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Al hablar, el vino de su estómago le hizo dar un traspié; de modo que sin hacérmelo repetir dos veces fui a él, en efecto. Y como pude, con la agilidad de mis pocos años, esquivé su acero tapándome la cara con la zurda por si me la cortaba a medio camino, y le metí un muy lindo golpe de daga de derecha a izquierda y de abajo arriba que, de haber podido alargarlo una cuarta, habría dejado al rey sin un soldado y a Valencia.sin un hijo predilecto. Pero harto afortunado salí con salirme para atrás sin daño propio, habiéndole sólo rozado a mi adversario la ingle -que era adonde tiré la cuchillada-, arrancándole una agujeta y un «Cap de Deu!» que levantó risas entre los testigos y también algún aplauso que, a modo de parco consuelo, indicó que la concurrencia estaba de mi parte.

De cualquier modo, mi ataque había sido un error; pues todos habían visto que yo no era un pobrecillo indefenso, y ahora nadie terciaba, ni iba a terciar, y hasta el camarada Jaime Correas me jaleaba encantado con mi papel en la pendencia. Lo malo era que al valenciano el golpe de daga habíale borrado el vino de golpe, y ahora, con mucha firmeza, cerraba de nuevo dispuesto a darme un piquete morcillero con la punta, lo que ya eran palabras y estocadas mayores.

De modo que, horrorizado por irme sin confesión al otro barrio, pero sin otra que elegir para mi provecho, resolví jugármela por segunda y última vez, trabándome de cerca entre la espada del valenciano y su barriga, asirme allí como pudiera, y acuchillar y acuchillar hasta que él o yo saliéramos despachados con cartas para el diablo; con el que, a falta de absolución y santos óleos, ya ingeniaría yo las explicaciones pertinentes. Y es curioso: años más tarde, cuando leí a un francés eso de «el español, decidida la estocada que ha de dar, la ejecuta así lo hagan pedazos», pensé que nadie expresó mejor la decisión que yo tomé en aquel momento frente al valenciano. Pues retuve aliento, apreté los dientes, aguardé el final de uno de los mandobles que tiraba mi enemigo, y cuando la punta de su toledana describió el extremo del arco que estimé más alejado de mí, quise arrojarme sobre él con la daga por delante. Y bien lo hubiera hecho, pardiez, de no haberme agarrado de pronto por el pescuezo y por el brazo unas manos vigorosas, al tiempo que un cuerpo se interponía frente al enemigo. Y cuando alcé el rostro, sobrecogido, vi los ojos glaucos y fríos del capitán Alatriste.

– El mozo era poca cosa para un hombre de hígados como vos.

Se había desplazado un poco el escenario, y el negocio discurría ahora por otros cauces y con relativa discreción. Diego Alatriste y el valenciano estaban cosa de cincuenta pasos más allá, al pie del terraplén de un dique que los ocultaba de la vista del campamento. Sobre el dique, alto de ocho o diez codos, los camaradas de mi amo mantenían a distancia a los curiosos. Lo hacían como quien no quiere la cosa, formando una suerte de barrera que no dejaban franquear a nadie. Eran Llop, Rivas, Mendieta y algunos otros, incluido Sebastián Copons, cuyas manos de hierro me habían sujetado en la pendencia, y junto al que yo me encontraba ahora, asomando la cabeza para ver lo que ocurría abajo, en la orilla del canal. A mi alrededor, los camaradas de Alatriste disimulaban con bastante apariencia, mirando ora a un lado ora a otro, y disuadiendo con resueltas ojeadas, retorcer de bigotes y manos en los pomos de las espadas a quienes pretendían acercarse a echar un vistazo. Para que todo transcurriese en debida forma, habían hecho venir también a dos conocidos del valenciano, por si luego era necesaria fe de testigos sobre los pormenores del reñir.

– No querréis -añadió Alatriste- que os llamen Traganiños.

Lo dijo muy helado y con mucha zumba, y el valenciano masculló un pese a tal que todos pudimos oír desde lo alto del terraplén. No quedaba en él ni rastro de vapores de vino, y se pasaba la mano izquierda por la barba y el mostacho, muy descompuesto de talante, mientras sostenía la herreruza desenvainada en la diestra. A pesar de su aspecto amenazador, del juramento y de la hoja desnuda, en el sobrescrito se le veía que no estaba del todo inclinado a batirse; pues de otro modo ya se habría arrojado sobre el capitán, resuelto a madrugarle y llevárselo por delante. Había sido arrastrado hasta allí por la negra honrilla y por el estado poco airoso de su crédito tras la pendencia conmigo; pero echaba de vez en cuando ojeadas a lo alto del terraplén, como si aún confiara en que alguien terciase antes que todo fuere a más. De cualquier modo, la mayor parte del tiempo lo dedicaba a observar los movimientos de Diego Alatriste; que muy lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, se había quitado el sombrero y ahora, siempre con movimientos despaciosos, alzaba por encima de la cabeza la bandolera con los doce apóstoles, la ponía junto al arcabuz en el suelo, a la orilla del canal, y luego empezaba a desabrocharse los pasadores del jubón, con la misma flema.

– Un hombre de hígados como vos… -repitió, fijos sus ojos en los del otro.

Al oírse tratar de vos por segunda vez, y además con tan fría guasa, el valenciano resopló furioso, miró hacia los del terraplén, dio un paso adelante y otro hacia un lado, y movió la espada de derecha a izquierda. Cuando no se aplicaba entre familiares, amigos o personas de muy diferente condición, el vos en lugar de uced o vuestra merced era fórmula poco cortés, que entre los siempre suspicaces españoles se tomaba muchas veces como insulto. Si consideramos que en Nápoles el conde de Lemos y don Juan de Zúñiga llegaron a meter mano a las toledanas, ellos y su séquito y hasta sus criados, y que ciento cincuenta aceros se desnudaron aquel día porque el uno llamó al otro señoría en vez de excelencia, y el otro al uno vuesamerced en vez de señoría, resulta fácil hacerse idea del asunto. Saltaba a la cara que el valenciano no sufría con agrado aquel voseo, y que, pese a su indecisión -era evidente que conocia de vista y de reputación al hombre que estaba frente a él-, eso no le dejaba más que batirse. El mero hecho de envainar la espada ante otro soldado que lo trataba de vos, y teniéndola como ya la tenía de modo tan fanfarrón en la mano, habría sido mucha afrenta para su reputación. Y pronunciada en castellano, la palabra reputación era entonces mucha palabra. No en balde los españoles peleamos siglo y medio en Europa arruinándonos por defender la verdadera religión y nuestra reputación; mientras que luteranos, calvinistas, anglicanos y otros condenados herejes, pese a especiar su olla con mucha Biblia y libertad de conciencia, lo hicieron en realidad para que sus comerciantes y sus compañías de Indias ganaran más dinero; y la reputación, si no gozaba de ventajas prácticas, los traía al fresco. Que siempre fue muy nuestro guiarse menos por el sentido práctico que por el orapronobis y el qué dirán. De modo que así le fue a Europa, y así nos fue a nosotros.

– Nadie os dio vela en este entierro -dijo el valenciano, ronco.

– Cierto -concedió Alatriste, como si hubiera considerado lo del entierro muy a fondo-. Pero pensé que todo un señor soldado como vos requería algo más parejo… Así que espero serviros yo.

Estaba en camisa, y los zurcidos de ésta, sus calzones remendados y las viejas botas sujetas bajo las rodillas con cuerdas de arcabuz, no disminuían un ápice su imponente apariencia. El agua del canal reflejó el brillo de su espada cuando la extrajo de la vaina.

– ¿Os place decirme vuestro nombre?

El valenciano, que se desabrochaba un justillo con tantos sietes y zurcidos como la camisa del capitán, hizo un gesto hosco con la cabeza. Sus ojos no se apartaban de la herreruza de su adversario.

– Me llaman García de Candau.

– Mucho gusto -Alatriste había llevado la mano zurda atrás, a su costado, y en ella relucía ahora también su daga vizcaína con guardas de gancho-. El mío…

– Sé cómo os llaman -lo interrumpió el otro-. Sois ese capitán de pastel que se da un título que no tiene.

En lo alto del terraplén, los soldados se miraron unos a otros. Al valenciano el vino le daba hígados, después de todo. Porque conociendo a Diego Alatriste, y pudiendo esperar librarse con una mojada de soslayo y unas semanas boca arriba, meterse en aquellas honduras era naipe fijo para irse por la posta. Así que todos quedamos expectantes, resueltos a no perder detalle.

Entonces ví que Diego Alatriste sonreía. Y yo había vivido junto a él tiempo suficiente para conocer aquella sonrisa: una mueca bajo el mostacho, fúnebre como un presagio, carnicera como la de un lobo cansado que una vez más se dispone a matar. Sin pasión y sin hambre. Por oficio.

Cuando retiraron al valenciano de la orilla, porque estaba con medio cuerpo en el agua, la sangre teñía de rojo, alrededor, el agua tranquila del canal. Todo se había hecho según las reglas de la esgrima y la decencia, puestos de firme a firme, dando el tajo y metiendo pies con aderezo de amagos de daga, hasta que la toledana del capitán Alatriste terminó entrando por donde solía. Así que al hacerse averiguaciones sobre esa muerte -entre barajas, pendencias y jiferazos contáronse otros tres despachados en la jornada, amén de media docena a los que apuñalaron de consideración- todos los testigos, soldados del rey nuestro señor y hombres de palabra, dijeron sin empacho que el valenciano había caído al canal, muy mamado, hiriéndose con su propia arma; de modo que el barrachel del tercio, bien aliviado para su coleto, dio por zanjado el negocio y cada mochuelo fuese a su olivo. Además, aquella misma noche se produjo el ataque holandés. Y el barrachel, y el maestre de campo, y los propios soldados, y el capitán Alatriste y yo mismo teníamos -vive Dios que sí- cosas más urgentes en que pensar.