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– Estaba usted traicionándome – dijo, y siempre agarrándole la muñeca, sacó un cortaplumas de un bolsillo. Separada de él por toda la longitud del brazo, Di
– Esto es tonto, capitán Ferse – repuso glacialmente -. Usted sabe que ni Diana ni yo le haremos ningún daño.
Ferse apartó la mano, abrió el cortaplumas y, con un esfuerzo violento, cortó el hilo del teléfono. El auricular cayó al suelo. Entonces cerró el cortaplumas y volvió a metérselo en el bolsillo. Di
– Cálcese. Ella obedeció.
– Escúcheme bien. Nadie ha de entrometerse en mis asuntos o crear confusionismo. Haré de mi persona lo que me venga en gana.
Di
– ¿Ha comprendido?
– Sí. Pero nadie quiere entrometerse -en sus asuntos o hacer algo que "a usted no le agrade. Sólo queremos su bien. – Sé perfectamente de qué bien se trata – repuso Ferse -. Ya tengo bastante. – Se acercó a la ventana, apartó con violencia un visillo, y miró fuera -. Llueve a cántaros – observó. Luego se volvió y la miró detenidamente. Su rostro-comenzó a contraerse, las manos a crisparse y la cabeza a moverse de derecha a izquierda. Repentinamente, gritó: – ¡Salga de aquí! ¡De prisa! ¡Fuera, fuera!
Con toda la rapidez posible, pero sin correr, Di
– Me seguía – dijo jadeando – y ha cortado el hilo. Tiene un cortaplumas. Temo que la locura se está acercando. ¿Resistiría esta puerta si intentase derrumbarla? Tenemos que poner la cama contra ella.
– Si lo hiciéramos, no podríamos dormir.
– De todos modos, no creo que lo consigamos ya – dijo, y acto seguido comenzó a arrastrar el lecho. Lo empujaron hasta la puerta, de modo que formara un ángulo recto.
– ¿Las doncellas cierran sus puertas con llave? – Sí, desde que él está aquí.
Di
La idea de tener que volver a salir para advertirlas le daba escalofríos. Se sentó en la cama y miró a Diana, que estaba erguida cerca de la ventana.
– ¿Qué piensas, Diana?
– ~ Pensaba en lo que experimentaría si los niños todavía estuviesen aquí.
– Sí; gracias a Dios, ya no están.
Diana se acercó a la cama, apretándose las manos hasta que sintió dolor.
– ¿No se puede hacer nada, Di
– Ferse dormirá y mañana estará mucho mejor. Ahora que nos hallamos en peligro, ya no me sabe tan mal por él.
Diana dijo con indiferencia
– Yo ya no siento nada. Quién sabe si se ha enterado de que no estoy en mi habitación quizá debería bajar y enfrentarme con él.
– ¡No irás! – replicó Di
Una especie de apatía invadió a las dos mujeres. Durante largo rato permanecieron abrazadas la una a la otra debajo del edredón, sin dormir y sin estar completamente despiertas.
Di
– Bien – dijo Di
– Soy yo – contestó la voz de Ferse, quedamente -. Te necesito, Diana.
Di
– Diana no se encuentra bien -musitó -. Ahora duerme. No la moleste.
Siguió un silencio. Luego, con horror, oyó un largo suspiro quejumbroso, un sonido tan lastimoso, que estuvo a punto de sanar la llave. La vista del rostro de Diana, pálido y fatigado, la retuvo. ¡Inútil! Cualquiera que fuese el significado del sonido, era inútil. Y, acurrucándose en el lecho, se quedó a la escucha. Ningún otro ruido. Diana continuaba durmiendo, pero Di
La despertó ni. Golpe dado contra la puerta. Era de día. Diana todavía dormía. Miró su reloj de pulsera. Eran las ocho. Habían venido a despertarlas.
– Muy bien, Mary- – contestó en voz baja -. La señor Ferse está aquí.
Diana se incorporó, fijando los ojos en Di
– ¿Qué sucede?
– Nada, Diana. Son las ocho. Sería mejor que nos levantásemos y volviéramos a poner la cama en su sitio. Has dormido muchas horas. Las doncellas ya están en pie.
Se pusieron unas batas y empujaron la cama hasta su sitio. Di
– Es inútil quedarse cavilando. Bajemos.
Se detuvieron un momento para escuchar; luego descendieron. La habitación de Diana no había sido tocada. Evidentemente la doncella había entrado y descorrido las cortinas. Se pararon cerca de la puerta del cuarto de Ferse. No se oía ruido alguno. Se acercaron a la puerta de al lado. ¡Ningún rumor!
– Será mejor que bajemos – dijo Di
– Nada. Ya lo comprenderá.
La puerta del comedor y la del despacho estaban abiertas. El auricular del teléfono aún yacía en tierra. No había otra señal del_ drama de la noche pasada.
– Diana, el sombrero y el abrigo han desaparecido. Estaban sobre aquella silla – indicó Di
Diana entró en el comedor y tocó el timbre. La anciana camarera acudió desde el piso bajo, reflejando en su rostro una expresión ansiosa y asustada.
– Mary, ¿ha visto usted esta mañana el sombrero y el abrigo del señor?
– No, señora.
– ¿A qué hora ha bajado usted? – A las siete.
– ¿No ha entrado en su habitación? – Todavía no, señora.
– Esta noche pasada no me he encontrado bien. He dormido arriba, con la señorita Di
Las tres subieron.
– Llame a la puerta.
La doncella llamó. Di
– Llame de nuevo, Mary. Esta vez más fuerte.
La doncella llamó repetidamente. Ninguna respuesta. Diana la apartó a un lado y dio vuelta al pomo. La puerta se abrió. Ferse no se hallaba allí. La habitación estaba en desorden, como si alguien hubiese caminado furiosamente y sostenido una lucha. La botella. del agua estaba vacía y la ceniza de tabaco esparcida por doquier. Alguien habíase tumbado sobre el lecho, pero no dormido. No había signo. alguno que indicase preparativos de partida o cosas sacadas de los cajones. Las tres mujeres se miraron. Luego, Diana dijo
– Prepare rápidamente el desayuno, Mary. Tenemos que salir.