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Cambiamos de postura varias veces, por toda la habitación, y finalmente terminamos en la cama, estilo perro. A Brad esa postura no le gustaba, pero yo la encuentro embriagadora. Al final, grito. De mi boca salen años de frustración reprimida, y me corro durante una eternidad.
André me sostiene. Nos besamos dulcemente.
– Increíble -dice.
– ¿Tú crees?
– Sí.
Descansamos, dormimos un rato. Pedimos comida.
Después volvemos a hacerlo.
Pasan dos días hasta que nos las arreglamos para salir de allí y hacer la más mínima compra.
El vestido de dama de honor es una de las mayores conspiraciones contra solteras que se han inventado. El mío acaba de llegar por correo, diez días antes de que mi amiga Usnavys se case, y casi lo confundo con un vestido de baile de 1970. Gracias, Navi. Así seguro que vas a ser la más guapa de la boda.
De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ