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Hablaba firme, jaque, un punto desabrido; y sus compañeros lo miraban expectantes, algunos con visible aprobación. Todos eran veteranos y la disciplina ante la jerarquía militar les era natural; pero también les era natural la insolencia, pues el oficio de las armas a todos hacía hidalgos. Lo de la disciplina, nervio de los viejos tercios, habíalo reconocido incluso aquel inglés, el tal Gascoigne, cuando en La furie espagnole -esa relación suya sobre el saco de Amberes- escribía: «Los valones y alemanes son tan indisciplinados cuanto admirables los españoles por su disciplina». Lo que ya es reconocer, por cierto, habiendo de por medio españoles y un autor inglés. En cuanto a la arrogancia, no es ocioso hilar aquí la opinión de don Francisco de Valdez, que fue capitán, sargento mayor y luego maestre de campo, y conocía por tanto el paño cuando afirmó en su EspeJo y disciplina militar eso de «Casi generalmente aborrecen el ir ligados a la orden, mayormente infantería española, que de complexión más colérica que la otra, tiene poca paciencia». Pues a diferencia de los flamencos, que eran pausados y flemáticos, no mentían ni se encolerizaban y hacían las cosas con mucho sosiego -aunque eran avaros en extremo, tan malos para reloj que por no dar no dieran ni las horas-, de siempre a los españoles de Flandes, la certeza de su valor y peligro, que junto al talante sufrido en la adversidad hacía el milagro de una disciplina de hierro en el campo de batalla, hízolos también poco suaves en otras materias, como el trato con los superiores, que debían andárseles con mucho tiento y mucha política; no siendo raro el caso en que, pese a la pena de horca, simples soldados acuchillaran a un sargento o a un capitán por agravios reales o supuestos, castigos humillantes o una mala palabra.

Conocedor de todo eso volvióse Bragado a Diego Alatriste, como para interrogarlo en silencio; pero no halló más que un rostro impasible. Alatriste era de los que dejan que cada cual asuma la responsabilidad de lo que dice, y de lo que hace.

– Vuestra merced habló de tres cosas -dijo Bragado, tornándose de nuevo a Garrote con mucho cuajo y aún más amenazadora sangre fría-… ¿Cuáles son las otras dos?

– Hace mucho que no se reparte paño, y vestimos con harapos. -prosiguió el malagueño, sin disminuirse un punto-. Tampoco nos llega comida, y la prohibición de seguir saqueando nos reduce al hambre… Estos bellacos flamencos esconden sus mejores vituallas; y, cuando no, las cobran a peso de oro -señaló con rencor al huésped, que miraba desdel la otra habitación-. Estoy seguro de que si pudiéramos hacerle cosquillas con una daga, ese perro nos descubriría una buena despensa, o una orza enterrada con muy lindos florines dentro.

El capitán Bragado escuchaba paciente, en apariencia tranquilo, mas sin apartar la muñeca del pomo de su toledana.

– ¿Y en cuanto a la tercera?…

Garrote alzó el tono un poco. Lo justo para ganar arrogancia sin ir demasiado lejos. También él sabía que Bragado no era hombre que tolerase una palabra más alta que otra, ni de sus soldados veteranos ni del papa. Del rey, como mucho, y que remedio.

– La tercera y principal, señor capitán, es que estos señores soldados, como con mucha razón y justicia nos llama vuacé, no han cobrado su paga desde hace cinco meses.

Esta vez' contenidos murmullos de aprobación corrieron a lo largo de la mesa. Sólo el aragonés Copons, entre los sentados, permaneció mudo, mirando el mendrugo de pan que tenía en las manos, que desmenuzaba en sopas y comía con los dedos dentro de su escudilla. El capitán volvióse a Diego Alatriste, quien seguía de pie junto a la ventana. Sin despegar los labios, Alatriste mantuvo su mirada.

– ¿Sostiene eso vuestra merced? -le preguntó Bragado, hosco.

Impasible el rostro, Alatriste se encogió de hombros.

– Yo sostengo lo que yo digo -puntualizó-. Y a veces sostengo lo que mis camaradas hacen… Pero de momento, ni yo he dicho nada, ni ellos han hecho nada.

– Pero este señor soldado nos ha regalado con su opinión.

– Las opiniones son de cada cual.

– ¿Por eso calláis y me miráis de ese modo, señor Alatriste?

– Por eso callo y os miro, señor capitán.

Bragado lo estudió despacio y luego asintió lentamente. Ambos se conocían bien, y además el oficial tenía buen juicio a la hora de distinguir entre firmeza y agravios. Así que al cabo retiró la muñeca de la espada para tocarse el mentón. Luego miró a los de la mesa, devolviendo otra vez la mano a la empuñadura.

– Nadie ha cobrado su paga -dijo al fin, y parecía dirigirse a Alatriste, como si fuese éste y no Garrote quien hubiera hablado, o quien mereciese la respuesta-. Ni vuestras mercedes, ni yo tampoco. Ni nuestro maestre de campo, ni el general Spínola… ¡Y eso que don Ambrosio es genovés y familia de banqueros!

Díego Alatriste lo escuchó en silencio y no dijo nada. Sus ojos claros seguían fijos en los del oficial. Bragado no había servido en Flandes antes de la tregua de los Doce Años, pero Alatriste sí. Y entonces los motines estaban a la orden del día.

Ambos sabían que éste había vivido de cerca varios de ellos, al negarse las tropas a combatir por llevar meses y años sin cobrar la soldada; pero nunca contóse entre quienes se amotinaban, ni siquiera cuando la precaria situación de las finanzas de España llegó a institucionalizar el motín como único medio para que las tropas obtuviesen sus atrasos. La otra alternativa era el saqueo, como en Roma y Amberes:

Pues sin comer he llegado, y si me atrevo a pedillo, me muestran ese castillo de mil flamencos armado.

Sin embargo, en aquella campaña, salvo en caso de lugares tomados por asalto y en el calor de la acción, la política del general Spínola era no causar demasiadas violencias a la población civil, por no enajenarse sus ya escasas simpatías. Breda, si alguna vez caía, no iba a ser saqueada; y las fatigas de quienes la asediaban no alcanzarían recompensa. Por eso, ante la perspectiva de verse sin botín y sin haberes, los soldados empezaban a poner mala cara y a murmurar en corrillos. Hasta el más menguado podía advertir los síntomas.

– Además, que yo sepa -añadió Bragado-, únicamente los de otras naciones reclaman sus pagas antes del combate.

Aquello también era muy cierto. A falta de dinero, quedaba la reputación; y es sabido que siempre los tercios españoles tuvieron muy a punto de honra no exigir sus atrasos ni amotinarse antes de una batalla, porque no se dijera lo hacían por miedo a batirse. Incluso en las dunas de Nieuport y en Alost, tropas ya amotinadas suspendieron sus reclamaciones para entrar en combate. A diferencia de suizos, italianos, ingleses y alemanes, que con frecuencia pedían los sueldos atrasados como condición para pelear, los soldados españoles sólo se amotinaban después de sus victorias.

– Creía -remató Bragado- habérmelas con españoles, y no con tudescos.

La pulla hizo su efecto, y los hombres se removieron inquietos en sus asientos mientras oíase a Garrote mascullar «vive Dios» como si le hubieran mentado a la madre. Ahora la mirada glauca de Diego Alatriste insinuaba una sonrisa. Porque aquellas palabras fueron mano de santo: no volvió a escucharse protesta alguna entre los veteranos sentados a la mesa, y viose al oficial, ya relajado, sonreírle también a Alatriste. De perro viejo a perro viejo.

– Vuestras mercedes salen ahora mismo -zanjó Bragado.

Alatriste volvió a pasarse dos dedos por el mostacho. Luego miró a sus camaradas.

– Ya habéis oído al capitán -dijo.

Los hombres empezaron a levantarse; a regañadiente, Garrote, resignados los otros. Sebastián Copons, pequeño, flaco, nudoso y duro como un sarmiento, hacía rato que estaba en pie endosándose sus arreos, sin esperar órdenes de nadie y como si todos los atrasos, y todas las pagas, y el tesoro del rey de Persia lo trajeran al fresco: fatalista como los moros a quienes pocos siglos antes aún degollaban sus antepasados almogávares. Diego Alatriste lo vio ponerse sombrero y capa y luego salir para avisar a los demás soldados de la escuadra, alojados en el casar vecino. Habían estado juntos en muchas campañas, desde los tiempos de Ostende hasta Fleurus, y ahora Breda, y en todos esos años apenas le oyó pronunciar treinta palabras.

– Voto a tal, que lo olvidaba -exclamó Bragado.

Había cogido otra vez su jarra de vino y la vaciaba mirando a la flamenca, que recogía los desperdicios de la mesa. Sin dejar de beber, sosteniendo la jarra en alto, rebuscó en su jubón, extrajo una carta y se la dio a Diego Alatriste.

– Hace una semana llegó para vos.

Venía sellada con lacre, y las gotas de lluvia habían hecho correrse un poco la tinta del sobrescrito. Alatriste leyó el remite consignado en el dorso: De don Francisco de Quevedo Villegas, en la posada de la Bardiza, de Madrid.

La mujer lo rozó al pasar, sin mirarlo, con uno de sus senos abundantes y firmes. Brillaban los aceros al introducirse en las vainas, relucía el cuero bien engrasado. Alatriste cogió su coleto de piel de búfalo y se lo ciñó despacio, antes de requerir el tahalí con espada y daga. Afuera, el agua seguía golpeando en los cristales.

– Dos prisioneros, al menos -insistió Bragado.

Los hombres estaban listos. Mostachos y barbas bajo los sombreros y los pliegues de las capas enceradas, llenas de zurcidos y malos remiendos. Armas ligeras propias de lo que iban a hacer, nada de mosquetes ni picas ni embarazos, sino buen y simple acero de Toledo, Sahagún, Milán y Vizcaya: espadas y dagas. También alguna pistola cuya culata abultaba bajo las ropas, pero que resultaría inútil con la pólvora mojada por tanta lluvia. Mendrugos de pan, un par de cuerdas para maniatar holandeses. Y aquellas miradas vacías, indiferentes, de soldados viejos dispuestos a encarar una vez más los azares de su oficio, antes de volver un día a su tierra recosidos de cicatrices, sin hallar cama en que acostarse, ni vino que beber, ni lumbre para cocer pan. Eso si no conseguían -la jerga soldadesca los llamaba terratenientes- siete lindos palmos de tierra flamenca donde dormir eternamente con la nostalgia de España en la boca.

Bragado terminó el vino, Diego Alatriste lo acompañó hasta la puerta y el oficial se fue sin más charla; nadie hizo frases ni hubo despedidas. Lo vieron alejarse sobre el dique a lomos de su penco, cruzándose con Sebastián Copons, que venía de regreso.

Sentía Alatriste los ojos de la mujer fijos en él, pero no se volvió a mirarla. Sin dar explicaciones sobre si partían para unas horas o para siempre, empujó la puerta y salió al exterior, bajo la lluvia, sintiendo entrar el agua por las suelas agrietadas de sus botas; la humedad calaba hasta la médula de los huesos, reavivándole el malestar de las viejas heridas. Suspiró quedo y echó a andar, oyendo a su espalda el chapoteo en el barro de sus compañeros, que lo seguían en dirección al dique donde Copons aguardaba inmóvil como una estatua menuda y firme, bajo el aguacero.

– Mierda de vida -dijo alguien.

Y sin más palabras, con la cabeza gacha y envueltos en sus capas empapadas, la fila de españoles se adentró en el paisaje gris.

De don Francísco de Quevedo Villegas a don Diego Alatriste y Tenorio Tercio Viejo de Cartagena – Posta militar de Flandes.