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XXIII

Salía con el sobre para don Juan. La mujer del inspector de estaciones de servicio, que estaba en la puerta, le preguntó con una sonrisa:

– ¿Dónde va tan apurado? Me gustaría que alguna vez charláramos un momento.

– Cuando mande.

– ¿Ahora?

– Si gusta.

– ¿Tomamos un cafecito?

No lo tomaron en el bar que está frente al sindicato, por quedar demasiado cerca de la pensión.

– Pueden vernos -dijo la señora-. La gente es mal pensada.

Entraron en el de 7 y 43. Ya en la mesa, explicó la señora, riendo y mirándolo a los ojos:

– Las mujeres somos como los chicos, de lo más curiosas. Cuando vemos a un hombre que tiene suerte con las mujeres nos preguntamos por qué será.

Se alegró Almanza de que fuera animosa y habladora, porque había notado que en las conversaciones con mujeres él tendía a callar, por no saber qué decir. La señora aclaró:

– Yo digo lo que se me pasa por la cabeza, porque sé que usted no va a pensar mal. Los hombres que gustan a las mujeres nunca piensan mal. Además, yo podría ser su madre.

– Usted es joven todavía.

La señora pasó a explicar que, precisamente, el hecho de querer tanto a su marido le daba una libertad que no tienen otras mujeres, menos seguras de lo que sienten. Continuó:

– Yo sé que no pasa nada si mi marido, a lo largo de sus muchos viajes, encuentra alguna mujer que le gusta. ¿De acuerdo?

– Es claro, sí, pero no estoy seguro de entender.

– Todo lo que puede pasar es un revolcón, pero después vuelve a mí, como siempre. Y si por una casualidad yo hiciera otro tanto, el resultado no varía. Es claro que para él las cosas son fáciles, porque las mujeres son más naturales. Y más vivas. No se dejan engañar por lo que dicen, no sé si me entiende. ¿Quiere una prueba de que son más vivas? Gobiernan el mundo. Los hombres se limitan a repetir lo que ellas les inculcaron. Fíjese, los hombres siempre fueron andariegos y mujeriegos, enemigos de las ataduras. Desde que se tiene memoria, las mujeres buscaban el casamiento y los hombres como podían lo evitaban. Ahora todo eso cambió. Ni les hable a los hombres de una aventura pasajera. Quieren formar pareja y construir algo, no saben qué. Repiten lo que las mujeres les dijeron. El resultado está a la vista. Hoy en día la mujer que pretende una aventura pasajera es una sobreviviente de otra época. No quedan hombres para ella. Entre los que quieren construir algo y los maricas, no quedan hombres. ¿Usted qué piensa?

– Francamente, no sé.

– Lo que sabemos es que estaba apurado. No quiero que por mí llegue tarde.

Almanza agradeció, pagó y se fue.

Porque nunca una mujer le había hablado así, lamentaba que esta conversación quedara trunca.