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– ¿Sabes? -dice Rebecca-. Ésta es la otra propuesta del día, tiene que ver contigo y con ese agradable hombre que está allí, Juan.

– ¿No es un amor, chicas? -pregunta Elizabeth-. Tiene tan buen corazón.

– Es un buen hombre -dice Lauren-. Y te adora.

Veo que Juan tiene un ramo de flores escondido detrás de él, envuelto todavía en plástico transparente. Está sudando.

– Gracias a Dios que sigues aquí -dice sin aliento cuando llega a la mesa-. Hola a todas.

Y hace el gesto de descubrirse la cabeza.

– Ahora, si me disculpáis, tengo un asunto del que ocuparme.

Se desploma sobre una rodilla en el suelo delante de mí y, alzando las flores que seguro acaba de comprar en el metro, me dice:

– Son para ti.

Las cojo. Se aclara la voz varias veces, parece estar afónico. Empieza a hablar pero le sale un chillido. Es triste. Me avergüenzo de querer tanto a este hombre.

– Vamos, Juan -Lauren lo anima-. Tú puedes.

Traga. Abre la caja.

Dentro, te lo juro, aparece el anillo más bonito que he visto en mi vida. Un anillo de platino, con tres brillantes. Se lo enseñé hace tres meses, durante un paseo por el centro comercial Copley. Estoy asombrada de que se haya acordado. El anillo costaba cerca de seis mil dólares, que no es tanto en realidad, pero para Juan es una fortuna.

– Por fin sé por qué odiaste Roma -me dice-. Siento haber tardado tanto. Tenía que haberte preguntado qué te apetecía hacer, en lugar de arrastrarte donde quería ir yo. Pensé que te gustaría que lo tuviera todo previsto, no tener nada en que pensar, poder relajarte, pero me equivoqué. Tendría que haberte llevado a comer a un sitio bonito. También me disculpo por eso.

Mi corazón parece que va a explotar.

– Y también he descubierto por qué me dijiste que no la primera vez que te pedí que te casaras conmigo -dice-. Creía que era porque no era suficientemente bueno para ti, pero no es eso. Es porque tú no crees que seas suficientemente buena para mí. Tienes miedo de que te abandone como los demás. Navi, nunca lo haré. Nunca te abandonaré. Puedo ser bajo, puedo ser pobre, pero te quiero con todo mi corazón, y ése sí es bastante grande.

Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. Juan también está a punto de llorar.

– Así que voy a intentarlo de nuevo, antes de que sea demasiado tarde -me dice.

No puedo respirar.

– Usnavys, mi amor, ¿quieres casarte conmigo?

Miro a las temerarias. Todas sonríen. No puedo hablar. No sé qué hacer. Todo el restaurante nos está mirando.

– Di que sí, estúpida -dice Lauren, tan diplomática como siempre-. ¿Qué te pasa?

– Por favor, Navi, di algo. Me duele la rodilla -dice Juan-. Creo que me la he roto.

Extiendo la mano para coger la caja.

– Es perfecto -digo-. Pero eras perfecto sin esto. Claro que me casaré contigo.

Las temerarias rompen a aplaudir y todo el restaurante se une. Juan deja caer la cabeza en mi regazo, pone su mano en la mía, y me la llena de besos.

– Gracias -dice-. Te prometo que te voy a hacer la mujer más feliz del mundo.

Me coloca el anillo en el dedo y me da un beso.

– Eh, chicas -les digo a mis amigas cuando me suelta Juan-. Espero que no les importe, pero hoy voy a irme un poco más temprano.

– Vete -dice Rebecca.

– Lárgate -dice Lauren.

– Felicidades -dice Elizabeth.

Levanto a Juan del suelo y le hago girar sobre sí mismo. Entonces salimos corriendo de Umbra hacia el bello y luminoso atardecer.

¡Época de declarar los impuestos! ¿Por qué eso me hace encogerme? Quiero decir, nunca he debido nada. Nunca he defraudado o he mentido en mis impuestos. Soy una buena chica, y siempre me devuelven algo. Es la pobreza, creo. Ahora no soy pobre, pero lo era. Y cuando has sido pobre, las cosas del dinero te perturban el resto de tu vida. No deberían. Debería brincar de alegría en época de impuestos, igual que debería poder escoger racionalmente hombres comprensivos y honrados, en lugar de toparme accidentalmente con ellos cuando escojo tipos buenos pensando equivocadamente que son malos. Pero en cuestiones del corazón y de impuestos, el «debería» no tiene sentido. Gracias a Dios por equivocaciones como mi nuevo hombre.

De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ