que si antes almorzaba contigo me sentiría más fuerte.
– Entonces iremos a almorzar al Café Búlgaro -dijo Adrián.
– . ¿Por qué?
– Porque allí, de momento, se come bien. Están en una fase de propaganda, querida; así que, probablemente, estaremos bien servidos y gastaremos poco. ¿Quieres empolvarte la nariz? – Pues entra ahí.
En cuanto ella hubo desaparecido, Adrián comenzó a acariciarse la perilla preguntándose qué podría encargar por dieciocho chelines y medio; porque, siendo un funcionario del Gobierno sin medios propios, era raro que tuviese en el bolsillo más de una libra.
– ¿Qué sabes a propósito del profesor Hallorsen, tío Adrián? – preguntó Di