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Nuestro galope duró dos horas. Por suerte, sin obstáculos, a excepción de los pedregones en el camino, restos del despeje del mismo a causa del corrimiento de tierras. Una pared blanca de dos metros de altura nos cortó el camino. La pared contorneaba un bosque o parque y se extendía a varios kilómetros, pues el final no se veía. Allí, donde la pared se dirigía hacia el norte perpendicularmente al mar, nos esperaba un hombre vestido con el mismo traje de máscaras de nuestros acompañantes, de un terciopelo que una vez fue verde, con las botas de montar rojas por el uso, como las de nuestros acompañantes, y con un gorro sin plumas, pero adornado con una hebilla de cobre brillante. Llevaba su brazo derecho en un cabestrillo hecho de trapos -quizás de una camisa vieja- y en el ojo derecho, una cinta negra. Su rostro me parecía familiar. Aunque no era eso lo que me inquietaba, sino la espada que pendía del cinturón. No acertaba a comprender de qué siglo había surgido este D'Artagnan, más parecido, sin embargo, a un espantajo que al héroe predilecto de nuestra infancia.

Los jinetes, presurosos, apearon a Zernov del caballo. Este, incapaz de sostenerse sobre sus piernas, cayó de bruces sobre la yerba del camino. Quise ayudarle, pero la mirada severa del tuerto me detuvo.

– ¡Levántese! -ordenó a Zernov-. ¿No puede levantarse?

– No puedo -respondió gimiendo Zernov.

– ¿Qué hacer con usted? -inquirió pensativo, y se dio la vuelta hacia mí-. Estoy seguro de que le he visto en algún lugar.

Ipso facto, le reconocí: era Mongeusseau, el interlocutor del director de cine italiano en el restaurante del hotel. Mongeusseau, el floretista y espadachín, el campeón Olímpico y la primera espada de Francia.

– ¿Dónde los encontró? -le preguntó al de bigotes negros.

– En el camino. ¿No son ellos?

– ¿Acaso no lo ve? ¿Qué hacer con éstos? -repitió pensativo-. Con éstos no seré ya Bo

Una nubécula roja surgió sobre el camino. De ella apareció primero una cabeza y tras ella, un individuo vestido con un pijama negro de seda. Reconocí al director Carresi.

– Usted es Bo

– Tengo mi propia memoria -prorrumpió el tuerto.

– Entonces, apáguela, desconéctela. Olvídese de todo lo que no tenga relación con la película.

– ¿Y acaso ellos tienen relación con la película? -preguntó el tuerto, en tanto que hacía un gesto en dirección a nosotros-. ¿Lo previo usted?

– No, naturalmente. Esta es la acción de una voluntad ajena. Soy impotente para retirarlos. Pero usted, Bo

– ¿Cómo?

– Como un héroe de Balzac que creara libremente la trama. Mi pensamiento sólo le dirige. Usted es el dueño de la trama. Bo

– Como zurdo no me permitirán ni tomar parte en los concursos.

– Como zurdo, a Mongeusseau, en nuestra época, no le dejarían participar en los concursos. Pero usted es el zurdo Bo

– Combatiré como un escolar.

– No, combatirá como un tigre.

La niebla se espesó nuevamente, se tragó al director y se disipó. Bo

– Tírenlo a través de la pared -les dijo, señalando con un gesto a Zernov, que yacía sobre la yerba-. Dejen que Savari mismo lo cure.

– ¡Esperad! -grité.

Pero la aguda espada de Bo

– Preocúpese de su propio pellejo -pronunció él en tono aleccionador.

Zernov, sin dar un solo grito, voló por encima de la pared.

– Asesino -proferí.

– No le ocurrirá nada -afirmó sonriendo Bo

– ¿Contra usted? Tiene gracia.

– ¿Por qué?

– Porque usted es Mongeusseau, el campeón de Francia.

– Se equivoca. Soy Bo

– No trate de engañarme. Oí la conversación que tuvo con el director.

– ¿Con quién? -inquirió sin comprender.

Le miré a los ojos: no fingía, realmente no entendía nada.

– Eso se lo ha figurado usted.

Era inútil discutir, pues ante mí se encontraba un fantasma privado de memoria propia. Por él pensaba el director.

– ¡Defiéndase! -repitió severo. Le di la espalda:

– ¿Cuál es la razón? ¡Ni pienso en ello!

La punta de su espada se clavó en mi espalda, pero no profunda, sino levemente, penetrando en la cazadora, aunque sentí su punzonada. Lo más importante era que yo no dudaba ni un solo instante de que la espada me habría atravesado en el caso de que él hubiera clavado con más fuerza. Ignoro la actitud que hubiese tenido en mi lugar otra persona, pero a mí, personalmente, no me atraía el suicidio. Porque combatir contra Mongeusseau significaba también una muerte segura. Pero no era Mongeusseau el que empuñaba la espada, sino el zurdo Bo

– ¿Se va a defender? -volvió a preguntar él.

– No tengo espada.

– ¡Capitán, entréguele su espada! -ordenó.

El de bigotes negros, algo retirado de nosotros, me tiró su espada, la que atrapé por su empuñadura.

– ¡Qué bien! -me elogió Bo

La espada era ligera y aguda como una aguja y carecía del familiar guardapuntas, que ordinariamente cubre el filo de las armas de deporte. Pero tenía, en cambio, una guarnición esférica, pulida, que protegía mi mano. Su empuñadura era también cómoda. Agité su hoja en el aire y oí el silbido que producía, el cual me trajo a la memoria aquellos días en que practicaba esgrima con mi equipo.

– L'attack de droit -dijo Bo

Traduje mentalmente: "ataque por la derecha". Bo

Lo rechacé.

– Parré -dijo. En el idioma de los esgrimistas significaba que me felicitaba por la brillante defensa.

Retrocedí un poco protegiéndome con mi espada que era más larga que la de Bo

Lo rechacé de nuevo.

– Perfecto -subrayó Bo

Su hoja, semejante a una antena fina, se acercaba de nuevo, oscilando, como si buscara algo. Sí, buscaba la ventanita abierta que pudiera aparecer en mi defensa. Nuestras hojas parecían llevar una conversación silenciosa. La mía parecía decir: "No lo lograrás; yo soy más larga. Si te inclinas, te alcanzaré". La de él parecía decir: "No te escaparás. ¿Observas cómo se acorta la distancia? Ahora atraparé tu brazo". La mía: "No tendrás tiempo para ello. Ya pendo sobre ti: soy más larga". Pero Bo

– Despojémonos de los jubones -propuso y dio un paso atrás.

Sin moverme de mi sitio, tiré la chaqueta al suelo y quedé en camisa. Me sentí más libre, pero también más indefenso.

En nuestras competiciones deportivas, usábamos habitualmente una cazadora especial, forrada con un hilo fino de metal. El contacto de la punta del florete con el metal, se registraba por un aparato eléctrico especial.

Ahora, la punta era real. Podía penetrar en la carne viva, perforar las arterias, herir gravemente y hasta matar. En verdad, si hacemos caso omiso de la maestría del esgrimista, nuestra situación era análoga, porque las espadas podían herir igualmente y nuestras camisas se abrían por igual al encuentro de la hoja mortal. Pero, ¡qué diferente era mi simple camisa rayada de su camisa de seda blanca, copia de aquella con la cual se interpreta el papel de Hamlet!