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– Si, prima segunda de Lawrence. Es una mujer muy hermosa. ¿No la has visto nunca?
– Sí, cuando era soltera. ¿En qué condiciones se halla ahora?
– Enviudó y se casó de nuevo. Tiene dos niños y un marido que está en una clínica mental.
– ¡Vaya situación! ¿Es incurable? Lionel asintió.
– Eso dicen. Pero, por supuesto, son cosas que no se saben a ciencia cierta.
– ¡Válgame Dios!
– Sí, así es. Ella es pobre y Adrián más pobre todavía. Por parte de él se.trata de un viejo amor, anterior a matrimonio de Diana. Si cometiera alguna tontería, perdería su puesto en el partido conservador.
– ¿Quieres decir qué se fugará con ella? ¡Pero si Adrián tiene ya cincuenta años!
– Sí, pero ella es una criatura muy atractiva. Las Montjoy son conocidas por su hechizo. ¿Te haría caso si le hablaras, con?
El general meneó la cabeza.
– Es más fácil que quiera escuchar a Hilary.
– ¡Pobre Adrián! Es uno de los mejores hombres que existen sobre la tierra. Hablaré con Hilary, pero, ¡está siempre tan atareado!
El general se levantó.
Voy a acostarme. En Condaford Grange no tenemos este olor a antiguallas, a pesar de que la granja es más antigua. – Aquí hay demasiada madera auténtica. Buenas noches, mi viejo Con.
Los hermanos cambiaron un apretón de manos y, cogiendo cada uno una bujía, se dirigieron a sus respectivas habitaciones.
CAPITULO II
Condaford Grange, que pertenecía a los Campfort (de quienes tomó el nombre), en el año 1217 pasó a poder de los Cherrell, cuando este nombre se escribía Kerwell o bien Keroval, según se le antojara al copista. “La historia del traspaso era muy romántica, puesto que el Kerwell que entró en posesión de la propiedad al casarse con una de las Campfort, obtuvo su mano por haberla salvado de un jabalí. Se trataba de un hombre de bienes de fortuna, cuyo padre, un francés de Guyena llegó a Inglaterra después de la Cruzada de Ricardo III. Ella era la heredera de los Campfort. El jabalí fue incluido en el escudo de la familia, pero algunas personas dudaban de que dicho animal hubiese dado origen a la historia. Sea como fuere, los peritos arquitectos habían certificado que algunas partes de la casa databan del siglo doce. Era indiscutible que estuvo rodeada por un foso, pero bajo el reinado de la reina Ana, un Cherrell restaurador, convencido quizá de la aproximación del bilenio, o más posiblemente, molestado por los insectos, hizo desaguar el foso, y en la actualidad pocos indicios quedaban de que hubiese existido.
El difunto sir Conway, hermano mayor del obispo, que fue nombrado caballero en igoi, en ocasión de ser destinado a España, perteneció al servicio_ diplomático. Por consiguiente, dejó la propiedad en grave estado de abandono. Murió en 1904, mientras aún desempeñaba su cargo. El proceso de decadencia continuó bajo su hijo mayor, el actual sir Conway quien, continuamente ausente por razones de servicio, tuvo pocas oportunidades de gozar de la estancia en Condaford hasta después de la gran guerra. Ahora que vivía allí, el pensar que sus antepasados habían tenido su residencia en esta morada desde los tiempos de la Conquista le habla estimulado a hacer cuanto le fue posible para ponerla en orden, de manera que, actualmente, aparecía bien arreglada en su exterior y confortable en su interior, a pesar de que él era casi demasiado pobre para habitarla.
La propiedad contenía excesiva extensión de bosque reservado a la caza y por eso no era productiva. Aunque no estaba hipotecada, rentaba sólo unos pocos centenares de libras al año. Con la ayuda de su pensión de general y las escasas rentas de su esposa (por nacimiento, honorable Elizabeth Frensham); sir Conway podía pagar los impuestos, mantener dos caballos y vivir con tranquilidad en el margen extremo de sus recursos. Su esposa era una de esas mujeres inglesas que aparentemente cuentan poco, pero que, por esta misma razón, cuentan mucho. Era discreta y amable y siempre estaba trabajando en sus tareas. En una palabra, constituía un fuerte soporte; su rostro pálido, reposado, sensitivo y algo tímido, hacía recordar continuamente que la cultura depende sólo en parte de las riquezas o del intelecto. Su marido y sus tres hijos tenían una confianza absoluta en su ternura. Ellos eran de carácter más vivo y en ella hallaban un alivio.
No había acompañado al general a Porthminster y aguardaba su regreso. Estaban a punto de quitar las fundas de cretona de los muebles y, mientras se preguntaba si aquella cretona serviría una temporada más, entró un «scotch terrier» seguido por su hija mayor Elizabeth, más conocida como Di
– Mamá, ¿tendremos que ponemos de luto por el tío Cuffs?
– No lo creo, Di
– ¿Lo enterrarán aquí?
– Supongo que lo enterrarán en la catedral. En último extremo, eso lo sabrá tu padre.
– Vamos a tomar el té, querida. ¡Scaramouch , ven aquí enseguida! ¡No metas la nariz en la comida ¡
– Di
– ¿Por qué, Di
– Porque los militares tienen una mentalidad estática. Conocen la diferencia que hay entre Dios y Mamón… ¿Nunca te habías dado cuenta?
-Lady Cherrell se había dado cuenta. Sonrió tímidamente y preguntó
– ¿Dónde está Hubert? Vuestro padre estará de regreso de un momento a otro.
– Ha salido con Don a, ver si cazaba un par de perdices para la comida. Apuesto a que se olvidará de matarlas y, en todo caso, estarían demasiado frescas. Se halla en el estado de ánimo en que a Dios le ha plugido sumirle, sólo que en vez de «Dios» debes entender «el diablo». Piensa demasiado en ese asunto, mamá. Sólo una cosa le haría bien: enamorarse. ¿No podríamos encontrarle la muchacha ideal? ¿He de avisar para que nos traigan el té?
– Sí, querida. Además hay que poner flores frescas en esta habitación.
– Voy a buscarlas. ¡Vamos, Scaramouch!
Bajo el sol de septiembre, Di