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Nos cambiamos a una mesa más grande y empezamos a charlar. Todavía no pedimos y todas, menos Usnavys, esperamos a que llegue Elizabeth antes de empezar con los aperitivos. Eso significa que esperamos otra media hora. Entonces aparece. Estoy distraída con la historia de Sara, que tiene que ver con el mal negocio que hizo con una tela que compró para el cuarto de invitados de su casa, pero es tan emocionante como una buena novela de misterio, cuando veo a Elizabeth llegar en su Toyota Tacoma, con una enorme cruz colgada del retrovisor y esos pececillos de metal pegados en la reja de la parte de atrás.
Lo encuentro divertido; una mujer tan alta, delgada y bonita, que durante la universidad se ganaba la vida como modelo de pasarela, conduciendo una camioneta horrible ¿por elección propia? Quizá es porque soy del profundo sur, donde las camionetas están reservadas para hombres que beben Kool-Aid, necesitan sostén y se llaman Bubba. Dice que es cómoda, perfecta para la nieve y para trasladar cosas de un lado a otro. Es verdad: Elizabeth siempre está llevando cajas de ropa donada y latas de conserva de su iglesia -una enorme y brillante estructura de diseño en forma de cubo que está en las afueras- a los refugios de los sin techo. Todos los veranos cede su camioneta a los cristianos del campamento para niños de Maine, y carga en ella balsas hinchables y equipos de tiro al arco. Al terminar el verano, apila balas de heno en la camioneta, sube a los niños encima y los lleva de paseo al riachuelo. Yupiiii.
Tal vez sea porque creció pobre en Colombia y no entiende los matices de la cultura americana tal y como lo hacemos el resto de las temerarias, pero Elizabeth Cruz está convencida de que tener una camioneta es guay.
Una vez le pregunté cómo esperaba conseguir un hombre conduciendo semejante mamotreto, y se encogió de hombros. Para una mujer que quiere tanto a los niños, Elizabeth no parece tener prisa por encontrar un padre para los suyos. Es la eterna soltera. No le conozco ni una sola relación seria. Queda con hombres de vez en cuando, pero nunca le duran más de un mes. Las temerarias intentamos enredarla con cualquier tipo medio decente que conocemos y que no nos interesa a nosotras. Pero nunca funciona. Y no es porque nadie esté interesado, ¿de acuerdo? Hoy mismo Jovan Childs, mi rastafari favorito a la hora de coquetear en el periódico, me preguntó -de nuevo- si podía presentársela.
– No puedo creerlo -gimoteó-. Eres amiga de Elizabeth Cruz y no me das la oportunidad de conocerla. ¿Qué te pasa?, ¿me quieres todo para ti?
Le lancé un beso a Jovan y no le dije la verdad: que aprecio demasiado a Elizabeth como para presentarle a este inteligente mujeriego, aunque me desprecio lo suficiente a mí misma como para pensar que podría ser una perspectiva interesante en mi caso si las cosas con Ed acaban mal, que es como acabarán.
De todas formas, Elizabeth dice que su vida sentimental es tan sosa porque la mayoría de los hombres creen que es una idiota dócil. Lo piensan porque les intimida su belleza.
– Una gran belleza puede ser un gran impedimento -dijo una vez, en una cena de las temerarias, sin un atisbo de vanidad.
Todas nos quedamos mirándola fijamente. Amber se rió en alto.
– Lo digo en serio -dijo Elizabeth-. Reconozco que la belleza abre ciertas puertas, pero también mantiene otras cerradas con llave. Si pudiera elegir, no estoy segura de que quisiera ser así.
– No te preocupes, Liz, no te durará siempre -dijo Usnavys.
De todas las temerarias, Elizabeth es la más delicada. Sus extremidades son largas y estilizadas, aunque come todo lo que quiere, y su cara es apaciblemente simétrica. No es muy habladora, pero cuando lo hace, dice cosas profundas e inesperadas.
Elizabeth también es la temeraria con más posibilidades de robarle el marido a Sara, algo que jamás haría porque es cristiana, muy buena y la mejor amiga de Sara. Cuando nos reunimos para comer, ir a esquiar o al aburrido concierto de la orquesta Boston Pops en el Esplanade, Roberto siempre pregunta por ella, y sólo por ella. Y cuando pregunta lo hace con una mirada especial. También la mira así delante de Sara. Lo hizo incluso el día de su boda. Todos vimos cómo observaba a Liz mientras Sara bailaba con su padre. Nos miramos unas a otras deseando darle una patada en el culo. Liz parecía avergonzada y lo evitaba todo el rato. Se lo mencioné a Sara y me contestó:
– ¿Qué pretendes? ¿La perfección? Elizabeth es guapísima y él es un hombre. Puede mirar, pero si toca, y no lo hará, es hombre muerto.
No puedo imaginarme confiar tanto en un hombre. De nuevo: debe de ser agradable.
Elizabeth también tiene dificultades por ser una latina negra. Ella no lo admitiría, pero sé que es verdad. A los americanos negros les encanta, y más de uno ha comentado su parecido con la cantante de Destiny's Child, Beyoncé Knowles, en parte por su pelo rubio y en parte por su cuerpo escultural. Esta noche lleva unos vaqueros cómodos, botas de agua, un grueso suéter de lana marrón y una de esas parcas verde caza de la marca Patagonia. Lleva el pelo largo y liso, y ni pizca de maquillaje, y aun así está mejor que todas nosotras juntas. Son esos dientes, esos increíbles dientes blancos, esa piel dorada y esos ojos grandes y claros. También es una bailarina increíble, sobre todo cuando suena una cumbia o un ballenato. Le encanta Carlos Vives.
Los negros no latinos no entienden sus raíces. No imaginas la cantidad de veces que un negro americano me ha acusado de mentir cuando le he dicho que mi bella y «negra» amiga era latina.
– No parece latina -dicen-. Parece una hermana.
– ¿Quién lo dice? -pregunto.
No saben qué contestar. Uno no puede hacer que las personas viajen o sepan de historia, y estoy cansada de intentarlo. Los blancos americanos casi siempre se acercan a Elizabeth con ese equipaje preconcebido, les cuesta asimilar que siendo latina tenga ese aspecto. Y la mayoría de los latinos, lamentablemente, preferirían salir con una blanca analfabeta, fea, de South Boston, dentuda, retrasada, y de pies planos, antes que con esta latina negra, súper delicada, agraciada, con una carrera asombrosa.
Esto es cierto en lo que respecta a todos los latinos que conozco, independientemente de su color. Quieren chicas de piel clara. No hay más que ver culebrones y revistas. Todas las mujeres son rubias. No miento. Me explico, mientras Hollywood intenta que todas nos parezcamos a Penélope Cruz y a J-Lo, los medios de comunicación latinos intentan que nos parezcamos a una estudiante de intercambio sueca o a Pamela Anderson.
En cualquier caso, todo el mundo ignora a las latinas negras.
Es como si las latinas negras, las latinas oscuras, no existieran siquiera, aunque casi la mitad de la población de Colombia es negra, y la de Costa Rica, y la de Perú, y la de Cuba. Hay más negros en Latinoamérica que en Estados Unidos, pero aquí nadie se da por enterado. De vez en cuando aparece un personaje negro en una serie de Univisión o de Telemundo, pero invariablemente lleva turbante, falda larga blanca y aparece barriendo o murmurando alguna maldición contra su amo de ojos azules y buen corazón. La semana pasada, precisamente, vi una telenovela con un actor negro, y el fulano tenía un hueso en la nariz y bailaba ululando alrededor de una hoguera. La mayor parte de esa basura televisiva está rodada en México, Brasil o Venezuela, donde todavía ignoran lo que es un movimiento de derechos civiles para las personas de color, pero las ven todos los hispanohablantes de Estados Unidos. Nadie en los medios americanos hace ningún comentario al respecto. Probablemente no tengan ni idea de lo que está pasando o, si la tienen, les asusta tanto criticar a los latinos que ni lo intentan. De todas formas, cuando intento hablar de esto con Elizabeth, me manda a paseo.
– No es eso -dice con esa mirada plácida y esa sonrisa tímida que cautiva. (Tiene los dientes más blancos que he visto en mi vida; ¿lo he mencionado ya? Supongo que sí. Será porque los míos son espectacularmente amarillos.) Entonces, muy educadamente y sin rastro de acento español, suelta algo como-: Lauren, estoy harta de la forma en que relacionas todo con el color de la piel. Es tan… americano. En Colombia a nadie le importa. Lo cual resulta difícil de creer. Además, ahora está aquí, y en Estados Unidos sí importa. Y todavía tiene que encontrar un hombre.
Así que aquí estamos. Las temerarias de la Universidad de Boston, guapas, inteligentes, ingeniosas y locas; todos los colores del arco iris, religiones diferentes. Nos abrazamos, cotilleamos en español, en inglés, en toda mezcla concebible de ambos, pedimos nuestros veintiún -sí, veintiuno, cuatro para cinco de nosotras y uno para Rebecca- platos de comida, nuestras cervezas y refrescos de Materva, y empezamos a ponernos al día.
Hablamos de la primera noche que salimos como las temerarias, después de que los gorilas de Gillians nos echaran a la calle.
– ¿Os acordáis del frío que hacía? -pregunta Sara, bebiendo sorbitos de ginger-ale. ¿Por qué la veo verdosa? ¿Está enferma o estoy bebida?
– ¡Uuuufff! -Usnavys sacude la mano delante de ella-. ¡Helaba!
Lo recuerdo. Hay algo en el aire nocturno de Boston que lo mantiene congelado desde el momento en que cierran todos los clubes y el metro deja de retumbar bajo la plaza de Kenmore. Muerto, helado, aire salado. Como el de esta noche.
– Estábamos locas -añade Elizabeth, agitando la cabeza y echándose hacia delante-. Completamente locas.
Ay, sí. Sólo los estudiantes más jóvenes y más bobos de la universidad están en la calle a esas horas, vomitando en los desagües para demostrar que por fin son mayores. Ésas éramos nosotras, las temerarias, enfermas, risueñas, tambaleantes, y por fin libres.
– Y cómo íbamos -dice Amber.
Todas nos reímos y vuelve a contar la historia.
Como jóvenes estúpidas que éramos volvimos andando a la residencia, pasando por callejones llenos de ratas de agua del tamaño de perros pequeños, por Fenway Park, y a lo largo del maloliente y escalofriante Fens. Vimos a unos latinos pasando bolas de papel de aluminio a unos blancos con aspecto de abogados que habían parado sus cochazos en la esquina. Vimos a un tipo con el pelo afro grasiento y un sombrero rosa gritar a una tipa en ebonic [5]. Vimos a dos hombres haciéndoselo entre los juncos de la apestosa orilla. Era como, guau, tía, por fin estamos aquí, en Boston, en la universidad, en la gran ciudad. Sin padres, juntas. Nos empujábamos y nos reíamos como si nunca fuéramos a morir, heladas con nuestra ropa de disco after (todas menos Rebecca, que parecía venir de clase de catecismo; llevaba un traje de lana y una diadema roja, y se abrazaba el cuerpo con sus delgados brazos, mirándonos como si estuviéramos locas). A nosotras nos salía un vapor azulado de la boca, pero no a Becca Baca. En aquel momento pensé si ella sería el diablo, con vino de comunión helado en las venas, y como estaba lo bastante borracha como para preguntárselo, lo hice. No le hizo gracia. De hecho, dejó de hablarme dos meses. Incluso entonces estaba tensa.