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– ¡Hal-lo!
– ¿Te sabe mal comer un almuerzo frío?
– No hay ninguna campanilla – observó lady Mont. -. Es mejor que palmoteemos.
Dieron una palmada, al unísono.
– ¡Qué diablos!
Un hombre joven, en traje de franela gris, apareció en el umbral de la puerta. Tenía un rostro ancho y moreno, cabellos negros y ojos grises, profundos y de mirada firme.
– ¡ Oh! – Dijo -. ¡ Lady Mont! ¡ Eh! ¡ Jean!
Luego, encontrando los ojos de Di
– Alan, ¿pueden venir a cenar esta noche usted y Jean? Di
– Es sorprendente, lady Mont.
Entretanto, se les estaba acercando una muchacha hecha toda de una pieza y aparentemente montada sobre un muelle de acero. Llevaba una falda y una blusa sin mangas, color leonado, y del mismo tono eran sus brazos y sus mejillas. Di
«¡Quién sabe!», pensó Di
Luego, cuando la muchacha sonrió, un estremecimiento le corrió por todo el cuerpo.
– Esta es Jean – dijo su tía -. Mi sobrina, Di
Una mano morena y delgada apretó con fuerza la de Di
– Papá ha ido a una conferencia eclesiástica. Yo deseaba que me llevase consigo, pero no ha querido.
– Entonces, sospecho que estará en Londres, frecuentando los teatros.
Di
– ¿Así, vendrán los dos a cenar? A las ocho y cuarto. Di
– Tenemos invitados – explicó Di
– ¡Oh! ¡Ah! El babero mejor y el camisolín, Jean.
Los hermanos se cogieron del brazo y se quedaron bajo el pórtico. «Muy simpático», pensó Di
– ¿Bien? – dijo su tía cuando estuvieron nuevamente en la avenida alfombrada de hierba.
– Sí, he observado bien a la leopardita. Es muy bonita. Pero habría que tenerla sujeta con una correa.
– ¡Ahí está Boswell y Johnson! – exclamó lady Mont, cómo si se tratara de uno solo – ¡Dios mío! ¡Entonces deben ser ya más dulas dos!
CAPÍTULO IX
Poco después del almuerzo, al que Di
Di
– Oí leer tu testimonio en el Tribunal. Fleur.
– ¡Oh, eso! Era lo que deseaba Hilary, naturalmente. En realidad yo no sé nada sobre esas muchachas. Son impenetrables. Hay personas, desde luego, que saben provocar las confidencias de los demás; yo no, y te aseguro que no me interesa. ¿Encuentras que es más fácil conocer a las campesinas de tus tierras?
– Por aquellos alrededores todos han tenido que ver con mi familia desde hace tanto tiempo, que uno sabe lo que ha de saber casi antes que ellos mismos.
Fleur la escudriñaba atentamente.
– Sí, me atrevo a decir que tú tienes maña, Di
– Dime – preguntó Di
– Sí, y volvió a casa completamente fuera de tino. – ¡Bien!
– Tenía la intención de hacer someter el asunto a un nuevo debate, pero al día siguiente se levantaban las sesiones. Además, ¿qué importancia tiene la Cámara? Hoy en día es la última cosa a la que la gente presta atención.
– Me temo que mi padre se, la prestó de modo tremendo en lo que se refiere a aquellas acusaciones.
– Sí, tu padre pertenece a la pasada generación. Pero la única actividad del Parlamento que ahora le interesa al público es el Presupuesto del Estado. Y no hay que extrañarse, puesto que todo se basa en el dinero.
– ¿Le dices esas cosas a Michael?
– No es necesario; hoy en día el Parlamento es una máquina para la imposición de impuestos.
– Pero dicta aún algunas leyes, ¿verdad?
– Sí, querida, pero siempre después del suceso. No hace más que consolidar lo que ya ha entrado en la práctica o, cuando menos, en el sentimiento del público. Jamás toma la iniciativa. ¿Cómo podría hacerlo? Esta no es una función de la democracia. Si quieres la prueba, ¡mira el estado del país! Es la última cosa de que se ocupa el Parlamento.
– En tal caso, ¿quién toma la iniciativa?
– ¿De qué lado sopla el viento? Las corrientes comienzan los pasillos. ¡Grandes sitios, los pasillos! ¿Junto a quién quieres quedarte cuando alcancemos a los cazadores?
– Junto a lord Saxenden. Fleur la miró.
– ¿No será por sus beaux yeux, ni tampoco por su beau titre? ¿Por qué, pues?
– Porque quiero hablarle de Hubert y no dispongo de mucho tiempo.
– Ya entiendo. Bueno, quiero hacerte una advertencia, querida. No juzgues a Saxenden por la expresión de su rostro. Es un_ viejo zorro astuto, y tampoco es tan viejo, por otra parte. Y si hay algo que le complace extremadamente es su quid pro quo. ¿Tienes preparado un quid para él? Exigirá el pago al contado.
Di
– Haré lo que pueda. Tío Lawrence ya me dio unas cuanta- indicaciones.
– Ve con cuidado; se burla de ti – canturreó Fleur. – Bueno, yo me reuniré con Michael. Cuando estoy con él tira mejor. Es una cosa que necesita mucho, el pobrecillo. El Squire y Bart se alegrarán de prescindir de nosotros. Cicely, naturalmente, se irá con Charles. Están todavía en su luna de miel. Queda Diana, para el americano.
– Y espero – dijo Di
– Me parece que no hay nada que logre hacérselos fallar. He olvidado a Adrián. Éste se quedará sentado en su silla plegable, meditando sobre los huesos y sobre Diana. Ya hemos llegado. ¿Ves? Por esta cancela. Allí está Saxenden. Le han dado el rincón caliente. Pasa por detrás de aquella empalizada y alcánzale por la espalda. Michael debe de estar metido en algún rincón, allá abajo: siempre le dan el apostadero peor.
Se separó de Di