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Pero Doc cogió la pistola por el cañón recortado y se la tendió a Ro
– Ésta es la fe que tengo en ti de que tomes la decisión correcta.
Ro
– Ya conoce mi decisión, Doc.
– ¿El suicidio? Eso no es una decisión. Es escaquearse por cagarse de miedo.
El chico pestañeó, sorprendido ante un lenguaje tan grosero que, de todos modos, sirvió para hacer tambalear su postura, lo que Tiel supuso que era la intención de Doc.
– No quiero hablar del tema. Sabra y yo nos hemos hecho a la idea.
– Responde al teléfono -le animó Doc, con un tono de voz tranquilo y persuasivo-. Explícales lo que ha sucedido. Han oído disparos. No saben qué demonios sucede, pero seguramente piensan lo peor. Disipa sus temores, Ro
– ¿Qué equipo de las fuerzas especiales? Está mintiendo.
– ¿Mentiría después de entregarte una pistola cargada? Creo que no. Mientras estabas distraído atando a esos mexicanos he visto a hombres tomando posiciones. El equipo de las fuerzas especiales está ahí fuera, esperando una señal de Calloway. No le des motivos para ponerlos en acción.
Ro
– Déjame responder el teléfono, Ro
– Está bien -murmuró el chico, indicándole que cogiera el teléfono.
Para ella fue una bendición responder a aquel sonido infernal.
– Tiel al habla -dijo en cuanto descolgó el auricular.
– ¿Quién ha hecho esos disparos, señorita McCoy? ¿Qué sucede ahí?
La brusquedad de Calloway transmitía la preocupación que el hombre sentía. No queriendo mantenerlo en suspense, le explicó lo más sucintamente posible cómo había acabado disparándose la pistola de Cain.
– Ha sido espantoso durante un par de minutos, pero la situación vuelve a estar controlada. Los dos hombres que han provocado la gresca están contenidos -dijo, utilizando la terminología eufemística de Doc.
– ¿Se refiere a los dos mexicanos?
– Correcto.
– ¿Están seguros?
– De nuevo correcto.
– ¿Y dónde está ahora la pistola del agente Cain?
– Doc se la ha dado a Ro
– ¿Perdón?
– Como señal de confianza, señor Calloway -dijo ella, irritada, en defensa de Doc.
El agente del FBI suspiró largamente.
– Eso es mucha confianza, señorita McCoy.
– Era lo que se tenía que hacer. Tendría que estar aquí para entenderlo.
– Al parecer, sí -dijo secamente.
Mientras hablaba con Calloway, escuchaba por el otro oído a Doc, que seguía intentando convencer a Ro
Calloway preguntó:
– ¿No cree que el chico supone un peligro?
– En absoluto.
– ¿Corre peligro alguno de los rehenes?
– En este momento no. Pero no puedo predecir lo que pasará si esos tipos con chaleco antibalas asaltan esto.
– No pretendo dar la orden.
– ¿Entonces por qué están aquí? -Calloway permanecía sin hablar y Tiel tuvo la incómoda e inconfundible sensación de que le ocultaba algo, algo importante. Señor Calloway, ¿hay algo que debería saber…?
– Hemos tenido un cambio de actitud.
– ¿Lo dejan y se van? -En aquel momento era su más profundo deseo.
Calloway ignoró su impertinencia.
– El vídeo ha sido efectivo. Se alegrará de saber que ha conseguido exactamente lo que usted esperaba. El señor Dendy ha acabado conmoviéndose con las palabras de su hija y está dispuesto a hacer concesiones. Quiere que todo esto acabe pacíficamente y sin daños. Igual que todos. ¿Cuál es el estado de ánimo actual de Ro
– Doc está trabajando con él;
– ¿Qué tal responde?
– Favorablemente, creo.
– Bien. Eso es bueno.
Parecía aliviado y, una vez más, Tiel tuvo la impresión de que el agente federal le ocultaba algo que ella no sabía.
– ¿Cree que aceptará una rendición total?
– Ya ha especificado las condiciones bajo las que se rendiría, señor Calloway.
– Dendy aceptará que esto ha sido una huida y no un secuestro. Naturalmente, el resto de cargos seguiría ahí.
– Y se les debe permitir quedarse con la niña.
– Dendy lo ha dicho hace unos minutos. Si Davison está de acuerdo con estos términos, tendrá mi garantía personal de que no se utilizará ningún tipo de fuerza.
– Voy a transmitir el mensaje y le digo algo.
– Estaré esperando.
Colgó. Ro
Las prioridades de Tiel habían cambiado en el transcurso de las últimas horas. Había sido un cambio gradual, y hasta aquel momento ni siquiera se había dado cuenta de que se había producido. El reportaje se había convertido en un tema secundario. ¿En qué momento había pasado a un segundo plano? ¿Cuando vio la sangre de Sabra en sus manos enguantadas? ¿Cuando Juan amenazó la frágil vida de Katherine?
La gente que constituía aquel reportaje había pasado a ser para ella mucho más importante que el reportaje en sí. Producir un relato exclusivo de aquel drama, con el que podía ganar premios y asegurarse un puesto, ya no era un objetivo tan vital como antes. Lo que ahora deseaba era una resolución que celebrar, no que lamentar. Si fallaba…
No podía hacerlo, así de simple.
– La acusación de secuestro ha sido retirada -le explicó a Ro
– Es un buen trato, Ro
– Yo…
– No, no lo hagas.
Sabra habló casi como un lamento. De un modo u otro, había conseguido ponerse en pie. Estaba apoyada contra el cajón congelador para mantenerse derecha. Tenía los ojos hundidos y su figura carecía de color. Parecía como si un maquillador de teatro se hubiera aplicado para conseguir el aspecto de un personaje saliendo del ataúd.
– Es una trampa, Ro
Doc corrió hacia ella para ayudarla.
– No lo creo, Sabra. Tu padre ha respondido al mensaje que le has enviado a través del vídeo.
Se aferró a Doc agradecida, pero sus adormilados ojos imploraban a Ro
– Si me quieres, no accedas a esto. No saldré de aquí hasta que sepa que estaré contigo para siempre.
– ¿Y tu bebé, Sabra? -preguntó Tiel-. Piensa en la pequeña.
– La coge usted.
– ¿Qué?
– La saca fuera. La entrega a alguien que se haga cargo de ella. Independientemente de lo que a nosotros nos suceda, a Ro
Tiel miró a Doc con la esperanza de que fuese su fuente de inspiración, pero su expresión era desalentadora. Parecía sentirse tan inútil como ella.
– Eso es, entonces -declaró Ro