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Para cuando volvemos al hotel, he colmado mi límite. Quiero a Juan, de verdad. Creo que es buen tío, un tío inteligente, y un tío atractivo. Pero no piensa en los demás. No me ha preguntado ni una sola vez qué me apetecería hacer. No ha hecho ademán de llevarme de compras o de hacer cosas de las que me gustan. Aunque intenta dar con un buen restaurante para cenar esa noche y se ofrece a comprarme «un calzado mejor» cuando pasemos por una tienda de deportes, el resto del viaje es sólo más de lo mismo. Quiere recorrerlo todo andando. No sabe adonde va la mitad del tiempo. Se quiere «perder» por los barrios romanos y comer en sitios típicos como aquel primer antro en lugar de ir a sitios elegantes. Cuando finalmente devolvemos el coche y embarcamos hacia Heathrow, me siento aliviada. Doce horas en avión parecen música celestial. Me acurruco en el diminuto asiento, me pongo los auriculares e ignoro a Juan cuando intenta hablar conmigo.

Cuando aterrizamos en Boston ha entendido la indirecta. Estoy enfadada con él. Me siento defraudada por cómo me ha tratado durante el viaje. Cuando el avión se detiene, saco el móvil del bolso de Kate Spade y marco el número del doctor Gardel, con Juan sentado a mi lado.

– Hola, doctor -digo-. ¿Cómo estás? Oh, estoy bien. Gracias por preguntar. Eres muy considerado. Ahá, ahá… Bueno. He estado liada con un proyecto, pero ahora tengo tiempo. ¿La sinfónica? Eso sería maravilloso. ¡Tienes tan buen gusto!

A mi lado, Juan entierra su cara entre las manos.

Normalmente no uso esta columna para hablar de arte, pero anoche vi algo que me emocionó y he querido contárselo a los lectores. Fue el primero de los actos de celebración de Semana Santa del festival de música antigua de Boston, en la iglesia Emmanuel. La interpretación, por parte de un coro de dieciséis personas, de piezas antiguas inglesas y españolas de Tomás Luis de Victoria, me ha infundido la esperanza de que llegue el día en que los bostonianos, a pesar de nuestras diferencias, celebremos en paz todo lo que tenemos en común, en lugar de centrarnos en lo que nos separa…

De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ