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– Lo sé. Por eso quise traerte aquí. ¿Me entiendes ahora? ¿Entiendes por qué hago lo que hago?
– Sí.
– Bien.
– Pero tiene que haber una salida.
Se encoge de hombros.
– Quizá. Si se te ocurre una, me la cuentas.
– ¿Cuánto ganas a la semana?
– Quinientos dólares, sin impuestos.
Yo me río al oír «sin impuestos». Gana mucho menos de lo que esperaba. Entonces se me ocurre una idea.
– Tengo una amiga que acaba de conseguir un contrato discográfico -le digo.
– ¿Sí? Felicidades.
Aparcamos cerca de mi apartamento. Amaury tendrá que mover el coche a las seis de la mañana o se lo llevará la grúa. Andamos en silencio el resto del camino. Una vez dentro, nos sentamos a la mesa del comedor y seguimos hablando.
– Me llamó el otro día y me preguntó si conocía a alguien que quisiera unirse a su grupo callejero.
– ¿Qué es eso?
– Cosas del negocio del disco, tienes que preguntarle a ella. Creo que en las fiestas pones su disco, y regalas copias por ahí para despertar interés en la calle por su música.
– ¿Te pagan por eso?
– Te lo juro. Sí.
Se ríe.
– Me encanta este país -dice intrigado.
Llamo a Amber a su casa. Contesta al teléfono en un idioma que nunca he escuchado antes, me imagino que es náhuatl. Oigo a Gato cantando de fondo.
– Eh, Amber, soy yo, Lauren.
– Por favor llámame Cuicatl -dice-. Es mi nuevo nombre. No soy india a tiempo parcial.
Como siempre, no tiene ningún sentido del humor.
– Te llamaría por tu nuevo nombre si pudiera pronunciarlo, ¿vale? Pero no puedo. Así que para mí eres Amber.
No se ríe. Desde que empezó con todo esto del movimiento, parece haber perdido el sentido del humor. Como la vez que hablábamos por teléfono y estornudó; le dije: «¡Salud!», en español, pero se puso toda digna y me dijo: «No estoy enferma. No digas eso».
Vaaaaaale.
– Mira, te llamaba por lo que hablamos el otro día de los grupos callejeros para promocionar tus discos.
– ¿Ya has encontrado a alguien?
– ¿Cuánto pagas?
– Depende de las horas.
Le cuento toda la historia de Amaury. Me escucha tranquilamente y dice:
– Encantada de ayudarle, Lauren. La Raza está siempre expuesta al crimen. No es nada nuevo. Es parte del plan de los europeos para destruirnos. ¿Cuánto gana?
Supongo que sería el momento de decirle que Amaury no es exactamente indio, ya que los españoles borraron todo rastro de los indios en la República Dominicana y Puerto Rico. Que crea que es un Raza. ¿Qué más da?
– Escucha -le digo-. Habla tú con él. Está aquí conmigo.
Le doy el teléfono a Amaury, y habla con Amber en español por lo menos quince minutos. No puedo entender la mitad de lo que está diciendo, porque habla muy rápido. Pero oigo que le da su dirección y deletrea su nombre antes de devolverme el teléfono.
– Hola -digo.
– Ya está en mi nómina -me dice-. Voy a igualar lo que gana, pero quiero que te asegures de que hace lo que debe. Te enviaré un correo electrónico con la descripción del trabajo de un callejero a jornada completa.
– Gracias, Amb-Kweeecatel, o como sea.
– De nada. Me alegro de poder ayudar a nuestra gente. Parece un buen tipo.
«Parece un buen tipo.» Me gusta oír eso. No creo que ninguna otra temeraria hubiera hablado así de Amaury.
Colgamos. Amaury sonríe. Se ha quitado el busca, y lo está desmontando con una navaja, sacándole las tripas.
– ¿Qué haces? -le pregunto.
– Se acabó.
Se le ve feliz. Se levanta y me besa.
– Estoy haciendo lo que tú siempre me has empujado a hacer -dice-. Voy a empezar una nueva vida.
¡Feliz cinco de mayo! El otro día me puse a pensar lo que significa ser inmigrante. Con la prevención que hay contra ellos últimamente, olvidamos el valor que hace falta para dejar casa, idioma, familia y amigos, y cuánto miedo y desesperación hay que tener para dar el primer paso. Es realmente sobrecogedor pensar las dificultades a las que se enfrentan a diario tratando de empezar una nueva vida, cuántos desafíos para lograr las cosas que nosotros damos por sentadas: hablar con la cajera del súper, mandar una carta, pagar una factura, pedir un margarita en el bar de la universidad en Boylston…
De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ