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– Realmente eran bastante desagradables. Tengo un autoin6vil aquí. ¿Puedo llevarles a alguna parte a usted y a la señorita Cherrell?
– Si va hacia el West, podría llevarnos hasta los confines de la civilización – contestó sir Lawrence y, cuando estuvieron sentados en el coche, preguntó -: Profesor, ¿qué piensa usted de Londres? ¿Es la ciudad más bárbara o la más civilizada de la tierra?
– Puedo decir que he llegado a quererla – respondió Hallorsen sin apartar la vista de Di
– Yo no – murmuró ésta -. Odio los contrastes y el olor a gasolina.
– Bueno, un extranjero no puede decir por qué ama a Londres, a menos que no sea por la variedad y por el modo con que ustedes han obtenido el orden y la libertad al mismo tiempo; o quizá porque es muy distinta a nuestras ciudades. Nueva York es más hermosa e interesante, pero no da la sensación de hallarse uno en casa.
– Nueva York – repuso sir Lawrence – es como la estricnina: excita hasta el momento en que le mata a uno. -Yo no podría vivir en Nueva York. El Oeste es lo que me hace falta.
– Las grandes extensiones abiertas – musitó Di
– Sí, señorita Cherrell. Estoy seguro de que usted las amaría.
Di
– Nadie puede ser desarraigado de sus propias raíces, profesor.
– ¡Ah! -exclamó sir Lawrence -. Una vez mi hijo habló en el Parlamento sobre la cuestión de la emigración. Descubrió que las raíces humanas son tan fuertes, que tuvo que dejar el asunto como se deja caer una patata hirviendo.
– ¿De veras? – dijo Hallorsen -. Cuando yo miro a los ciudadanos ingleses, bajos, pálidos y desilusionados, no puedo por menos que preguntarme qué raíces puedan tener.
– Cuanto más ciudadano es el tipo, más sólidas son sus raíces. No le agradan las extensiones abiertas, sino las calles, los bares, los cines. ¿Quiere dejarme aquí, profesor? Di
– A Oakley Street.
Hallorsen detuvo el coche y sir Lawrence se apeó.
– Señorita Cherrell, ¿puedo tener el inmenso placer de acompañarla hasta Oakley Street?
Di
Sentada a su lado en el coche cerrado, se preguntaba con cierto desasosiego qué uso haría él de la oportunidad.
Al cabo de unos minutos, le oyó decir
– En cuanto esté arreglado el problema de su hermano, embarcaré. Quiero organizar una expedición a Nuevo Méjico. Siempre considerará un privilegio haberla conocido, señorita Cherrell.
Se apretaba convulsamente entre las rodillas las manos no enguantadas. Eso la conmovió.
– Me duele mucho haberle juzgado mal al principio, profesor. Me pasó exactamente como a mi hermano.
– Era natural. Me alegrará saber que, cuando todo haya terminado, pensará bien de mí.
Di
El se la cogió con gravedad, se la llevó a los labios y la besó gentilmente. Di
– Usted, profesor, me ha hecho cambiar completamente de parecer sobre los americanos.
Hallorsen sonrió.
– De todos modos, ya es algo.
– Temo haber sido muy ingenua en mis ideas. En realidad, ¿Sabe?, jamás había conocido a ninguno.
– Ésa es la causa del malentendido que existe entre nosotros. No nos conocemos recíprocamente, nos fastidiamos los unos a los otros por cosas sin importancia y todo concluye ahí. Pero siempre me acordaré de usted, como de una sonrisa sobre el rostro de este país.
– Es un cumplido muy amable – dijo Di
– Si pudiese tener su retrato, lo guardaría como una reliquia.
– Naturalmente, se lo daré. No sé si tengo alguno decente, Pero le escogeré el mejor.
– Gracias. Si me lo permite, me apearé aquí. No me siento demasiado seguro de mí mismo. El coche la llevará hasta su destino.
Golpeó el cristal de separación y le dijo algo al chófer. – Adiós.
La miró largamente, le cogió de nuevo la mano, la apretó con fuerza y deslizó su larga persona fuera de la portezuela. – Adiós – murmuró Di
Cinco minutos más tarde, el coche se detuvo delante de la casa de Diana. Di
Aquella mañana afín no había visto a Diana, pero casi se tropezó con ella cuando salía de su habitación.
– Ven aquí, Di
Su tono era misterioso. Di
– Esta noche ha entrado y ha insistido en quedarse. No me he atrevido a rehusar. Ha sobrevenido un cambio. Tengo la sensación de que es el principio del fin otra vez. Su fuerza de autodeterminación se está debilitando. Creo que debería enviar a los niños a otra parte. ¿Querría tenerlos Hilary?
– Estoy segura que sí. En todo caso, podemos contar con mi madre.
– Puede que fuera lo mejor.
– ¿No crees que deberías ir también tú? Diana suspiró y movió la cabeza.
– Eso no haría más que precipitar los acontecimientos. ¿Podrías llevarte tú a los niños, en mi lugar?
– Desde luego. Pero, ¿piensas realmente que él…?
– Tengo el convencimiento de que se está excitando de nuevo. ¡Conozco tan bien los síntomas! ¿No te has fijado, Di
– ¡Si pudiese superar el horror que le produce salir a la calle!
– No creo que le ayudara en nada. De todos modos, sabemos lo que hay que saber; si sucediera lo peor, nos enteraríamos en seguida.
Di
– ¿Cuándo quieres que me lleve a los niños al campo? – Lo más pronto posible. A él no puedo decirle nada. Tenéis que marcharon con la máxima circunspección. La institutriz se irá sola, suponiendo que tu madre quiera alojarla también. – Yo regresaré en seguida, naturalmente.
– Di
– ¡Claro que volveré! Cogeré el coche de Fleur. ¿Le importará a él que los niños se vayan?
– Lo relacionará con nuestro modo de pensar a propósito de su estado. En todo caso, puedo decirle que se trata de una antigua invitación.
– Diana – dijo Di
– ¿Amor? No.
– ¿Solamente piedad? Diana movió la cabeza.
– No puedo explicarlo. Existe el pasado y, además, tengo la impresión de que si le abandono, ayudaré al destino a ensañarse con él. Es una idea atroz.
– Te comprendo. ¡Me dais tanta pena los dos, y también tío Adrián!
Diana se pasó las manos por el rostro, como para borrar las huellas del dolor.
– No sé lo que sucederá, pero no debemos ir al encuentro del futuro. En cuanto a ti, querida, no dejes que te estropee la existencia.
– Todo marcha bien. Necesito algo que me distraiga. Las Solteras, ¿sabes?, han de ser zarandeadas antes de que las atrapen.
– ¡Ah! Cuándo dejarás que te atrapen, Di
– Acabo de rechazar las grandes extensiones abiertas, y me siento algo aturdida.
– Estás en suspenso entre las grandes extensiones abiertas Y el mar profundo, ¿verdad?
– Y probablemente así me quedaré. El amor de un hombre honrado y lo que sigue parecen dejarme de hielo. -¡Aguarda! Tus cabellos no tienen el color adecuado al convento.
– Los teñiré y me haré a la vela con el color preciso. Los. «iceberg» son de color verde-mar.
– ¡Aguarda, Di
Dos días más tarde Fleur conducía el coche desde South Square hasta la puerta de la casa. Los niños y un poco de equipaje fueron depositados en el interior sin incidentes. Partieron acto seguido.
La excursión, bastante movida, puesto que los niños estaban poco acostumbrados a viajar en automóvil, resultó para Di