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Andaba Irene ya concentrada en decidir qué ropa ponerse para salir a disfrutar de aquel día robado de algún sueño, cuando una voz desconocida, acelerada y zumbona llegó a sus oídos desde el piso inferior. Dos segundos de atenta escucha revelaron el timbre calmado y templado de su madre conversando o, mejor dicho, intentando colocar monosílabos entre los escasos resquicios que su interlocutora dejaba escapar.

Mientras se vestía, Irene trató de dilucidar el aspecto de aquella persona a través de su voz. Desde pequeña, éste había sido uno de sus pasatiempos predilectos. Escuchar una voz con los ojos cerrados y tratar de imaginar a quién pertenecía: determinar su estatura, su peso, su rostro, su carácter…

Esta vez su instinto dibujaba una mujer joven, de poca estatura, nerviosa y saltarina, morena y probablemente de ojos oscuros. Con tal retrato en mente, decidió bajar al piso inferior con dos objetivos: saciar su apetito matutino con un buen desayuno y, lo más importante, saciar su curiosidad respecto a la dueña de aquella voz.

Tan pronto puso los pies en la sala de la planta baja, comprobó que sólo había cometido un error: los cabellos de la muchacha eran pajizos. El resto, clavado en la diana. Así fue como Irene conoció a la pintoresca y dicharachera Ha

Simone Sauvelle hizo lo posible por corresponder con un delicioso desayuno a la cena que la noche anterior Ha

Entre tostada y tostada, Ha

Escuchar a Ha

– ¿Qué tal si damos un paseo las dos y te enseño el pueblo? -preguntó Ha

Irene y su madre intercambiaron una mirada. -Me encantaría -respondió finalmente la joven.

Una sonrisa de oreja a oreja cruzó el rostro de Ha

– No se preocupe, madame Sauvelle. Se la devolveré sana y salva.

De este modo, Irene y su nueva amiga salieron disparadas por la puerta rumbo a la Playa del Inglés, mientras la calma regresaba lentamente a la Casa del Cabo. Simone tomó su taza de café y salió al porche a saborear la tranquilidad de aquella mañana. Dorian la saludó desde los acantilados.

Simone le devolvió el saludo. Curioso muchacho. Siempre solo. No parecía interesado en hacer amigos o no sabía cómo hacerlos. Perdido en su mundo y sus cuadernos, sólo el cielo sabía qué pensamientos ocupaban su mente. Apurando su café, Simone echó un último vistazo a Ha

La educación de la familia Sauvelle en los misterios y las sutilezas de la vida en un pequeño pueblo costero ocupó la mayor parte de aquel primer mes de julio en Bahía Azul. La primera fase, de choque cultural y desconcierto, duró una semana larga. Durante esos días, la familia descubrió que, a excepción del sistema métrico decimal, los usos, normas y peculiaridades de Bahía Azul no tenían nada que ver con los de París. En primer lugar estaba el tema del horario. En París no sería aventurado afirmar que por cada mil habitantes podían encontrarse otros tantos miles de relojes, tiranos que organizaban la vida con capricho militar. En Bahía Azul, sin embargo, no había más hora que la del sol. Ni más coches que el del doctor Giraud, el de la gendarmería y el de Lazarus. Ni más… La sucesión de contrastes era infinita. Y en el fondo, las diferencias no radicaban en los números, sino en los hábitos.

París era una ciudad de desconocidos, un lugar donde era posible vivir durante años sin conocer el nombre de la persona que vivía al otro lado del rellano. En Bahía Azul, en cambio, era imposible estornudar o rascarse la punta de la nariz sin que el acontecimiento tuviese amplia cobertura y repercusión en toda la comunidad. Ése era un pueblo donde los resfriados eran noticia y donde las noticias eran más contagiosas que los resfriados. No había diario local, ni falta que hacía.

Fue misión de Ha

Ha

Los Sauvelle no tardaron en comprender que la economía del pueblo se decantaba hacia una versión peculiar del capitalismo parisino. El horno vendía barras de pan, aparentemente, pero la era de la información ya había empezado en la trastienda. Monsieur Safont, el zapatero, arreglaba correas, cremalleras y suelas, pero su fuerte y el gancho para sus clientes era su doble vida como astrólogo y sus cartas astrales…

El esquema se repetía una y otra vez. La vida parecía tranquila y sencilla, pero al mismo tiempo tenía más dobleces que un visillo bizantino. La clave estaba en abandonarse al ritmo peculiar del pueblo, escuchar a sus gentes y dejar que ellas los guiasen a través de los ceremoniales que todo recién llegado debía completar, antes de poder afirmar que residía en Bahía Azul.