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Tras varias llamadas infructuosas, se duchó, se secó su cabello perfectamente teñido, canoso, y se enfundó su nuevo esmoquin de Armani. La cinturilla le iba un poco ajustada, tal vez necesitaba una 44, una talla más que en los tiempos en los que Bria

Si se hubiera tratado de cualquier otra fiesta, él, el gran Carl Trudeau, simplemente se habría excusado aduciendo una indisposición. Siempre hacía lo que le venía en gana y si decidía saltarse una fiesta sin miramientos en el último minuto, pues ¿qué coño?, lo hacía y punto. Sin embargo, no se trataba de un acto cualquiera.

Bria

El plato fuerte de la noche, al menos para algunos, sería la subasta de una obra de arte. Todos los años, el comité encargaba a un pintor o escultor «emergente» la creación de una obra para la ocasión y por lo general solían desembolsar más de un millón de dólares por el resultado. La pintura del año anterior había sido una visión desconcertante de un cerebro humano después de recibir un disparo, y se había vendido por seis millones. La obra de ese año era una triste pila de arcilla negra con varillas de bronce que se alzaban para dibujar vagamente la silueta de una joven. Llevaba el sorprendente título de Abused I melda y se habría muerto de asco en una galería de Duluth si no fuera por el escultor, un torturado genio argentino del que se rumoreaba que estaba al borde del suicidio, un triste destino que doblaría al instante el valor de sus creaciones, algo que no se le había pasado por alto a los espabilados inversores en arte neoyorquinos. Bria

Carl sabía que se esperaba de él que comprara ese maldito cachivache y rezaba para que a nadie más le diera por pujar. Además, si al final acababa siendo su dueño, contaba con que el suicidio no se hiciera esperar.

Valentino y ella salieron del vestidor. Los peluqueros se habían ido y Bria

– Deslumbrante -dijo Carl, y no mentía.

A pesar de que se le marcaban todos los huesos, seguía siendo una mujer muy bella. Su pelo tenía prácticamente el mismo aspecto que cuando lo había visto a las seis de la mañana al ir a despedirse con un beso, mientras ella daba sorbos al café. Ahora, mil dólares después, apenas sabía apreciar la diferencia.

En fin, conocía muy bien el precio de los trofeos. El contrato prematrimonial le concedía a Bria

– Vaya por Dios, se me ha olvidado darle un beso a Sadler -comentó Bria

– Estará bien -contestó Carl, a quien también se le había pasado por alto despedirse de su hija.

– Me siento fatal -insistió Bria

Llevaba abierto el largo abrigo negro de Prada, de modo que sus fabulosas piernas dominaban el asiento trasero. Todo era piernas, desde el suelo a las axilas. Piernas sin adornos de medias, ropa, ni nada. Piernas para Carl, para que las observara, admirara, tocara y acariciara. A Bria

Carllas acarició porque eran bonitas, pero le habría gustado decir algo como: «Están empezando a parecer palos de escoba».

Lo dejó pasar.

– ¿ Se sabe algo del juicio? -preguntó Bria

– El jurado nos ha dejado fuera de combate -contestó.

– Lo siento.

– No pasa nada.

– ¿Cuánto?

– Cuarenta y un millones.

– Paletos ignorantes.

Carl apenas le había contado nada del misterioso y complejo mundo del Trudeau Group. Bria

Bria

El edificio del MuAb se encontraba a unas cuantas manzanas hacia el sur, entre la Quinta y Madison. A medida que iban acercándose, empezaron a ver los destellos de cientos de cámaras disparándose sin cesar. Bria

– Dios, cómo odio a esa gente -dijo.

– ¿A quién?

– A todos esos fotógrafos.

Carl se rió por lo bajo ante aquella flagrante mentira. El coche se detuvo y uno de los encargados, ataviado con un esmoquin, abrió la puerta al tiempo que las cámaras se abalanzaban sobre el Bentley negro. El gran Carl Trudeau salió con semblante serio, seguido por las piernas. Bria

Atravesaron la alfombra roja con los brazos entrelazados, haciendo caso omiso de un puñado de periodistas, uno de los cuales tuvo la audacia de gritar: «Eh, Carl, ¿ algún comentario sobre el veredicto de Mississippi?». Carl no lo oyó, o fingió no haberlo oído; sin embargo, aceleró el paso ligeramente y al cabo de unos instantes ya habían entrado para lidiar en una plaza tal vez menos peligrosa. Eso esperaba. Los recibieron gente contratada para atender a los invitados; se llevaron sus abrigos; les sonrieron, aparecieron fotógrafos más cordiales; encontraron a viejos amigos y en un abrir y cerrar de ojos estaban perdidos en medio de una agradable amalgama de gente rica que fingía disfrutar de su mutua compañía.

Bria

– Carl, viejo amigo, he oído que llegan malas noticias desde el sur -lo saludó, con voz atronadora.