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Cuando vuelvo a despertarme, está allí, Elizabeth, radiante en una sudadera turquesa y vaqueros oscuros. Siempre he envidiado eso de ella, su facilidad con la ropa, no le cuesta trabajo estar guapa.
La desagradable asistente social, Allison, está aquí también, y parece que han estado hablando entre ellas. Por la sonrisa hipócrita de Liz, puedo ver que Allison le parece tan molesta como a mí. Quiero reírme a carcajadas, pero me contengo. Debe de ser una buena señal.
Me encuentro lo suficientemente bien para sentarme. Elizabeth se disculpa por haber ido a mi casa, y dice que tenía que verme, para pedirme perdón.
– Todo ha sido culpa mía -dice-. Nunca debería haber ido a verte. Lo siento.
Allison la interrumpe.
– Liz estaba contándome lo que pasó. No es culpa suya. Ni tuya. Nadie es culpable de esto salvo el hombre que te pegó. Quiero que ambas lo comprendáis.
«Sí, vale, pero ¿quién te ha preguntado?»
Elizabeth sostiene un manojo de globos, con el mensaje «Ponte buena pronto». Me mira y me sonríe tímidamente:
– Bastante ridículo, ¿eh? -me pregunta-. He visto las flores que Amber te ha enviado, y sabía que no podía superarlas. Así que he comprado esto.
Me río un poco.
– Gracias -digo-. Hablando de Amber, ¿de dónde habrá sacado el dinero?
– ¿No lo sabes?
– No sé nada.
– Su disco es número uno en las listas nacionales.
– ¿Bromeas?
– No estoy bromeando. Pensaba que lo sabías. Es la próxima Janis Joplin en español.
– No lo sabía. Vaya. Me alegro por ella.
– Supongo que no habláis mucho.
– No fuera de las reuniones de las temerarias. No tengo mucho en común con los vampiros aztecas, ya sabes.
Nos reímos. Es perverso. Por eso somos amigas Liz y yo. Tenemos el mismo sentido del humor.
– Está a punto de ser la vampiro más famosa -dice Liz-. Cuidado con lo que dices.
– Anda, vete por ahí. ¿Amber? ¿Famosa?
– ¿Te mentiría yo en un momento así?
– No, probablemente no.
– Yo siempre te dije que lo conseguiría. No te lo creías.
– Sí, es verdad. Tú siempre has sido mejor que yo, Liz. Siempre has buscado el lado bueno de las personas. No como yo.
Nos miramos un momento, y Liz es la primera en bajar la mirada a los pies. Entonces le hago la pregunta clave, en español para que Allison no comprenda lo que estamos diciendo.
– ¿Liz?
– ¿Sí, Sarita?
– Roberto me dijo algo la otra noche, la noche que nos peleamos. Necesito saber si es verdad.
Se la ve nerviosa.
– Claro, ¿qué es?
– Él… me dijo que vosotros dos os acostasteis en Cancún.
– ¿Qué? No, nunca.
Parece que estuviera a punto de escupir.
– ¿Me lo juras?
– Sólo me he acostado con tres hombres en mi vida, y él no fue uno de ellos. Yo no disfruto precisamente con los hombres.
– Pero estaba enamorado de ti. Lo sé.
– Quizá. Si lo estaba, es un imbécil.
Me río.
– ¿Qué tipo de mujeres tiene una conversación así en un hospital, en un momento como éste?
Me río a mi pesar. No estoy enfadada, no exactamente. No lo sé. Estoy aturdida. Sonríe instantáneamente. Es como en esas películas en las que todo se convierte en una gran pesadilla. Estoy esperando despertarme y que todo sea diferente.
Miro por la ventana durante unos minutos. Pienso algunas cosas, me pregunto si es sincera conmigo. Después de todo, me ocultó lo de su lesbianismo todos estos años; miente muy bien. Ya no me importa. La verdad es que hubiera preferido que se acostara con ella antes que con cualquier otra mujer. ¿Le está bien empleado, no, enamorarse de una lesbiana? Es casi cómico. ¿No es de locos? Y no estoy tan enfadada como sería previsible. Quizá son los medicamentos contra el dolor, pero lo encuentro bastante gracioso.
– ¿Sabes qué? -le pregunto, intentando relajar el ambiente, para volver a una conversación normal.-¿Qué?
– ¿Sabes lo que más duele de todo?
– ¿Qué?
Sonrío.
– Que tú nunca, ni siquiera remotamente, te has sentido atraída por mí. Quiero decir, ¿qué me falta? Mírame. Soy perfecta. Dijiste que nunca me has encontrado atractiva.
– ¿Qué?
Me río.
– ¿No es estúpido? Es como me siento ahora mismo. Completamente rechazada.
– Jamás dije eso -dice Liz con una sonrisa cautelosa-. Hubo… veces. Algunas veces, realmente.
– ¿Cuándo?
– Unas veces. Algunas veces.
– ¿Como cuándo? Dímelo.
– En la discoteca Gillians, la primera noche.
– ¿En Gillians?
– Sí. Recuerdo observarte bajo la luz naranja. Llevabas un largo abrigo negro de piel y uno de esos lazos de niña tonta en el pelo. Parecías un desecho de Brat Pack. Te hubiera besado entonces.
– ¿Por qué no lo hiciste?
– ¿Estás loca?
– ¿Por qué no lo hiciste?
– Sabía que eras heterosexual. No quería que a Rebecca le diera un ataque.
– ¿Cuándo más?
– La noche de la graduación. Cuando tuvimos esa fiesta en el apartamento de la madre de Usnavys, con toda esa comida frita repugnante. Cuando nos sentamos afuera, en la escalera de incendios, huyendo de la grasa y del humo, para tomar el aire, ¿te acuerdas de eso?
– Sí.
– También puedo decirte lo que llevabas puesto esa noche. Pantalones cortos a cuadros y un conjunto rosa de punto, con tus perlas. Te quitaste el suéter porque hacía mucho calor esa noche, y me encantaron tus hombros suaves y blancos.
– Ah, sí. Recuerdo esa noche.
– Tenía unas ganas tremendas de besarte.
– ¿Por qué no lo hiciste?
– Estabas prometida a Roberto. Eras hetero. Yo no quería ser lesbiana, quería ser normal. Luchaba contra ello todo el tiempo. Fui a casa y me puse a llorar.
– ¿Por qué no me dijiste nada de esto?
– Por miedo. No quería perderte.
– Bueno, soy una chica normal, curiosa. No me hubiera importado, ya sabes, probarlo. Es lo que hace todo el mundo.
– No. -Liz sacude la cabeza-. Ésas son las palabras más duras que puedes decirle a alguien como yo. Estoy harta de las hetero curiosas, Sara. Nadie te hace más daño que una mujer heterosexual curiosa.
– ¿Y ahora qué?
– ¿Ahora?
– ¿Te sientes atraída por mí ahora? Tengo el aspecto de haber sido atropellada por un camión, y nadie me ha traído el maquillaje. Pero aun así, no soy horrorosa ni nada por el estilo, ¿no? Creo que no estoy mal para ser una mujer con mellizos que acaba de perder a su bebé y a su marido, ¿no crees?
– Sara, por favor, necesitas dormir.
– ¿Crees que soy sexy?
Liz me mira con lástima.
– Te quiero -me dice-. Eres mi mejor amiga. Y estás totalmente drogada o totalmente agotada, o ambas cosas.
– Pero ¿lo harías conmigo? Quiero saberlo.
Sonríe de forma sarcástica. Ahora se da cuenta de que estoy hablando en broma.
– Eres una cubana loca, ¿lo sabías? -me pregunta.
– Dímelo. ¿Ahora mismo, me lo harías? Con todos estos tubos dentro de mí, y los cardenales, y con la estúpida asistente social mirando. Podría ser toda una experiencia.
– No -dice-. Ahora estás horrible, Sara. Prefiero que mis mujeres sean masculinas. No hay nada masculino en una mujer a la que un hombre acaba de dar una paliza, ¿vale? Y necesitas lavarte los dientes.
Nos reímos.
Allison nos ve reír, e interrumpe:
– Os dejo que habléis -dice-. Me alegro de que tengas quien te anime. Para eso están las amigas.
– Perfecto -digo-. Hasta luego, Allison.
Después en español, digo:
– ¡Fuera de aquí, zorra mal vestida!
Liz me mira incrédula. Casi nunca digo tacos. Se sube a la cama. Está tan delgada que casi no se hunde. Se sienta a mi lado durante el resto de la noche, y no hay nada remotamente sexual en la manera en que nos abrazamos, nos contamos chistes y vemos programas basura en la tele, aunque tengo que admitir que me apetece besarla un par de veces durante el Tonight Show de Jay Leno, sólo para ver qué se siente. Debe de ser la morfina.
Liz se queda conmigo hasta el amanecer.
¿Debería preocuparme que a mi novio le guste el catálogo de verano de Victoria's Secret más que a mí? Lo encontré en el baño el otro día, todo arrugado y manoseado, ¡y estamos en mayo! ¿Por qué los hombres y las mujeres están tan condicionados por el cuerpo femenino? Estoy harta de tetas y culos.
De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ