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Me lleva a su despacho, una vista de la calle desde el sexto piso. Es media mañana. El bullicio normal de un edificio oficial, gente con prisa de un lado a otro. Pero abajo, justo en la entrada de WRUT, hay seis personas embutidas en chaquetas y gorros, algunos con pancartas, otros con velas encendidas, la mayoría murmura al unísono. Un par llevan niños en brazos, otros alzan una cruz. Apenas oigo lo que dicen, pero puedo imaginármelo. Los he visto cuando entro y salgo del edificio durante las últimas ocho semanas. El fuego de su mirada me lo dice. Las pancartas lo dicen. «PENSAD EN LOS NIÑOS», dice una, y «¡NUESTROS VALORES SON NUESTRA SEGURIDAD!», dice otra. Las furgonetas de los informativos de las demás cadenas de la ciudad están aparcadas en la acera. Los periodistas entrevistan a los manifestantes.

– Todos me han pedido permiso para subir y entrevistarte -me dice John señalando con la cabeza a los periodistas que deambulan fuera-. Es justo la noticia que han estado esperando. Jodidos reptiles.

– Lo sé -digo-. Hijos de puta.

– Ya.

– ¿Por qué les importa? Es tan medieval.

John tarda en responder. Observa a la gente. Yo también. Los dos miramos fijamente durante un rato. Entonces me dice:

– Les importa porque todos te deseaban, los hombres. Y todas las mujeres querían ser como tú.

– No puede ser verdad -digo.

– Claro que lo es. Liz, el informativo no tiene nada que ver con informar. Tiene que ver con entretener. Es una cuestión de sex appeal. Si eres gay, o lesbiana, les da igual, ya no pueden fantasear.

– ¿Es eso lo que piensas?

– Es lo que sé. Mira a George Michael. ¿Cuándo fue la última vez que oíste una de sus canciones en la radio? Somos el número uno gracias a ti, Liz -dice-. Porque eres guapa, encantadora y dulce. Porque para esta ciudad eras la mujer perfecta. Una negra preciosa que habla como una blanca, pero que en realidad es hispana. Fue un maldito acierto. Nos quitamos todos los granos del culo cuando te contratamos. Nos enfrentaremos a esto juntos, ¿verdad?

Su última afirmación era tan ofensiva que no estaba segura de lo que hacer.

– No lo sé.

– Piénsatelo -dice con un suspiro de preocupación-. Sólo piénsatelo.

– Lo haré. ¿Puedo irme ya?

Asiente.

– Ten cuidado ahí fuera -dice-. La gente está loca. ¿Quieres que te acompañe el guardia hasta el coche?

Indico que sí con la cabeza.

La guardia, una gorda y masculina mujer, me mira con simpatía.

– No deje que le afecte -dice cuando monto en la camioneta-. No representan a la mayoría.

Me pongo un sombrero y gafas de sol antes de apretar el botón y abrir la puerta del garaje para salir a la luminosa luz del día.

Las luces de los flashes me ciegan.

– Jesús, María y José -digo.

Piso el acelerador hasta el fondo y me alejo de las cámaras, saltándome el primer semáforo en rojo para poner la mayor distancia posible. Los periodistas son peores que los manifestantes, forman un escándalo para aumentar sus niveles de audiencia. Tengo la extraña sensación de estar siendo devorada. Cruzo las tortuosas colinas del North End por calles secundarias y cojo la autopista por una entrada insospechada lejos de la estación.

He conducido tan bien para dar esquinazo a la gente que me siento como una delincuente. ¿Por qué tengo que sentirme así?, ¿sólo por ser quien soy? ¿Por qué tengo que esconderme y correr? Una vez en la autopista respiro hondo y acelero para que no puedan seguirme.

Pero ¿adonde voy? No quiero ir a casa o donde Selwyn. No puedo llamar a Lauren, o a Usnavys o a Rebecca porque todas están trabajando. Sólo queda Sara. Necesito hablar con alguien, desahogarme, y decidir qué hacer. ¿Me hablará? Tengo que pensar bien lo que estoy haciendo.

Uso el móvil para llamar a Selwyn a su oficina.

– No vayas a casa -le digo-. Los periodistas se han vuelto locos hoy.

– Dios mío.

– Mucho.

– De todas formas, vamos a cenar en casa de Ron esta noche -dice.

Ron es su compañero de trabajo, un profesor de voz amable que da un curso sobre literatura del odio. Él y su esposa nos han ofrecido su casa.

– De acuerdo -digo-. Pero ¿qué hago hasta entonces?

– Vete a algún sitio seguro donde no te hayan visto antes.

Sara.

Marco el número de Sara y contesta ella; suena cansada y aturdida.

No me cuelga, pero no habla.

– Por favor -le ruego-. Te echo de menos. Necesito hablar contigo.

– Liz, lo siento -dice-. No puedo. Estoy organizando un viaje con Roberto para la semana que viene. Lo siento. Estoy liada.

– ¡Sara! ¡Me quieren crucificar! -empiezo a llorar-. No sé qué hacer. Sé que no lo apruebas, pero ¿de verdad me odias tanto como para ver mi carrera destrozada por unos periodistas de mierda?

Después de unos momentos de silencio, cede.

– De acuerdo, puedes venir. Pero sólo un rato. Hasta que se nos ocurra qué hacer. Pero no puedes estar aquí cuando llegue Roberto. Me mataría.