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Una vez el muchacho se hubo marchado, Ha
Ha
– No me dejes seguir hablando -dijo lanzando un suspiro-. ¿Qué tal te va el trabajo?
– No me resulta fácil. Ahora comprendo las dificultades por las que Noah tuvo que pasar.
– Solía decir que era como tener instalado el despacho sobre arenas movedizas. Por mucho que uno se esforzara, cada vez se iba hundiendo más. No obstante, si hay alguien que pueda afrontar todo eso ése eres tú, Christopher. Sé que Noah siempre confió mucho en ti.
– ¿Es por eso por lo que me mandó llamar la última noche, Ha
– Pues, claro.
– ¿Qué le dijo a usted?
– Me encontraba a su lado cuando salió del estado de coma. Estaba terriblemente débil y no articulaba muy bien. Me reconoció, murmuró unas palabras de cariño y después me pidió que le hiciera un favor. «Trae a Chris Collins aquí. Debo verle. Algo urgente. Importante. Tengo que hablar con él», me dijo. Desde luego no hablaba con la misma claridad con que te lo estoy diciendo, pero fue eso lo que intentó decir. Y te mandé llamar. Siento que no pudieras llegar a tiempo.
– Ha
A Ha
– Él no hubiera hecho nunca tal cosa. Estoy segura de que debía de ser un asunto de trabajo. Raras veces comentaba ese tipo de asuntos conmigo. Siempre hablaba directamente con la persona interesada. En este caso, tenía algo que decirte a ti. Lástima que no pudiera hacerlo.
Collins hubiera deseado decirle que sí lo había hecho, por mediación del padre Dubinski, pero, dado que ella no lo sabía, decidió instintivamente no comunicárselo.
– Ojalá hubiera podido hablar con él dijo Collins-. Me hubiera podido aclarar un montón de cosas. Me refiero a mi trabajo. Hay, por ejemplo, unos documentos que no logro encontrar. Hemos buscado en los archivadores que tenemos en el despacho. Mi secretaria dice que un archivador, el archivador personal de Noah, fue trasladado a esta casa cuando él cayó enfermo.
– Es cierto. Lo mandé colocar en su estudio.
– ¿Me permitiría que dedicara unos minutos a repasarlo, Ha
– Ya no lo tengo. El archivador ya no está aquí. Se lo llevaron al día siguiente de la muerte de Noah. Me llamó Vernon Tynan. Me lo pidió prestado para uno o dos meses. Me dijo que deseaba examinarlo para cerciorarse de que no contuviera ningún documento de alta seguridad. Yo se lo entregué con mucho gusto. Todo ese material de alta seguridad que Noah andaba siempre manejando me ponía muy nerviosa. Por consiguiente, si necesitas algo, tendrás que acudir a Vernon. Estoy segura de que te ayudará.
Curioso, pensó Collins. ¿Qué buscaría Vernon T. Tynan en los documentos privados del coronel Baxter? Pero no había tiempo para pensar en ello en aquellos momentos.
– En realidad, Ha
– Jamás examiné el archivador. No había motivo para que lo hiciera.
– Bien, pues ¿recuerda si Noah le habló alguna vez de algo llamado Documento R?
– No, no recuerdo nada de todo eso -repuso ella sacudiendo la cabeza-. Como ya te he dicho, raras veces me hablaba de asuntos relacionados con su trabajo.
– ¿Se le ocurre alguien, algún amigo tal vez, con quien él hubiera podido comentarlo? -prosiguió Collins, ya decepcionado.
Ella señaló la coletilla de cigarrillos que había sobre la mesa.
– ¿Puedo coger uno, Christopher? -Collins sacó apresuradamente un cigarrillo, se lo entregó y se lo encendió.- Empecé a fumar de nuevo al día siguiente del entierro. -Ha
En un principio aquel nombre no le sonó a Collins, pero después ordenó sus pensamientos y recordó los titulares de los periódicos.
– Tras el juicio, la sentencia y el ingreso de Donald en la penitenciaría federal de Lewisburg -prosiguió Ha
– Donald Radenbaugh -dijo Collins-. Recuerdo su nombre. Se oyó mucho entonces… hace dos o tres años… No sé qué escándalo económico, ¿no? No recuerdo los detalles.
– Fue un caso muy enrevesado. Yo tampoco recuerdo los detalles con exactitud. Donald ejercía la abogacía aquí en Washington cuando se convirtió en asesor presidencial de la anterior administración. Fue acusado de complicidad en la defraudación o extorsión, no recuerdo muy bien, de un millón de dólares a unas grandes empresas que habían suscrito contratos con el gobierno. En realidad, el dinero procedía de aportaciones ilegales a la campaña. Al acorralar el FBI a un hombre llamado Hyland, este Hyland aportó unas pruebas con el fin de que se le rebajara la pena y le echó toda la culpa a Donald Radenbaugh. Afirmó que Donald se encontraba de camino hacia Miami Beach para entregar el dinero a un tercer cómplice. El FBI detuvo a Donald en Miami, pero éste no tenía consigo el dinero e insistió en que jamás lo había tenido. A pesar de ello, y sobre la base de la declaración de Hyland, Donald fue juzgado y declarado culpable.
– Sí, lo voy recordando -dijo Collins. Creo que la sentencia fue dura, ¿verdad?
– Quince años -repuso Ha
– ¿Me está usted sugiriendo que es posible que Radenbaugh sepa algo acerca del Documento R?
– No puedo decirlo, Christopher. Sinceramente, no lo sé. Pero, si ese documento fuera algún trabajo o proyecto en el que Noah se hallaba ocupado, cabe la posibilidad de que lo hubiera comentado con Donald Radenbaugh. En cuestiones difíciles solía pedir consejo a Donald. -Ha
– ¿Lo haría usted? -preguntó Collins vehementemente-. Desde luego yo trataré de ayudarle.