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Luego hizo a Zoellner un ademán para que se sentara y llevó a Randall a la silla que estaba junto a él.

He

– Y bien, Herr Zoellner, ¿cuál es el veredicto?… ¿Vida o muerte para Karl He

El semblante de Zoellner se abrió, complacido, en una amplia sonrisa.

– Herr He

– Encantado, encantado -dijo He

– Ja, ja, juntos -bramó Zoellner, inclinando la cabeza en señal de respeto-. De la noche a la mañana usted se convertirá en un héroe. Quizá menos rico, pero un héroe. ¿Qué le hizo cambiar de parecer?

Karl He

– Leí un libro nuevo. Eso fue todo -se volvió hacia Randall-. ¿Ve usted, Steven? Es un fastidio; cuán sensiblero me he vuelto. Imagínese, verme transformado de Satanás en San He

– ¿Cuándo se decidió usted a hacer eso? -quiso saber Randall.

– Tal vez comenzó la noche en que leí cierto manuscrito, pero el cambio tomó algún tiempo. Quizá realmente ocurrió la semana pasada, cuando mi crisis laboral llegó a su punto culminante. Me senté a releer algunas pruebas que habíamos impreso. La lectura me tranquilizó, me dio un sentido de las proporciones y me hizo decidir que preferiría ser un segundo Gutenberg que otro Creso u otro Casanova. Bien, la paz es maravillosa. Debemos celebrarla -tintineó con el tenedor un vaso para llamar al maître d'hôtel-. Queremos brindar con un Ockfener Bockstein del Sarre de 1959. Es un vino blanco fresco y seco, con sólo ocho por ciento de alcohol. Con eso bastará, ahora que estamos tan impetuosos.

La placentera comida en el «Mainzer Hof» duró dos horas. Después de que Zoellner se había ido, Karl He

Durante el viaje, He

Súbitamente, al parecer, aunque ya habían transcurrido cuarenta y cinco minutos, se encontraron en el torbellino de Frankfurt. Los policías, con camisas de manga corta, dirigían el tránsito desde sus pedestales. Las calles estaban atestadas de tranvías, camionetas de reparto, «Volkswagen», gente que hacía sus compras de último momento o que volvía al hogar después del trabajo. Debajo de las sombrillas blanco y rojo del Terrassen-Café, los clientes se instalaban para su Teestunde.

He

– ¿Va usted al «Frankfurter Hof», Steven?

– Sí, para recoger mis cosas y liquidar la cuenta. Voy a tomar un vuelo inmediato a Amsterdam.

He

Cuando llegaban a la Kaiserplatz, He

– Si necesita usted mayor información, yo espero estar en Amsterdam dentro de poco tiempo.

– ¿Sabe usted exactamente cuándo?

– Cuando tenga listas las primeras Biblias encuadernadas. Probablemente la semana anterior a la fecha en que se haga el anuncio ante el público.

Al detenerse el auto frente al «Frankfurter Hof», Randall estrechó la mano del impresor.

– Le agradezco su colaboración, Karl -dijo-. No hubiera querido que se molestase en traerme hasta aquí.

– No, no. No era sólo por eso -dijo He

Randall esperó hasta que se hubo ido el «Porsche», y entonces se encaminó hacia el vestíbulo del «Frankfurter Hof». Se dirigía a la mesa del Portier para preguntar si había algún mensaje, cuando de repente se paró en seco.

Un hombre delgado, que con gesto preocupado acariciaba su barba a lo Van Dyke, se dirigía directamente hacia el Portier. Era Cedric Plummer en persona.

Primero en Maguncia y ahora aquí.

El antiguo relato de Maugham relampagueó en la mente de Randall.

El criado del mercader en Bagdad: «Amo, precisamente ahora, cuando estaba yo en la plaza del mercado, me dio un empellón una mujer en la multitud y cuando me volví vi que era la Muerte la que me había empujado. Me miró y me hizo un gesto amenazador… así que, préstame tu caballo… iré a Samarra y allí la Muerte no me hallará.»

Y después, el mismo día, cuando el mercader halló a la Muerte en la plaza del mercado y le preguntó por qué le había hecho un gesto amenazador a su criado, la Muerte replicó: «No era un gesto amenazador, era sólo de sorpresa. Me asombró verlo en Bagdad, teniendo cita con él esta noche en Samarra.»

El recuerdo no tenía sentido, y sin embargo…

Randall esperó vigilante.

Cedric Plummer había llegado a la mesa del Portier y, encorvando un dedo, había llamado a un empleado.

Rápidamente, Randall avanzó detrás de Plummer, lo pasó, de espaldas a él y con el rostro vuelto, y caminó rápido hacia el ascensor.

Sin embargo, el evitar que lo viera el periodista inglés no impidió que alcanzara a oír la imperativa y aguda voz de Plummer:

– Guter Herr, yo soy Cedric Plummer…

– Sí, señor Plummer.

– …y si hay llamadas para mí, sepa que estaré de vuelta dentro de una hora. Tengo una cita de negocios a las cinco en el bar del «Hotel Intercontinental». Si recibo algún mensaje urgente, allí me puede localizar.

Un escalofrío de temor recorrió a Randall, quien continuó hacia el ascensor. Al llegar, se detuvo y miró por encima del hombro. Plummer no se veía por ningún lado.

En el ascensor, Randall hizo sus cálculos.

Karl He

Bien sumado: coincidencia.

Mejor sumado: conspiración.

Restando lo que He

Y repitiendo la suma: la cuenta no salía.

De momento decidió dejar el problema sin resolver. Volvería a Amsterdam esa misma noche y a continuación (no más trabajo esa noche; iba a ver a Ángela, se moría por verla), mañana, y los días siguientes, tendría a Karl He

La limusina «Mercedes-Benz» y Theo lo estaban esperando cuando Randall llegó al Aeropuerto Schiphol, en Amsterdam, tras el corto vuelo desde Frankfurt.