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De este modo, todas las mañanas Simone iniciaba su jornada despachando la correspondencia que había de salir y repartiendo meticulosamente la recibida, tal y como Lazarus le había explicado. Una pequeña nota, apenas una hoja de papel doblada, le permitía tener a mano un rápido recordatorio de todas las rarezas que Lazarus entrañaba. Todavía recordaba su tercer día, cuando estuvo a punto de abrir accidentalmente una de las cartas enviadas desde Berlín por el tal Daniel Hoffma
Los envíos de Hoffma
Simone había acudido de buena mañana al estudio de Lazarus para dejar sobre su escritorio una serie de facturas y pagos que habían llegado. Prefería hacerlo en las primeras horas del día, antes de que el fabricante de juguetes acudiese a su estudio, para evitar interrumpido e importunado más tarde. El difunto Armand tenía el hábito de empezar su jornada revisando pagos y facturas. Mientras pudo.
El caso es que, aquella mañana, Simone entró como era habitual en el estudio y advirtió el olor de tabaco en el aire, lo que hacía suponer que Lazarus se había quedado hasta tarde la noche anterior. Estaba depositando los documentos en el escritorio cuando observó que había algo en el hogar, humeando entre las brasas de la madrugada. Intrigada, se acercó hasta allí y trató de dilucidar con el atizador de qué se trataba. A primera vista, el objeto parecía un fajo de papeles atados que el fuego no había conseguido devorar por completo. Estaba a punto de abandonar la sala cuando, entre las brasas, distinguió claramente el escudo lacrado sobre el fajo de papel. Cartas. Lazarus había echado al fuego las cartas de Daniel Hoffma
El repiqueteo de la lluvia arañando en los cristales despertó a Ha
A la luz del día, la casa de Lazarus Ja
Lazarus dormía en una de las habitaciones del ala oeste, contigua a la de su esposa. Al margen de ellos dos y de la propia Ha
Apenas había cerrado los párpados de nuevo cuando oyó por primera vez aquel sonido, un impacto regular amortiguado por la lluvia. Ha
El sonido llegó de nuevo a sus oídos y la mirada de Ha
Antes de que el miedo la disuadiera de su deber, se enfundó una bata y unas zapatillas. No había luz, así que tomó uno de los candelabros y prendió la llama de las velas. Su parpadeo cobrizo trazó un halo fantasmal a su alrededor. Ha
Cerró la puerta de su habitación a su espalda y se enfrentó a la fuga infinita del pasillo que se adentraba en las sombras. Alzó el candelabro y penetró en el corredor, flanqueado por las siluetas suspendidas en el vacío de los juguetes aletargados de Lazarus. Ha
Ha
Unos metros más allá, el torso del hombre de las máscaras oscilaba de un lado a otro. El autómata deshojaba su rostro invisible una y otra vez, descubriendo diferentes máscaras. Ha
Con este pensamiento tranquilizador en mente, dobló el extremo del corredor que conducía al ala oeste. La pequeña orquesta en miniatura del Maestro Firetti reposaba a un lado del pasillo. Por una moneda, las figuras de la banda interpretaban una peculiar versión de la Marcha turca de Mozart.
Ha
La ventana golpeaba al otro lado de la puerta. El aliento helado de la noche se filtraba entre las junturas de ésta, acariciando su piel. Ha
Una bocanada de aire gélido la envolvió, selló la puerta a sus espaldas con violencia y extinguió las llamas de las velas. Las cortinas de gasa ondeaban impregnadas de lluvia como mortajas al viento. Ha