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La luz del mediodía desvelaba un rastro de pisadas a lo largo de la línea de la marea, muescas en una lámina blanca; sobre el mar, los mástiles lejanos del puerto parpadeaban como espejismos.
En medio de una blanca inmensidad de arena fina como el polvo, Irene y Ha
– ¿Por qué la llaman la Playa del Inglés? -preguntó Irene, contemplando la extensión desolada que mediaba entre el pueblo y el cabo.
– Aquí vivió, durante años, un viejo pintor inglés, en una cabaña. El pobre tenía más deudas que pinceles. Regalaba cuadros a la gente del pueblo a cambio de comida y ropa. Murió hace tres años. Lo enterraron aquí, en la playa donde había pasado toda su vida -explicó Ha
– Si a mí me dejasen elegir, también me gustaría que me enterrasen en un lugar como éste.
– Alegres pensamientos -bromeó Ha
– Pero no tengo prisa -puntualizó Irene, al tiempo que su mirada reparaba en la presencia de un pequeño velero que surcaba la bahía a un centenar de metros de la costa.
– Ufff… -murmuró su amiga-o Ahí está: el marinero solitario. No ha sido capaz ni de esperar un día a coger su velero.
– ¿Quién?
– Mi padre y mi primo llegaron ayer del barco -explicó Ha
Irene oteó el mar y observó el velero surcando la bahía.
– Es mi primo Ismael. Se pasa media vida en ese velero, al menos cuando no trabaja con mi padre en el muelle. Pero es un buen chico… ¿Ves esta medalla?
Ha
– Es un regalo de Ismael…
– Es preciosa -dijo Irene, observando detalladamente la pieza.
Ha
– Sobre todo, no le preguntes por el velero -advirtió Ha
– Es cosa de familia…
Ha
– Se acepta. Pero si yo te parezco parlanchina, espera a conocer a mi madrina. El resto de la familia parecemos mudos a su lado.
– Seguro que me encantará conocerla.
– Ja -replicó Ha
El velero de Ismael cortó limpiamente la línea del rompiente y la quilla del bote se insertó en la arena como una cuchilla. El joven se apresuró a aflojar el aparejo y arrió la vela hasta la base del mástil en apenas unos segundos. Práctica, evidentemente, no le faltaba. Tan pronto saltó a tierra firme, Ismael dedicó a Irene una involuntaria mirada de pies a cabeza cuya elocuencia no desmerecía de sus artes navegatorias. Ha
– Ismael, ésta es mi amiga Irene -anunció amablemente-, pero no hace falta que te la comas.
El chico propinó un codazo a su prima y tendió su mano a Irene:
– Hola…
Su escueto saludo iba unido a una sonrisa tímida y sincera. Irene estrechó su mano.
– Tranquila, no es tonto; es su manera de decir que está encantado y todo eso -matizó Ha
– Mi prima habla tanto que a veces creo que va a gastar el diccionario -bromeó Ismael-. Supongo que ya te ha comentado que no debes preguntarme por el velero…
– Lo cierto es que no -contestó cautamente Irene.
– Ya. Ha
– Las redes y los aparejos tampoco se te dan mal, pero donde esté el velero, primo, agua fresca.
Irene asistió divertida al duelo de puyas con que ambos se complacían en batallar. No parecía haber malicia en ello o, al menos, ni más ni menos que la necesaria para añadir una pizca de pimienta a la rutina.
– Tengo entendido que os habéis instalado en la Casa del Cabo -dijo Ismael.
Irene se concentró en el muchacho y realizó su propio retrato. Unos dieciséis años, efectivamente; su piel y sus cabellos acusaban el tiempo que había pasado en el mar. Su constitución revelaba el duro trabajo en los muelles, y sus brazos y sus manos estaban estampados con pequeñas cicatrices, poco habituales en. los muchachos parisinos. Una cicatriz, más larga y pronunciada, se extendía a lo largo de su pierna derecha, desde poco más arriba de la rodilla hasta el tobillo. Irene se preguntó dónde habría conseguido semejante trofeo. Por último, reparó en sus ojos, el único rasgo de su apariencia que se le antojaba fuera de lo común. Grandes y claros, los ojos de Ismael parecían dibujados para esconder secretos tras una mirada intensa y vagamente triste. Irene recordaba miradas como aquélla en los soldados sin nombre con los que había compartido tres escasos minutos al compás de una banda de cuarta categoría, miradas que ocultaban miedo, tristeza o amargura.
– Querida, ¿estás en trance? -la interrumpió Ha
– Estaba pensando que se me hace tarde. Mi madre estará preocupada.
– Tu madre estará encantada de que la dejéis unas horas en paz, pero allá tú -dijo Ha
– Puedo acercarte con el velero si quieres -ofreció Ismael-. La Casa del Cabo tiene un pequeño embarcadero entre las rocas.
Irene intercambió una mirada inquisitiva con Ha
– Si dices que no, le rompes el corazón. Mi primo no invitaría a su velero ni a Greta Garbo.
– ¿Tú no vienes? -preguntó Irene, algo azorada.
– No subiría a ese cascarón ni aunque me pagasen. Además, es mi día libre y esta noche hay baile en la plaza. Yo que tú lo pensaría. Los buenos partidos están en tierra firme. Te lo dice la hija de un pescador. Pero no sé qué digo. Anda, ve. Y tú, marinero, más te vale que mi amiga llegue entera a puerto. ¿Me has oído?
El velero, que al parecer se llamaba Kyaneos, según rezaba la leyenda sobre el casco, se hizo a la mar mientras sus velas blancas se expandían al viento y la proa cortaba el agua rumbo al cabo.
Ismaelle dirigía tímidas sonrisas a la chica entre maniobra y maniobra, y sólo tornó asiento junto al timón una vez que el bote hubo adquirido un rumbo estable sobre la corriente. Irene, aferrada a la banqueta, dejó que su piel se impregnase con las gotas de agua que la brisa lanzaba sobre ellos. Para entonces, el viento los empujaba con fuerza, y Ha