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Tiel había visto con incredulidad cómo el doctor Scott Cain extraía rápidamente una pistola de una pistolera que llevaba en el tobillo y apuntaba con ella a Ro

– ¡FBI! ¡Suelta el arma!

Sabra había gritado.

Doc había seguido maldiciendo a Cain.

– ¡Llevamos todo este tiempo esperando un médico! -gritó-. ¡Y nos traen esto! ¿Qué tipo de trampa estúpida es ésta?

Tiel se había puesto en pie rápidamente y suplicaba:

– No, por favor. No dispare. -Había temido ver caer a Ro

– ¿No es médico? -había chillado el desesperado joven-. Nos prometieron un médico. Sabra necesita un médico.

– ¡Suelta el arma, Davison! ¡Ahora mismo!

– Maldita sea, qué pérdida de tiempo. -Doc tenía las venas del cuello hinchadas de rabia. De no tener una pistola en las manos, Tiel se imaginaba que Doc le habría saltado al agente al cuello-. Esta chica tiene problemas. Un problema que pone en peligro su vida. ¿Es qué no lo han entendido, federales hijos de puta?

– Ro

– ¡No, Ro

– ¿Por qué no dejan los dos las pistolas? -Aunque el pecho de Doc seguía subiendo y bajando por la agitación, había recuperado parte de su compostura-. Nadie tiene por qué resultar herido. Podemos ser razonables, ¿no?

– No. -Ro

– Tiene razón -había dicho la chica.

– Tal vez no -había observado Doc-. Tal vez…

– ¡Contaré hasta tres para que sueltes el arma! -había gritado Cain. También él parecía resquebrajarse por la presión.

– ¿Por qué ha tenido que hacer esto? -le había gritado Ro

– Uno.

– ¿Por qué nos ha engañado? Mi novia está sufriendo. Necesita un médico. ¿Por qué nos ha hecho esto?

A Tiel no le había gustado nada la forma con que el dedo índice de Ro

– Dos.

– ¡He dicho que no! No pienso entregarla al señor Dendy.

Y justo en el momento en que Cain había gritado «Tres» y disparado su arma, Tiel había cogido una lata de chiles de la estantería más cercana y le había aporreado con ella la cabeza.

Había caído como un saco de cemento. El disparo había fallado el blanco, que era el pecho de Ro

De manera refleja, Ro

Do

Tiel, percatándose de que pretendían hacerse con la pistola del agente, la había mandado debajo de un cajón congelador de un puntapié, para que no pudieran alcanzarla.

– ¡Atrás! ¡Atrás! -les había gritado Ro

Todos se encontraban ahora como en una escena congelada, esperando a ver qué sucedía a continuación, quién sería el primero en moverse, en hablar.

Resultó ser Doc.

– Haced lo que os dice -ordenó a los dos mexicanos. Levantó la mano izquierda, con la palma vuelta hacia el exterior, indicándoles con ello que retrocedieran. Tenía la mano derecha protegiendo el hombro derecho. Y apareció sangre entre sus dedos.

– ¡Está herido! -exclamó Tiel.

Sin hacerle caso, razonó con los dos mexicanos, que evidentemente se negaban a obedecer.

– Si salís corriendo por esa puerta, seréis responsables de acabar con el estómago lleno de balas.

No comprendían ni el idioma ni la lógica, sólo la insistencia de Doc de que siguieran donde estaban. Le increparon con un trepidante español. Tiel captó varias veces la palabra «madre». Y se imaginaba el resto. Sin embargo, ambos hicieron lo que Doc les pedía y se escondieron de nuevo en su puesto original, murmurando entre sí y lanzando hostiles miradas a su alrededor. Ro

Do

– No viviré para ver amanecer mañana -gemía.

– Tal como va la suerte, es probable que sí -le espetó Gladys-. Ahora, cállese.

Como si le hubiesen puesto un tapón en la boca, los lloros de Do

– Cógete aquí, cariño. -Tiel había regresado a su puesto junto a Sabra y le daba la mano mientras pasaba la contracción.

– Sabía… -Sabra se interrumpió para jadear varias veces-. Sabía que papá no lo dejaría correr. Sabía que nos seguiría la pista.

– No pienses en él ahora.

– ¿Cómo está? -preguntó Doc, uniéndose a ellas.

Tiel le miró el hombro.

– ¿Está herido?

Él negó con la cabeza.

– La bala sólo me ha rozado. Escuece, eso es todo.

Limpió la herida con una gasa a través del desgarrón de la manga, luego la cubrió con otra gasa y le pidió a Tiel que cortará un trozo de esparadrapo. Mientras él sujetaba la gasa en su lugar, ella la aseguró con el esparadrapo.

– Gracias.

– De nada.

Hasta aquel momento, nadie había prestado atención al hombre inconsciente. Ro

– ¿Y ése?

Tiel pensó que era una muy buena pregunta.

– Seguramente seré condenado a años de prisión por hacer esto.

Doc le dijo entonces a Ro

– Te recomiendo que me dejes arrastrarlo hacia fuera, para que los colegas que tiene en esa condenada camioneta sepan que sigue vivo. Si piensan que está muerto o herido, la cosa podría ponerse fea, Ro

Ro

– No, no. -Miró a Vern y Gladys, que parecían estárselo pasando tan bien como dos personas en la montaña rusa de un parque temático-. Busquen cinta aislante -les dijo Ro

– Lo único que conseguirás si haces eso es hundirte aún más, hijo -le aconsejó Doc con delicadeza.

– No creo que pueda hundirme ya más.

La expresión de Ro

La pareja de ancianos se acercó al agente inconsciente. Cada uno de ellos lo cogió por un tobillo. Para ellos suponía un esfuerzo, pero fueron capaces de arrastrarlo lejos de la vista de Sabra, para que Tiel y Doc tuvieran más espacio para actuar.

– Me encerrarán para siempre -continuó Ro

– Entonces, acabemos con esto aquí y ahora.

– No puedo, Doc. No sin antes tener esa garantía por parte del señor Dendy.

Doc hizo un ademán en dirección a Sabra, que jadeaba con un nuevo dolor.

– Mientras tanto…

– Nos quedamos aquí -insistió el chico.

– Pero Sabra necesita un…

– ¿Doc? -dijo Tiel, interrumpiendo.

– … hospital. Y pronto. Si de verdad te preocupa el bienestar de Sabra…