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– ¿Qué sucede? ¿Está sembrando pánico?

– ¡Y cómo!

– El sembró pánico hasta en Mirni. ¿Lo recuerdas?

– Sí, él es un tío muy difícil. No sólo a nosotros hará perder la calma. A propósito, él empleó nuestra palabrita, transmitida por Lisovski: "Jinetes del mundo incógnito".

– Pero si ese término fue inventado por ti -le recordé.

– Sí, pero, ¿quién lo difundió?

Un artículo sobre las "nubes" rosadas escrito por el corresponsal del periódico "Izvestia", Lisovski, al regresar de Mirni, había encontrado eco en todos los periódicos del mundo. En él, Lisovski empleó el término: "Jinetes del mundo incógnito". Aunque el verdadero inventor fue Anatoli, quien, al mirar las "nubes" desde la ventana del avión, gritó: "¡Jinetes! ¡Juro que son jinetes!".

– ¿De dónde llegaron? -inquirió alguien.

– ¿Crees que lo sé? Del mundo incógnito.

A la sazón Lisovski repitió en voz alta:

– Jinetes del mundo incógnito. Como título del artículo no está mal.

Al rememorarlo, Tolia y yo nos miramos. Eso fue exactamente lo que sucedió.

Capítulo 10 – El avión fantasma

¿Y qué sucedió realmente?

Nuestro avión a reacción volaba desde el aeródromo helado de Mirni en dirección a las costas sureñas del continente africano. Bajo nosotros flotaba la bruma blanquecina de las nubes, semejantes a un campo nevado cerca de una estación de ferrocarril sombreado por el hollín de las locomotoras. A ratos, las nubes separábanse y entre su nebulosidad surgían ventanas por las que atisbábamos el plomizo océano.

La cabina del avión la llenaban personas que habían sido familiarizadas entre sí gracias al invierno antártico: geólogos, pilotos, glaciólogos, astrónomos y aerólogos. Los acompañaban, como invitados, varios periodistas, que olvidaron posteriormente su calidad de invitados y se mezclaron con los invernantes de ayer en una masa homogénea. Los presentes charlaban, como es natural, sobre las "nubes" rosadas, aunque no con seriedad, sino de un modo humorístico, lanzando bromas y expresiones ingeniosas. En una palabra, tenía lugar una conversación amena y habitual en la que todos tomaban parte.

Los "bumerangs" rosados surgieron inesperadamente sobre las nubes, penetrando en ellas y dando saltos a guisa de jinetes, que trotaron por la estepa. Fue ésa precisamente la razón por la que los compararon con jinetes, a pesar de que podían ser parangonados con cualquier cosa, debido a sus constantes cambios de forma, muy a menudo por causas desconocidas para nosotros. Lo mismo ocurrió ahora. Seis o siete -no recuerdo la cantidad- "bumerangs" remontáronse a nuestro encuentro, tomaron el aspecto de buñuelos, ensombreciéronse y cubrieron el avión con un capullo purpúreo impenetrable. Para suerte nuestra, el piloto continuó conduciendo el avión como si no hubiera sucedido nada. Tal vez se dijo para sí: "Si esto es un capullo, ¡volemos por el capullo!"

En el compartimiento de pasajeros imperaba un silencio sepulcral. Todos aguardaban algo y, temerosos, se miraban mutuamente sin osar articular palabras. La niebla roja penetraba ya en el compartimiento a través de las paredes del avión. Nadie sabía de qué modo lo hacía. Daba la impresión de que para esta niebla no existían obstáculos sólidos, o que ella misma era inmaterial, ilusoria y creada por nuestra mente. Pronto la niebla ocupó todo el compartimiento y sólo una extraña sombra purpúrea más intensa nos hacía notar a los pasajeros vecinos. "¿Comprende usted algo?" oí la voz de Lisovski desde el otro lado del pasillo. Le respondí a modo de pregunta: "¿No le parece a usted que alguien mira su cerebro y atraviesa su cuerpo de lado a lado?". Guardó silencio por un momento, quizás pensando que yo me había vuelto loco a causa del terror; luego inquirió tartamudeando: "N

Lamentablemente, todo lo que sucedió posteriormente no pudo ser fotografiado por nadie. A Lisovski se le terminó el rollo de la cámara de películas, y yo no recordé a tiempo sobre la existencia de mi cámara de filmar, tanto más que ésta se encontraba en su estuche y era difícil prepararla a tiempo. Ante nosotros se desarrollaba velozmente un milagro aéreo cuyos creadores eran invisibles. El familiar capullo de color de frambuesa envolvió al avión-doble, se alargó enrojeciéndose y tornándose violeta, hasta que finalmente se desvaneció. No quedó nada: ni el avión ni el capullo, solamente la misma bruma blanquecina allá abajo.

El piloto entró en el compartimiento de pasajeros y tímidamente inquirió:

– ¿Podría alguien explicar lo que acaba de suceder?

Nadie respondió. El piloto esperó un rato y luego en tono irónico prosiguió:

– Señores científicos, ¿qué ha ocurrido? ¿Un fenómeno inexplicable? ¿Un milagro? Los milagros no existen.

– Por lo tanto, existen -respondió alguien.

Todos se rieron. Entonces Lisovski se dirigió a Zernov:

– Tal vez el camarada Zernov pueda explicarlo.

– Yo no soy Dios ni tampoco el oráculo de Delfos -farfulló Zernov-. Las "nubes" fueron las creadoras del avión-doble; todos han podido verlo. Por lo demás, ignoro tanto como ustedes el motivo y el objetivo de las duplicaciones.