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En cuanto a Ibusun, el asunto fue más complicado. Cuando Shakxon exigió instalarse de inmediato en la casa, Fintan dijo: «¡Cuando nos marchemos la quemo!» Sin embargo, se impuso partir y despejarlo todo enseguida. Maou regaló muchas cosas, cajas de jabón, vajilla, provisiones. En el jardín de Ibusun se celebró una especie de fiesta, una kermesse. Por más que Maou aparentara jovialidad, todo era tristeza, pensó Fintan. Geoffroy, por su parte, se encerró en su despacho: clasificaba los papeles, los libros, quemaba sus notas como si fueran archivos secretos.
Las mujeres, envueltas en los armoniosos pliegues de sus largas vestiduras, formaban una cola delante de Maou y Marima. Ellas iban repartiendo, cada una con su lote, una cazuela, platos, jabón, arroz, mermelada, cajas de galletas, café, una sábana, un cojín. Los niños corrían en la veranda, entraban en la casa, sisaban cosillas, lapiceros, tijeras. Cortaron las cuerdas del columpio y el trapecio, se llevaron las hamacas. A Fintan no le hacía ninguna gracia. Maou se encogía de hombros: «Déjalos, ¿qué importa? Shakxon no tiene hijos.»
Hacia las cinco de la tarde concluyó la fiesta. Ibusun estaba vacío, más vacío que cuando se instaló Geoffroy, antes de la llegada de Maou. Estaba cansado. Se tumbó en el catre de tijera, el único mueble que quedaba en la habitación. Estaba pálido, la barba gris le cubría las mejillas. Con las gafas metálicas y las botas de cuero negro que calzaba, parecía un viejo soldado arrestado. Por primera vez Fintan sintió algo al mirarlo. Le apetecía quedarse a su lado, hablarle. Le apetecía mentirle, decirle que volverían, que empezarían de nuevo, que partirían río arriba hasta dar con la nueva Meroe, la estela de Arsinoe, las marcas dejadas por el pueblo de Osiris.
«Allá donde vayas iré contigo, seré tu ayudante, descubriremos los secretos, nos haremos sabios.» Fintan se acordaba de los nombres que había visto en los cuadernos de Geoffroy: Belzoni, Vivant Denon, David Roberts, Prisse d'Ave
El último día en Ibusun, Fintan salió muy temprano, antes del alba, para correr una vez más descalzo por el gran herbazal. Cerca de los castillos de las termitas, aguardó a que apareciera el sol. Todo era tan vasto; el cielo lavado por las lluvias, invadido por las volutas de las nubes. El leve sonido del viento entre la hierba, los crujidos de los insectos, las voces agudas de las pintadas, bien escondidas en algún rincón entre los árboles. Fintan aguardó un largo rato, sin moverse.
Oyó incluso el cercano deslizamiento de una serpiente entre las hierbas, con su lento zumbido de escamas. Fintan le habló en voz alta, como hacía Bony: «Serpiente, estás en tus dominios, esta es tu casa, déjame pasar.» Cogió un poco de tierra roja y se embadurnó la cara, la frente, las mejillas.
Bony no se presentó. Después de la revuelta de los forzados no quería volver a ver a Fintan. Entre los fusilados en la reja por el destacamento del teniente Fry figuraban su hermano mayor y su tío. Un día se cruzaron en la carretera de Oraerun. Bony mostraba un semblante hermético, unos ojos indistintos tras los oblicuos párpados. No dijo palabra, ni le arrojó una sola piedra, ni le dirigió el menor insulto. Pasó, y a Fintan lo embargó el bochorno. También la rabia, y le asomaban lágrimas en los ojos, porque lo que habían hecho Simpson y el teniente Fry no era culpa suya. Los odiaba tanto como Bony. Dejó que se fuera. Pensó: «Si matara a Simpson, ¿me reconciliaría con Bony?» Entonces se llegó hasta la casa blanca cercana al río. Vio la reja deformada, donde corrió la sangre e impregnó el lodo. El gran boquete de la piscina semejaba una tumba inundada. El agua era fangosa, color sangre. Dos soldados armados con fusiles montaban guardia ante el portón. Pero la casa parecía extrañamente vacía, abandonada. De pronto comprendió Fintan que Gerald Simpson no tendría nunca su piscina. Después de lo ocurrido ya no vendría nadie a excavar la tierra. El gran boquete se inundaría de agua fangosa una estación tras otra, y los sapos se instalarían allí a cantar cada noche. Le dio la risa, una risa que era un modo de venganza. Simpson había perdido.
El grupo de árboles, en lo alto de la loma, se hallaba en soledad. Desde allí Fintan podía otear las casas de Omerun y, por todos los alrededores, las humaredas de las demás aldeas, que ascendían en el frío aire de la mañana. Era un día como cualquier otro en su comienzo. Se oían voces, ladridos de perros. El tintineo agudo del martillo del herrero, los sordos golpes de los mazos triturando el mijo. A Fintan le daba la impresión de aspirar el excelente aroma de lo que cocinaban, el pescado frito, el ñame asado, el fufú. Era la última vez. Caminó con lentitud hacia el río. El primer embarcadero estaba desierto. Las podridas tablas se desplomaban una tras otra, dejando a la intemperie los e
Fintan se sentó en el ruidoso embarcadero a mirar el río. Debido a las lluvias estaba crecido. El agua, premiosa, en sombra, bajaba entre remolinos, arrastrando ramas arrancadas a los árboles, hojarasca, amarillenta espuma. A veces pasaba un objeto heteróclito, llegado de quién sabía dónde, una botella, una tabla, un viejo cesto, un trapo. Bony decía que era cosa de la diosa que vivía en el interior del río, se la oía respirar y gemir de noche, raptaba a los jóvenes en las orillas y los ahogaba. Fintan pensaba en Oya, en su cuerpo tendido en la oscura sala, su ronco jadeo en el momento del parto. Fintan asistió a la venida al mundo del bebé sin atreverse al menor movimiento, sin poder decir nada. Después, cuando el niño lanzó su primer berrido, un violento berrido, chirriante, saltó a cubierta a esperar a que llegaran Bony y las asistencias. Maou se encargó de acompañar a Oya hasta el dispensario, se mantuvo pendiente de ella en todo momento. Fintan no podría olvidar el modo en que Oya estrechaba en sus brazos al recién nacido mientras la trasladaban en camilla hasta el hospital. El bebé era varón, no tenía nombre. Ahora Oya se había marchado con su hijo, jamás regresaría.