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El dolor en mi útero despierta al instante. Siento un estallido, el mismo que cuando se rompe aguas y empiezan las contracciones. Sólo que esta vez llega con seis meses de adelanto, y el dolor se extiende por todo el cuerpo. Estoy paralizada por el miedo, o por las heridas. No lo sé. Se arrodilla a mi lado, y cuando no me muevo o hablo, me pellizca con fuerza las mejillas.

– Levántate -me pincha. Ha perdido la razón. Me abofetea de nuevo-. No es momento de jugar conmigo. Levántate. Si de verdad estás embarazada, levántate.

Y hace algo inconcebible: me patea una y otra vez, en el costado, y siento la sangre manar a borbotones. Mi bebé.

– Por favor, Roberto, por el amor de Dios -lloro por dentro-. Para, por favor.

Me vuelve a patear, en la cabeza. Oigo mi cara crujir. En un estallido de color rojo y estrellas veo a Vilma bajar corriendo los escalones y saltar sobre él por detrás con un reluciente cuchillo de cocina en la mano.

Está gritando:

– ¡La has matado, hijo de puta, esta vez la has matado!

Veo sus hinchadas piernas con medias hasta la rodilla volar por el aire cuando la levanta y oigo el golpe de su cuerpo cayendo junto a mí. Oigo el cuchillo caer sobre el hielo.

Es lo último que recuerdo.

En el número del 24 de marzo del Boston Journal aparece un estudio sobre salud mental que demuestra que las personas con más éxito de nuestra sociedad son las que mejor mienten. Cuanto mejor se miente, según el estudio, más lejos se llega en la vida profesional y en la personal. Tengo que reconocerlo: miento mucho. ¿Tú no? El jefe te pregunta cómo estás y le respondes que bien. Un amigo con un corte de pelo horrible te pregunta qué te parece y le dices que le queda fenomenal. Cuanto más nos importa alguien, parece, más dispuestos estamos a mentirle. ¿Es extraño entonces que la gente siempre se decepcione en cuestiones de amor? Hemos aprendido a confiar en los mentirosos.

De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ