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El cliente trató de abrir, descubrió que estaba cerrado y gritó.
– ¡Do
Do
El cliente atisbo por el cristal.
– Ya te veo -dijo, al descubrirla-. ¿Qué pasa?
– Respóndale -le ordenó Ro
– Estoy…, estoy enferma -dijo ella, lo bastante fuerte como para que pudiese oírse al otro lado de la puerta.
– Demonios, no puedes tener nada que no haya tenido yo ya. Abre. Sólo quiero diez dólares de gasolina y un paquete de seis de Miller Light.
– No puedo -gritó ella, con los ojos llenos de lágrimas.
– Vamos, Do
– No puedo -aclaró ella al mismo tiempo que su voz se elevaba hasta el grito-. Tiene una pistola y va a matarnos a todos. -Se dejó caer tras el mostrador.
– ¡Mierda!
Tiel no sabía quién había soltado la palabrota, pero reflejaba exactamente lo que ella pensaba. Pensaba también que si Ro
El hombre de la puerta retrocedió, luego dio un traspié, se volvió y salió corriendo hacia el coche. El vehículo dio marcha atrás, derrapando, giró y volvió a la carretera.
El anciano imploraba:
– No le hagas daño a mi mujer. Te lo suplico, no le hagas nada a Gladys. No le hagas daño a mi Gladys.
– Cállate, Vern. Estoy bien.
Ro
– ¿Por qué ha hecho esto? ¿Por qué? Ese tipo llamará a la policía. Estaremos atrapados. Por todos los demonios, ¿por qué ha hecho eso?
Se le partía la voz de frustración y miedo. Tiel supuso que estaba tan espantado como todos los demás. Incluso más. Porque, independientemente de cómo acabara solventándose la situación, tendría que enfrentarse no sólo a las consecuencias legales, sino también a la ira de Russell Dendy. Que Dios le ayudara.
El joven ordenó a la cajera que saliese de detrás del mostrador y se situara en un lugar donde él pudiera verla.
Tiel no estaba segura de que ella fuera a obedecerle. Tenía toda la atención centrada en la chica, que sufría una nueva contracción.
– Apriétame la mano, Sabra. Respira. -¿No era eso lo que se suponía que tenían que hacer las mujeres cuando se ponían de parto? ¿Respirar? Era lo que hacían en las películas. Soplaban y resoplaban y… gritaban hasta no poder más-. Respira, Sabra.
– ¡Oiga! ¡Oiga! -gritó de repente Ro
No era momento de andar provocando al irritado joven, y Tiel pretendía decirle a quien quisiera que estuviese haciéndolo que lo dejase correr. Levantó la vista, pero se calló los reproches en cuanto el vaquero se arrodilló al otro lado de Sabra.
– ¡Aléjese de ella! -Ro
Unas manos que parecían acostumbradas a manejar tachuelas y postes de alambradas acabaron posándose sobre el abdomen de la chica. Lo palparon con delicadeza.
– Puedo ayudarla. -Tenía la voz ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar, como si el polvo del oeste de Texas se hubiese acumulado en sus cuerdas vocales. Miró a Ro
– ¿Es usted médico? -preguntó Tiel.
Su mirada calmada se dirigió hacia ella y repitió:
– Puedo ayudarla.
Capítulo 3
– No la toque -dijo Ro
El hombre llamado Doc siguió presionando el abdomen de la chica.
– Está en la primera o la segunda fase del parto. Sin saber hasta qué punto está dilatada, es difícil calibrar lo cerca que está del final. Pero los dolores son frecuentes, por lo que supongo que…
– ¿Supone?
Sin hacer caso a las palabras de Ro
– ¿Es tu primer bebé?
– Sí, señor.
– Puedes llamarme Doc.
– De acuerdo.
– ¿Cuánto hace que empezaste a notar los primeros dolores?
– Al principio era una sensación rara, ¿sabe? Bueno, me imagino que no lo sabe.
Él sonrió.
– No tengo experiencia personal en el tema, no. Descríbeme qué sientes.
– Como justo antes de la regla. Más o menos.
– ¿Una presión aquí abajo? ¿Y unas punzadas muy fuertes?
– Sí. Muy fuertes. Y dolor en los ríñones. Creí que simplemente estaba cansada por llevar tanto tiempo seguido sentada en el coche, pero cada vez era peor. No quise decir nada.
Su mirada se trasladó a Ro
– ¿Cuándo empezaron los síntomas? -preguntó Doc.
– Hacia las tres de esta tarde.
– Por Dios, Sabra -gruñó Ro
Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.
– Porque habría arruinado nuestros planes. Quería estar contigo pasase lo que pasase.
– Calla. -Tiel le acarició la mano-. Si lloras te sentirás peor. Piensa en el bebé que viene en camino. Ya no puede faltar mucho. -Miró a Doc-. ¿No es eso?
– Cuando se trata de un primer hijo, nunca se sabe.
– ¿Qué supone?
– Dos, tres horas. -Se levantó para mirar a Ro
Sabra gritó con la llegada de otro dolor. Doc se agachó a su lado y monitorizó la contracción poniéndole las manos sobre el abdomen. Su brusca manera de fruncir el entrecejo alertó a Tiel hasta preocuparla.
– ¿Qué sucede? -le preguntó.
– No tiene buena pinta.
– ¿Qué?
Él hizo un movimiento negativo con la cabeza, indicando con ello que no quería comentarlo delante de la chica. Pero Sabra Dendy no era tonta. Captó su preocupación.
– Algo va mal, ¿verdad?
Hay que decir a favor de Doc que no se anduvo con rodeos.
– No va mal, Sabra. Sólo que es un poco más complicado.
– ¿Qué?
– ¿Sabes lo que significa un parto de nalgas?
Tiel se quedó sin respiración. Oyó el sonido de lamentación de Gladys.
– Es cuando el bebé… -Sabra hizo una pausa para tragar saliva-. Cuando el bebé está colocado al revés.
Él asintió solemnemente.
– Creo que tu bebé está mal colocado. No tiene la cabeza hacia abajo.
La chica empezó a sollozar.
– ¿Qué puede hacer?
– A veces no es necesario hacer nada. El bebé se da la vuelta solo.
– ¿Qué es lo peor que puede ocurrir?
Doc miró a Ro
– Se realiza una cesárea, lo que evita a la madre y el niño un parto penoso y duro. El nacimiento por vía vaginal resulta peligroso y puede poner la vida de ambos en peligro. Sabiendo esto, ¿permitirás que alguien llame a urgencias y consiga ayuda para Sabra?
– ¡No! -gritó la chica-. ¡No pienso ir a ningún hospital, no lo haré!
Doc le dio la mano.
– Tu bebé podría morir, Sabra.
– Usted puede ayudarme.
– No tengo el equipo necesario.
– Puede hacerlo de todos modos. Sé que puede.
– Sabra, escúchale, por favor -le aconsejó Tiel-. Sabe de qué habla. Un parto de nalgas podría ser extremadamente doloroso. Además podría poner en peligro la vida del bebé o causarle graves deficiencias. Por favor, pídele a Ro